En el San Luis Potosí de las desigualdades, nada más lamentablemente homogéneo que la clase política actual.
Sálvese quien pueda para la fotografía del momento que nos arrojan las urnas de junio pasado. Quizá se salvaron de la quema electoral algunas trayectorias serias y aparecieron rostros nuevos salidos de una paleada accidental al grano. Para lo demás, se quedaron en los partidos las mismas mañas, se cambiaron la gorra en los ayuntamientos y en el Legislativo la novedad es aún menos esperanzadora los aparatchiks labiosos de siempre: una nómina sin gloria de gatitos de la fortuna que alzan la garrita en automático (el Maneki-neko japonés).
De los aparatchiks se sabe universalmente que nada bueno cabe esperar. Si la palabreja que los identifica se internacionalizó en la era de Stalin para describir a la burocracia del partido comunista, son lo que son: tipos educados en la defensa de sus siglas y preparados por los aparatos políticos para ganar elecciones y conseguir apoyos, aunque sean antinatural, pues en ello les va mantener sus puestos.
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No, los aparatchik no hacen política. La política implica saber perder, ceder al interés general, respetar la posición del adversario y la del gobernado. Estos fulanos y fulanas nada qué ver con eso. Ni en el PRI de Sara Rocha, ni en el PAN de Verónica Rodríguez, ni en el MC del ex panista Marco Gama. Una dirige el partido porque la impusieron desde el CEN de Alejandro “Alito Moreno"; otra porque ella diseñó las reglas a su posibilidad aritmética y el dirigente naranja ni sus propios compañeros entienden cómo es que la dirigencia nacional lo sostuvo y con qué fin.
En fin, esa es la oposición que hay en San Luis. Sin una renovación del método de dirigencia que devuelva a sus militantes la mínima conciencia del respeto, no habrá espacio posible para ampliar sus miras más allá de sobrevivir en una nómina partidista o de gobierno.
En PRI y PAN, las dirigencias estatales lejos de respetar a los de su propia casa, estimulan como recurso estratégico la demonización del que piense diferente. Se le echa, se le asigna al rincón de la espera eterna. Dirigencias sin autocrítica, tampoco logran siquiera que el partido gobernante en San Luis Potosí, el PVEM, los respete un poco.
Sin capacidad siquiera de mirar con objetividad sus propios actos, la oposición en San Luis Potosí a su vez sobrevive mal a la dinámica de confrontación del gobierno estatal y partido gobernante. Pasados tres años, el gobernador Ricardo Gallardo Cardona no suelta la telenovelera frasecita de “la herencia maldita” para atribuir a pasados gobiernos lo que no puede resolver, incluso los problemas generados durante y por su administración.
Para el gallardismo, el señalamiento unilateral de culpables es un mantra. Su incapacidad para aceptar las evidencias de las fallas propias sin embargo es celebrada por sus seguidores, o “ahijados” como los llama el gobernador en sus redes. Para Gallardo, la culpa siempre está en la otra acera. Y a los de la otra acera hay que referirse siempre en lenguaje petardero y beocio, para gusto de sus seguidores en redes sociales.
Una muestra clara de estos oficios para achacar culpas es la tragedia del Rich: el pasado 7 de junio, una parte del barandal de vidrio en un segundo piso de la plaza Alttus, donde se opera el antro Rich, se vino abajo ante una aglomeración de jóvenes que esperaba ingresar al lugar. Dos jóvenes, uno de ellos menor de 18 años, murieron y ocho sufrieron heridas. Protección Civil del Estado había dictaminado sobre ese barandal sin observaciones. Gallardo culpó del accidente a Comercio y Protección Civil del Ayuntamiento de San Luis Potosí. La alcaldía potosina abrió proceso y cesó a funcionarios municipales a raíz de la indagatoria. Nadie en la oficina de Protección Civil Estatal, colaboradores de Gallardo, resultó sancionado y no se sabe si será investigado.
En el Congreso, con mayoría y “oposición” controlados por el gobernador, no cabe cifrar la responsabilidad propia ni en los detalles más irrelevantes. Nadie se da por aludido cuando vienen llamadas de atención de los gobernados. El arreglo da hasta para que los liderazgos del PRI y el PAN castiguen, con los votos que el gobernador les presta, a alcaldes de sus propios partidos que no son de su agrado.
Lo más deleznable es que usan como causa el supuesto bienestar de los ciudadanos que dicen representar para ponerle trabas a cuanta iniciativa de es de sus correligionarios más aborrecidos. Basta con aplicar de sentido común para demostrar a cuánta distancia están estos políticos de los votantes. Detrás de tanta palabrería mal se oculta el “qué hay de lo mío” y el no dejar ni espacio para respirar en sus partidos a otros. Cuando se lo proponen, y no es infrecuente, se limitan a echarse como vaca en la vía, sólo por joder. O como burro.
Estos diputados, oficialistas o de oposición, no escuchan a nadie. Ah, pero que no se trate de votar cuanta iniciativa impresentable les deje su aliado mayoritario, porque esa “oposición” fratricida con los de su propia casa estará encantada de votar a favor. Así sean nuevos impuestos para quien venda un inmueble o una reforma judicial tramposa.
Nuestra clase política con cargo es una sola para defender el holgado pesebre que comparten. Y a los demás, a todos los que no entran en la alineación de sus astros, hay que borrarlos como en aquella cancioncilla “Que se mueran los feos”, en la versión satírica de Los Xochimilcas.
Después de machacar el estribillo, el xochimilca cantante reconoce que también es poco agraciado y entonces viene el problema: “Como nadie me quiere, ni modo también yo me quiero morir…”.
Cosa de mirarse en un espejo con algo de autocrítica.