VIOLENCIA INDÍGENA

“Mi papá me vendió por 20 mil pesos”: Leticia lucha contra matrimonios forzados en Chiapas

La abogada tseltal Leticia Sánchez, rompe el silencio sobre la venta de niñas, a su consideración, un disfraz amparado en "usos y costumbres"; su testimonio, que dio a La Silla Rota, surge mientras el estado lidera las cifras nacionales de maternidad infantil, con casos de niñas de 10 años

Escrito en ESTADOS el

TUXTLA GUTIÉRREZ.– El ingreso de una niña indígena de 13 años al Hospital de Las Culturas de San Cristóbal de Las Casas, con un embarazo de alto riesgo, encendió de nuevo las alertas sobre los matrimonios forzados y la violencia contra menores en comunidades indígenas de Chiapas. La menor fue llevada de emergencia la semana pasada por quien es presentado como su “esposo”, un joven de entre 17 y 18 años, de acuerdo con la Fiscalía General del Estado.

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La escena  de una adolescente con el cuerpo aún en formación, enfrentando un embarazo que pone en riesgo su vida, removió recuerdos dolorosos en Leticia Sánchez, abogada feminista chiapaneca y originaria de la comunidad Guadalupe Paxilá, ejido San Jerónimo Bachajón, en el municipio de Chilón. Al conocer el caso, su memoria volvió a los quince años, a una historia que aún pesa en su voz.

“Mi padre me vendió por 20 mil pesos”, dice sin rodeos. No como una metáfora, sino como un hecho que marcó su vida y que, décadas después, sigue repitiéndose en distintas formas en el estado. Su testimonio emerge como un eco del caso de la niña hospitalizada: infancias truncadas, acuerdos pactados por adultos y cuerpos de niñas convertidos en moneda de cambio.

Hoy, a sus 35 años, recuerda que no sólo ella, sino la mayor parte de las mujeres de comunidades indígenas son vendidas u ofrecidas por sus papás al mejor postor, amparados en supuestos o mal llamados “usos y costumbres”, a su consideración.

Matrimonios forzados y venta de niñas continúan ocurriendo bajo el amparo de supuestos “usos y costumbres”, en un contexto de pobreza y abandono institucional. Foto: Christian González, Corresponsal.

Desde pequeñas -dice la mujer tseltal de la región selva chiapaneca- llevan “encima una carga enorme”, pues para los varones las mujeres no valen nada. Nacieron, les remarcan, para estar en casa, ser sumisas, tener muchos hijos y hacer las labores domésticas; no hay oportunidad de ir a la escuela, o si van, no avanzan como desearían. Así creció Leticia quien, pese a esa barrera, desde pequeña trazó en su mente un sueño, el de ser profesionista, pero sobre todo con la libertad de decidir sobre su cuerpo.

¿Condenadas?

“Son malas prácticas, porque la venta de niñas o matrimonios forzados no pueden considerarse usos y costumbres… es un control del cuerpo femenino que existe en Chiapas y en otras entidades del país”, lamenta y remarca que, desde la colonización y el mestizaje, la mujer indígena era violada, raptada y vendida.

Por ello, externa, ha sido complicado desterrar esas violencias de las familias indígenas, como le ocurrió a la suya.

Leticia está convencida de que hay por lo menos tres factores que influyen para que la mujer indígena sea vista como mercancía: la pobreza, el alcoholismo -como el que aún padece su progenitor- y el abandono del Estado.

Con un castellano perfecto, refiere que como ellas no pueden superarse porque “no son bienvenidas al mundo, ni valoradas”, su padre repitió el lastre patriarcal: la obligó a casarse con un compañero de secundaria que visitó su comunidad.

A cambio, él pidió 20 mil pesos a la familia del futuro yerno, misma que accedió porque, de otra forma, la “dignidad” de Leticia estaría “en riesgo”. Sabe que, al contar su propia historia, sin duda “abre heridas” individuales y colectivas en la comunidad. Sin embargo, ya no piensa callar, sino continuar, aunque al romper con esos paradigmas su familia esté en su contra.

Las cifras lo dicen todo

Durante el 2024, Chiapas se convirtió en la entidad del país con los nacimientos registrados con las madres más jóvenes y los padres que prácticamente les “doblaban” la diferencia de edad, según la Secretaría de Salud federal.

En una tabla, la dependencia colocó los 30 estados en donde se presentaba esta situación y se destacó que Chiapas encabezó la lista: primero apareció Ocosingo, en donde el reporte fue que la madre tenía 10 años de edad y su pareja 17, una diferencia de 7 años.

Datos oficiales de la Secretaría de Salud colocan a Chiapas como la entidad con los casos más graves de maternidad infantil en el país. Foto: Cuartoscuro.

