El Mundial de la FIFA regresará a Norteamérica en el verano de 2026. Para muchos, el evento representa la vuelta de la máxima fiesta deportiva a territorio azteca tras décadas de ausencia. Sin embargo, los modos y maneras en que este torneo habrá de jugarse en el país distan mucho de ser una celebración popular para convertirse en lo que siempre ha sido para la FIFA: un inmenso negocio.
La organización ha lanzado etapas de venta de boletos para los partidos bajo mecanismos opacos. Se trata de “rifas aleatorias” de las cuales poco se sabe o en qué condiciones de transparencia operan. En lo personal, me inscribí a cada uno de los procesos oficiales emitidos; lo intenté una, dos y tres veces para partidos en territorio nacional. En todas fui rechazado, y como yo, muchas otras personas pasaron la misma suerte.
No obstante, la FIFA anunció hace días que asegurar un lugar sí es posible, siempre y cuando se paguen los llamados boletos de "hospitalidad". Por pura curiosidad me atreví a revisar los costos: una entrada para un partido de eliminatoria, ni siquiera de fases finales, costaba 74 mil pesos por persona.
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Iluso no soy. Entiendo que todo evento deportivo conlleva un modelo de negocio, pero una cosa es hacer dinero y otra, muy distinta, es pasarse de lanza. Estos precios han rebasado cualquier límite económico para que un mexicano promedio pueda decirse orgulloso de ser anfitrión.
A este abuso se suman otras especulaciones, como la hotelera. Habitaciones que usualmente cuestan dos mil pesos la noche han quintuplicado sus precios, y otras de gama alta han pasado de cinco mil hasta 50 mil pesos la noche. Si vemos cómo se proyectan los supuestos beneficios económicos, quedan muchas dudas de que esa derrama llegue al ciudadano común. Más bien, parece destinada a engrosar las cuentas de la organización y de unos cuantos hoteleros y restauranteros.
Se supone que estos eventos traen mejoras urbanas y ánimo social, algo tan necesario en un país como el nuestro. Pero al voltear a ver las sedes, la ilusión se desmorona. En Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, las autoridades andan a marchas forzadas tratando de sacar a tiempo la infraestructura mundialista prometida; varias simplemente no se lograrán concluir. Ya ni hablar de las condiciones del AICM.
Me pregunto entonces: ¿para qué queremos un Mundial al cual no podemos pagar por asistir y cuyos beneficios urbanos no veremos? Tal parece que el ciudadano de a pie, ese que trabaja y paga impuestos —muchos más de los que pagarán los organizadores—, terminará viendo los partidos en algún bar o en casa de amigos.
Quizás el Mundial sea un éxito. Pero en el camino, quitémonos las máscaras y seamos francos: esta es una fiesta ajena, un negocio para unos cuantos donde al aficionado promedio solo le tocará pagar la cuenta o mirar desde fuera.
