UNAM

“Ya me quedé, no me arrepiento"; hizo trampa en examen de admisión de la UNAM

El primer examen de admisión en línea de la UNAM desató una ola de dudas entre aspirantes que, pese a obtener puntajes históricamente altos, quedaron fuera de la institución; algunos denuncian que el sistema les permitió hacer trampa

Más de 28 mil aspirantes fueron admitidos a la licenciatura en la UNAM.
Más de 28 mil aspirantes fueron admitidos a la licenciatura en la UNAM. Créditos: FacMedicinaUNAM.
Ángel Stef hizo el examen de admisión y no logró quedarse en la UNAM Créditos: Marco Antonio Martínez
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El 17 de julio, 158 mil 712 jóvenes mexicanos estaban haciendo exactamente lo mismo: actualizaban compulsivamente una página de internet, una vez, otra, otra más.

Buscaban un resultado aunque la página no respondía. Colapsaba, volvía y se caía de nuevo. En grupos de WhatsApp comenzaban a aparecer capturas de pantalla, rumores, enlaces que no abrían y mensajes de quienes aseguraban haber logrado entrar unos segundos antes de que el sistema volviera a saturarse.

En cientos de casas el silencio era casi idéntico. Padres caminando de un lado a otro sin saber qué decir. Hermanos preguntando si ya habían salido los resultados.

Computadoras abiertas sobre mesas de comedor que durante meses también habían servido para resolver simuladores, contestar guías y memorizar fechas, fórmulas y conceptos.

Para miles de familias aquel día no representaba solamente un examen. Representaba un año entero. Más de 20 mil pesos gastados en cursos. Significaba haber sacrificado ahorros con la esperanza de creer que, si sus hijos se esforzaban lo suficiente, se alcanzaría el lugar anhelado en la Universidad.

Manuel era uno de ellos. Tiene 19 años y quiere estudiar Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Pagó un curso de preparación de 4 mil pesos, estudió con simuladores y repasó la guía oficial de la universidad. El examen le tomó tres horas completas. Salió convencido de haber hecho un buen trabajo y así fue, obtuvo 105 aciertos de 120.

Aun así, no alcanzó un sitio. Cuando finalmente logró abrir la página de resultados sintió desconcierto y después enojo. No solamente porque había quedado fuera, sino porque el puntaje mínimo para ingresar había aumentado de una manera que nunca había visto. Pasó de 98 el año pasado, a 109 este año.

“Me sorprendió mucho. Me enojé porque significa perder otro año”. 

A varios kilómetros de él, otros jóvenes estaban viviendo exactamente la misma escena. Emiliano llevaba dos años intentando entrar a Medicina Veterinaria. La primera vez fue en el 2025, quedó a un solo acierto, sacó 103 y la carrera pedía 104. No culpó al examen. No culpó a la universidad. Pensó que el problema había sido él. Así que acudió a la divisa del discurso del mérito: estudiar más.

Durante siete semanas prácticamente vivió para preparar el examen. Se inscribió a un curso especializado, invirtió alrededor de 26 mil pesos, repasó cada materia y volvió a presentar la prueba convencido de que ahora sí alcanzaría el puntaje necesario. Sacó 111 aciertos. Tampoco entró. 

El día de los resultados descubrió que el puntaje de corte había aumentado nueve puntos respecto al año anterior. Por primera vez sintió que no estaba compitiendo contra otros estudiantes. Estaba compitiendo contra algo distinto. “Supe que estaba compitiendo con la trampa”, recuerda. 

Iker Gaytán, también de 19 años, confiaba en las reglas. Había dedicado dos meses completos para entrar a la carrera de Urbanismo. Tomó un curso intensivo de cuatro horas diarias. Cuando presentó el examen sintió que estaba preparado. Incluso pensó que la carrera que había elegido no tendría mayores complicaciones: históricamente pedía poco más de ochenta aciertos y no era de las más demandadas.

Obtuvo 91. La carrera terminó pidiendo 99. Más tarde hizo algo que pocos aspirantes suelen hacer: comenzó a revisar los resultados históricos. Lo que encontró le pareció imposible. En la convocatoria anterior solamente tres aspirantes aceptados habían obtenido más de cien aciertos. Este año fueron 23. No encontraba una explicación lógica.

“No podía entender cómo con menos aspirantes los puntajes habían subido tanto”, dice. Durante décadas, el examen de ingreso a la UNAM había sido una de las pruebas más difíciles y también una de las más respetadas del país. Miles quedaban fuera cada año. Quien lograba quedarse había ganado una competencia bajo las mismas reglas.

