GROENLANDIA

Groenlandia: el botín del deshielo de la Tierra Verde

Groenlandia no es una propiedad que deba poseerse, sino un registro de nuestra historia y una garantía de nuestro futuro. | Karen García Vega* y Johan Torres Güiza**

Escrito en OPINIÓN el

Cuando el explorador nórdico Erik el Rojo bautizó la inmensa masa de hielo que divisó al norte de Europa con el nombre de Groenlandia (que significa “Tierra Verde”) en el año 982, lo hizo como una suerte de estrategia de marketing medieval destinada a atraer colonos nórdicos hacia aquella remota región. Groenlandia era mayormente glacial, pero, para entonces, durante el Periodo Cálido Medieval (900-1300), el aumento de las temperaturas permitió que algunas zonas de la isla ofrecieran condiciones relativamente habitables para asentamientos humanos tanto nórdicos como procedentes del pueblo Thule, ancestros de los actuales Inuit. Sin embargo, la mayor parte de estos sitios apenas pervivieron un par de siglos. Hacia el siglo XV, cuando las temperaturas descendieron nuevamente y el hielo recuperó su dominio sobre la isla, los asentamientos nórdicos desaparecieron. No fue sino hasta 1721 cuando una nueva colonización, esta vez danesa, junto con los Inuit que continuaron en la isla, lograron establecerse de manera permanente, lugares que perduran hasta hoy, configurando el actual territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca.

Siglos después, el significado de Groenlandia ha dejado de ser una anécdota histórica para convertirse en una realidad cada vez más inquietante. En la actual era del Antropoceno, que por fines prácticos situamos desde 1950, el deshielo acelerado de la isla, provocado por el aumento de la temperatura global derivado de la actividad industrial, ha dejado al descubierto varios problemas latentes. 

En el plano geofísico, el deshielo masivo está liberando peso de la isla, lo que provoca un fenómeno conocido como ajuste isostático glacial: un cambio en el equilibrio gravitacional del manto terrestre que genera, simultáneamente, elevación del terreno y aumento del nivel mar. En un ámbito social, Groenlandia vive un proceso inverso al que experimentó siglos atrás. Ya no es el frío el que desplaza a sus habitantes, sino el aumento de las temperaturas. Este fenómeno ha alterado la distribución de las poblaciones, impulsando migraciones internas desde pequeños asentamientos hacia ciudades, como la capital Nuuk. A ello se suman desplazamientos provocados directamente por desastres asociados al deshielo, como el tsunami ocurrido en el fiordo de Karrat en 2017, que cobró la vida de cuatro personas, originado por un deslizamiento de tierra.

En el terreno político y económico, el retroceso del hielo ha dejado al descubierto importantes yacimientos de tierras raras y otros minerales estratégicos para la industria tecnológica y armamentista contemporánea. Y es precisamente aquí donde, frente a una posible catástrofe climática, la respuesta dominante no ha sido la cautela ni la reparación ambiental, sino un renovado oportunismo extractivista. 

Baste mencionar sólo dos ejemplos. Por un lado, las declaraciones del presidente Donald Trump al reafirmar la importancia estratégica de Groenlandia para la seguridad de Estados Unidos, no sólo por su posición geográfica, sino también por el potencial control de uno de los mayores depósitos de tierras raras, minerales e hidrocarburos que existen. Por otra lado, China desplegando su diplomacia de chequera a través de la Ruta de la Seda Polar, un ambicioso proyecto destinado a establecer rutas marítimas comerciales a través del Ártico, aprovechando el deshielo provocado por el cambio climático para conectar Asia con Europa y América del Norte. Como parte de esta estrategia, Pekín ha mostrado interés en financiar aeropuertos, infraestructuras y proyectos mineros en Groenlandia para asegurar el acceso a los recursos minerales de la isla. 

Paradójicamente, incluso el discurso ambientalista podría estar impulsando la explotación de estos recursos. Elementos como el neodimio o el praseodimio, empleados en motores de vehículos eléctricos, generadores de turbinas eólicas y otras tecnologías consideradas limpias por reducir la contaminación, los residuos y el impacto ambiental, se encuentran atrapados bajo el hielo groenlandés. En otras palabras, podría estarse gestando una explotación sistemática de recursos en uno de los últimos ecosistemas prístinos del planeta para sostener una transición energética que, para muchos, parece llegar demasiado tarde.

Este breve panorama sugiere que el destino de Groenlandia podría anticipar cómo la humanidad afrontará el resto de este siglo. La importancia de la isla no es únicamente geográfica para la seguridad nacional de ciertos Estados, ni exclusivamente minera o energética para alimentar nuevas industrias. Groenlandia posee también un valor documental extraordinario. Su capa de hielo, que en algunos puntos alcanza hasta los tres kilómetros de espesor, funciona como la biblioteca climática más antigua del hemisferio norte. Al perforar los glaciares, los científicos extraen cilindros de hielo que contienen burbujas de aire atrapadas durante miles de años. Cada estrato es una página de la historia del planeta: registra erupciones volcánicas, niveles de dióxido de carbono de épocas remotas y fluctuaciones térmicas que ayudan a comprender tanto los cambios climáticos del pasado como el auge y declive de antiguas sociedades humanas.

Cuando el hielo de Groenlandia se derrite, no sólo aumenta el nivel del mar, sino que desaparece uno de los archivos más valiosos para la memoria climática de la Tierra. Si la isla se convierte en la nueva frontera del extractivismo o en una pieza más de las rivalidades geopolíticas, no habrá marcha atrás. Ninguna bandera, por alta que se ice, tendrá valor en un planeta que pierde su memoria glacial y su estabilidad térmica. Groenlandia no es una propiedad que deba poseerse, sino un registro de nuestra historia y una garantía de nuestro futuro.

* Karen García Vega

Es internacionalista y maestra en Cooperación Internacional para el desarrollo por el Instituto Mora. Sus intereses investigativos son los desastres asociados al cambio climático y la movilidad humana.

**Johan Torres Güiza

Es historiador y archivista, con grado de maestría y actual estudiante del Doctorado en Historia Moderna y Contemporánea del Instituto Mora. Sus intereses investigativos son la historia económica, fiscal y política iberoamericana. 

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