OAXACA, Oax.— A las pocas horas del descarrilamiento del tren interoceánico, la noticia comenzó a correr en Chivela no por comunicados oficiales, sino por mensajes en redes sociales y por los altavoces comunitarios. Así se enteraron los pobladores de esta agencia municipal de Asunción Ixtaltepec de que algo grave había ocurrido. Sin pensarlo, dejaron sus casas y caminaron hacia las vías para ayudar a quienes lo necesitaran.
Tristes, aún sorprendidos por lo que les tocó vivir, los casi 600 habitantes de esta pequeña comunidad zapoteca coinciden en una palabra para nombrar lo ocurrido: “una desgracia”. Se organizaron de inmediato. La ayuda fue colectiva y espontánea, pero fueron sobre todo los jóvenes quienes encabezaron las labores de auxilio, avanzando a pie cerca de tres kilómetros hasta el sitio del descarrilamiento.
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El trayecto no fue sencillo. El camino, terracero y marcado por la propia vía del ferrocarril, obligó a caminar durante casi dos horas para llegar al kilómetro 290+300. Ahí, entre los vagones descarrilados, encontraron a personas heridas que pedían auxilio y también a quienes ya no lograron sobrevivir. La escena, dicen, es algo que difícilmente podrán olvidar.
“Llegaban pidiendo ayuda”: el dolor de Chivela tras el descarrilamiento del Tren
“Fue algo muy difícil, porque las jovencitas llegaban con mucho dolor, pidiendo ayuda; venían con costillas rotas, brazos y pies lastimados. Fue algo muy feo, desafortunadamente hubo gente que murió, personas que iban con la ilusión de un viaje y acá se quedaron”, contaron pobladores en entrevista con La Silla Rota.
Manuela Silva Cabrera, de 58 años de edad, es dueña de un restaurante y su vivienda se ubica cerca del centro de operaciones que improvisó la Secretaría de Marina y la Armada de México para atender a las personas heridas y a quienes fallecieron tras el descarrilamiento.
La mujer, madre de dos hijos, relató que junto con otros habitantes de la comunidad donó agua, pan y café tanto a las personas damnificadas como a las y los elementos militares que brindaron apoyo a las familias.
“Esto que ocurrió fue algo muy fuerte. Creo que hace tiempo se descarriló un vagón de ferrocarril, pero de los anteriores, con maíz; pero esta desgracia que hoy vivimos realmente es algo muy doloroso”, explicó todavía aturdida por las imágenes de la tragedia.
Manuela también contó que su hijo, de 23 años de edad, fue uno de los jóvenes que auxiliaron a varias personas durante más de ocho horas el domingo, desde los primeros momentos posteriores al accidente.
“Mi hijo llegó muy triste después de todo lo ocurrido. Él vio a dos pequeñas sin vida y a varias personas más; entonces fue un hecho muy lamentable. Vimos cómo las familias llegaban llorando a buscar a sus familiares, tuvimos una velada muy triste, desafortunadamente la gente murió”, agregó.
24 horas para encontrar a Luisa Camila
La angustia que vivió el padre de Luisa Camila, una adolescente de 15 años, no tiene comparación. Su cuerpo fue el último en ser localizado sin vida, 24 horas después del descarrilamiento del tren. Tras ser identificado, fue trasladado a una funeraria en Juchitán, Oaxaca, a unos 60 kilómetros del lugar del accidente.
Luisa Camila viajaba junto con su madre y su hermana desde el puerto de Salina Cruz, de donde era originaria, con destino a Coatzacoalcos. El trayecto se interrumpió de manera trágica en el poblado de Nizanda, cuando el tren se descarriló y la joven perdió la vida.
Su padre, el abogado Héctor Serrano, lamentó la falta de sensibilidad del personal de la Secretaría de Marina, pues durante más de 15 horas no recibió información clara sobre el paradero de su hija. “Esa deshumanización o la falta de sensibilidad del personal fue más doloroso, porque no sabíamos qué había pasado, nadie nos decía nada, hasta que finalmente reconocí a mi hija y supe que había fallecido”, relató.
Con profundo dolor, los abuelos de Luisa Camila permanecen en el hospital, a la espera de la recuperación de su madre y su hermana, quienes viajaban con ella y lograron sobrevivir al accidente.
Hasta el momento, el número de personas fallecidas se mantiene en 13. Entre las víctimas se encuentran dos menores de edad, de entre 6 y 15 años, así como personas adultas cuyas edades oscilan entre los 19 y los 65 años, una cifra que resume la dimensión humana de una tragedia que sigue doliendo en el Istmo de Tehuantepec.