Pero este año esa certeza comenzó a desmoronarse. Porque mientras miles de jóvenes estudiaban durante meses, otros descubrieron que la computadora desde la que presentaban el examen también podía convertirse en una puerta abierta.

La cámara solamente mostraba una parte del cuerpo. El escritorio quedaba fuera del encuadre. Era posible consultar otro monitor, un celular, una tableta o apuntes. Incluso según relatan varios aspirantes otra persona podía permanecer cerca resolviendo preguntas sin que el sistema necesariamente lo detectara, así que hubo quien tomó la decisión de hacer trampa durante su examen de selección a la Universidad.

Ese 17 de julio, mientras algunos celebraban haber obtenido un lugar en la universidad más importante del país, otros comenzaron a perder la confianza en que las reglas todavía significan algo.

La fábrica del mérito

La UNAM no puede recibir a todos, solo a 21 mil que hicieron examen (más 28 mil que vienen del bachillerato de la institución), pero hasta el 17 de julio existía la convicción de que quienes lograban entrar lo hacían porque habían contestado mejor el examen.

El mérito seguía siendo la moneda con la que se competía. Por eso ninguno de los jóvenes imaginó que el verdadero enemigo no estaría en las preguntas, sino fuera de la pantalla.

Manuel lo notó casi de inmediato. “Sí pensé que era fácil copiar”, admite. La idea le cruzó por la cabeza apenas un instante. Después la descartó. “Cuando es un examen para entrar a la universidad no debes hacer trampa".

Iker llegó a la misma conclusión. “La cámara no veía abajo del torso”, explica. Era posible tener un celular, una tableta o incluso apuntes sobre el escritorio sin que el sistema lo detectara. Nunca consideró utilizarlos. Ni siquiera lo pensó. “Por mis principios no fue una opción.

Emiliano fue todavía más contundente. Meses antes del examen había presentado otra convocatoria en línea únicamente para conocer el sistema. Aquella experiencia lo dejó inquieto. “Era un chiste”, dice sin rodeos. Podía haber otro monitor. Otra computadora. Una persona sentada a un lado. El sistema, asegura, difícilmente habría podido detectarlo.

Los tres llegaron a la misma conclusión sin ponerse de acuerdo: Copiar era posible, pero hicieron algo que hoy parece casi ingenuo: Confiaron.

Mejoró rendimiento pero no ingresó

Ángel Stef no oculta su desazón por no haber sido seleccionado para Odontología, la carrera de sus sueños en la UNAM.

En su tercer intento, obtuvo el mayor número de aciertos, incluso más de los que el año pasado eran los suficientes para quedarse en Odontología. Con lo que no contaba es que este año el número de aciertos aumentaría de manera masiva, por lo que no tuvo los suficientes quedarse en la carrera.

“En los años pasados había sacado 89, 90 aciertos y este año sí me esforcé un poquito más y saqué 102, pero subió a 112. Entonces para mí sí fue como de que me estuve matando para estudiar y así, con tal de quedar. Pero al final no fui seleccionado y mi mamá sí me dijo como de que ‘ay, no pudiste’ y le dije, ‘es que este año sí hubiera podido, pero aumentó el promedio”, dice en entrevista con La Silla Rota.

Ángel está decepcionado de la UNAM porque tenía la idea que eran más cuidadosos para evitar las trampas.

Pero después de que se dieron a conocer los resultados del examen de admisión, el primero a distancia y con el uso de inteligencia artificial a nivel licenciatura en la UNAM, comenzaron las quejas de varios aspirantes que como él, vieron que el aumento de aciertos correctos los dejó sin un lugar en la máxima casa de estudios.

También pulularon los posteos de personas que aseguran que hicieron trampa en el examen.

“Sí me dio un poquito de coraje porque me metí a grupos de Facebook y ahí había gente que descaradamente decía, ‘La verdad hice trampa, pero no creo aguantar’. Y sí pensé como que nada más se van a perder los lugares”, lamenta.

Ángel obtuvo mejor rendimiento que en años anteriores pero no logró quedarse. Foto: Marco Martínez

El que sí hizo trampa

Hay una pregunta que desde hace días ronda las redes sociales y las filas donde cientos de aspirantes acudieron a protestar frente a Rectoría. ¿Por qué alguien haría trampa para entrar a la universidad?

Este joven la contesta de forma anónima. No habla como alguien orgulloso de haber burlado al sistema. Habla con pausa y mide las palabras, antes de comenzar la entrevista hace una petición: que no aparezca su nombre.

No quiere que lo reconozca, no porque tema perder el lugar que consiguió sino porque sabe perfectamente cómo será juzgado. No parece un delincuente, tampoco un hacker.