Sin embargo, la segunda ciudad en destacar fue Tuxtla Gutiérrez, en donde una madre tenía 11 años de edad y al papá 32, es decir, una diferencia de 21 años entre esa pareja.

En el sitio 23 apareció Chiapa de Corzo, en donde una menor de 12 años se convirtió en madre; el padre de su bebé tenía 40, advirtió la dependencia en su estadística.

La tabla que presentó la SSA colocó a Comitán de Domínguez como el cuarto municipio de Chiapas en donde se registró este nacimiento (lugar número 29 a nivel nacional); ahí, la madre tenía 12 y el padre de la criatura que nació 28 años.

La entidad que se registró en primer lugar fue Texcoco, Estado de México: una niña de 10 años la madre y un hombre de 32 el padre del bebé; en tercer sitio aparece una niña de 10 años originaria de Acapulco de Juárez, Guerrero, que dio a luz; el padre de la criatura tiene 16.

En Matehuala, San Luis Potosí, se dio a conocer el caso de una menor de 11 años como madre, y el padre de su hijo tenía 47. En Jáltipan, Veracruz, una niña de 11 años se convirtió en mamá, mientras su pareja tenía 44.

"Quería estudiar": Leticia

A los 13 años, recuerda Leticia, les planteó a sus papás que deseaba salir de Guadalupe Paxilá para estudiar; aunque en principio obtuvo respuestas negativas, logró llegar a Ocosingo, municipio ubicado a media hora de Chilón, de donde es originaria.

No obstante, su propio papá le advirtió que no la apoyaría en la parte económica, que le hiciera como pudiera, pues argumentó que no le podía pagar nada, mucho menos una renta. A pesar de no contar con el dinero suficiente, Leticia es aceptada en casa de sus abuelos. Ahí, por desgracia, uno de sus tíos intentó abusar sexualmente de ella. No le quedó más que escapar.

Como pudo, y tras la búsqueda de ayuda, recibe el apoyo de un maestro “caxlán” (mestizo), quien sí se lo dio, pero a cambio ella tenía que emplearse en las labores domésticas; era el pago por el favor recibido.

Tras contar más detalles de su “viacrucis”, Leticia revive la otra mala experiencia que sufrió con quien la casaron: él también la violentaba, e incluso la encerraba en su propio hogar. “Yo le decía a mi padre que no me quería casar, pero él me decía que le pidiera perdón; lo cuestioné, que por qué iba a pedir perdón si no había hecho nada… y ese fue mi castigo”, afirma.

También puntualiza que les suplicó a sus futuros suegros que no dieran dinero, que no aceptaran el “trato”. Al final, a ella no le quedó más que aceptar, e irse con quien tendría sus dos hijos.

Luego de salir del contexto de violencia, Leticia consiguió continuar con sus estudios, hasta llegar a Monterrey, Nuevo León, donde trabajó también como empleada del hogar para sufragar sus gastos. “Pero como me convertí en madre soltera, pues en nuestra comunidad somos consideradas putas, ¡imagínate!”.

Leticia terminó su preparatoria y comenzó a buscar dónde estudiaría la universidad. Para ello, tenía que seguir trabajando entre semana y los sábados y domingos dedicarle tiempo a su carrera, la de Derecho. “También buscaba otros empleos, en pizzerías o cuidadora de adultos mayores”, mencionó. Tenía que meterle muchas ganas, dice, porque le enviaba dinero a sus hijos, quienes también fueron estigmatizados por mucho tiempo.

Sin voltear atrás

En la actualidad, Leticia, cuya madre también huyó de su casa por violencia familiar y se unió a su papá cuando también tenía 15 años, realiza su tesis de maestría, e incluso regresó a su comunidad, donde construyó su casa en un terreno que solo pueden obtener los hombres y, cuando se puede o la invitan, comparte sus conocimientos con otras mujeres de Guadalupe Paxilá.

Desde su comunidad de origen, Leticia busca romper el silencio y acompañar a otras mujeres indígenas en la defensa de sus derechos. Foto:Chirstian González.

Sin embargo, sabe que no es fácil hablarles a las mujeres indígenas de forma abierta de temas como el de derechos humanos o salud, pues la principal barrera es la del machismo, y también su padre, quien hace todo para que no lleve esos mensajes “inapropiados”.

Ella también está consciente de que su madre y padre difícilmente desarraigarán esa cultura, “la tienen muy adentro de sus huesos, además ya están grandes, y es ir contracorriente”. De hecho, sus propios seres queridos aún no reconocen que ella es abogada.

Ante todo lo que ocurre en Chiapas, como lo de la niña embarazada que estaba grave en el Hospital de Las Culturas, Leticia es contundente: “El Estado ha tergiversado todo, porque no son usos y costumbres, porque los usos y costumbres no vienen con malas prácticas, no vienen con malas tradiciones; tampoco hay políticas públicas para sensibilizar a las comunidades, no las hay”.