No parece un estudiante brillante que encontró la manera de engañar a un algoritmo. Es más bien un joven que llevaba meses convencido de que, si no entraba esta vez, probablemente tendría que renunciar al proyecto de vida que llevaba años imaginando. Igual que Manuel, igual que Emiliano e Iker. Solo que la diferencia entre ellos no comenzó cuando apareció la primera pregunta del examen. Comenzó unos segundos después, cuando entendió que nadie podía verlo. 

Las semanas previas había visto videos en TikTok donde otros aspirantes explicaban cómo presentar exámenes en línea. En chats privados se hablaba sobre aplicaciones de inteligencia artificial capaces de responder preguntas en segundos.

En redes sociales comenzaron a circular capturas de pantalla con puntajes inusualmente altos. Aspirantes compartían videos donde explicaban lo sencillo que había resultado consultar otro dispositivo durante el examen.

“Pues ya me quedé, no me arrepiento. Lo único que me queda hacer, a nombre de mis compañeros, es aprovechar el lugar”, dice.

 

 

En grupos de Facebook usuarios presumieron que hicieron trampa. Especial 

Qué dice la UNAM

La presión ha crecido tanto que llegó  hasta la oficina del rector de la UNAM. Leonardo Lomelí ordenó elaborar un informe sobre todo el proceso de selección para el ciclo 2026-2027 e instruyó la creación de una comisión técnica integrada por especialistas universitarios de distintas disciplinas.

Su tarea ya no consistirá únicamente en revisar los resultados. También analizarán el procedimiento completo de aplicación del examen, la operación de la plataforma digital y la información generada durante la evaluación.

La UNAM contrató a la empresa Territorium Life para aplicar 158 mil 413 exámenes y, mediante la plataforma Lock Down Browser, supervisar que no hubiera trampas. El monto del servicio es de 41 millones 868 mil 156 pesos

La empresa se comprometió a emplear herramientas de IA para supervisar en tiempo real a quienes presentaron el examen, su comportamiento y conductas sospechosas

Contexto: la mejoría en el desempeño de quienes aplicaron el examen llevó a expertos como Eduardo Backhoff a sostener que hubo un fraude en el proceso.

“Para mí esto requiere de la estrategia de un grupo que haga este tipo de manipulación, porque para cambiar 20 puntos de promedio en una población de 150 mil estudiantes, quiere decir que a lo mejor la mitad o una cuarta parte de la población, tuvo acceso a esos exámenes o esa información. No unos poquitos. Unos muchitos”, dice en entrevista con La Silla Rota.

Backhoff quien ha hecho evaluaciones educativas durante 30 años, dice que nunca había visto algo así. Otras explicaciones detrás del aumento de aciertos es que alguien vendió las preguntas dentro de la UNAM. Una que no deshecha, aunque reconoce menos probable, es que alguien de la universidad haya cambiado las evaluaciones de los estudiantes electrónicamente. Un hackeo.

Pero reitera que ve más probable que hubo una mano que orquestó todo, que les dio información a los aspirantes, lo cual metió en un problema a la UNAM porque subieron los puntos de corte mínimo para ingresar a una carrera. “El ejemplo más drástico es el de Medicina”, continúa el experto.

Hasta el año pasado para entrar la Facultad de Medicina se debía tener cuando menos 117 aciertos de 120, refiere.

Confianza quebrada

Durante décadas, la UNAM defendió el examen de admisión como uno de los mecanismos más sólidos para seleccionar a sus estudiantes. No era perfecto, pero había algo que lo sostenía por encima de cualquier otra discusión: la confianza. Este año fue su primera versión en línea y la confianza comenzó a resquebrajarse casi al mismo ritmo en que aparecían los resultados.

Manuel ya ha comenzado a pensar qué hará durante el siguiente año. Emiliano sigue preguntándose cómo es posible que 111 aciertos no alcanzaran.  Iker sigue furioso revisando bases de datos, comparando estadísticas y tratando de encontrar una explicación racional a un comportamiento que, desde su perspectiva, rompe con la lógica de convocatorias anteriores.

Ninguno pide que la universidad baje el nivel del examen, le pedían algo mucho más elemental: que les dé la certeza de que todos contestaron las 120 preguntas en las mismas condiciones.  Porque cuando esa certeza desaparece, el examen deja de medir conocimientos y comienza a medir otra cosa, como la habilidad para aprovechar las grietas del sistema.

Hay generaciones que recuerdan exactamente dónde estaban cuando ocurrió un terremoto. Otras recuerdan el día en que cayó un presidente. Quizá muchos de los jóvenes que presentaron el examen de ingreso a la UNAM en 2026 recuerden otra fecha: El día en que dejaron de creer que estudiar era suficiente.