VERACRUZ, VER.- “Una vez que nos ponemos la nariz, no somos nosotros. Yo ya no soy Emmanuel, soy Fredo Colofredo, pero nadie puede ver cuando nos ponemos la nariz. Por ejemplo, Superman no se quita su ropa enfrente del público”, explica Emmanuel, uno de los 15 payasos más activos que, desde 2018, realizó más de 200 visitas de risoterapia en hospitales, asilos y albergues de Veracruz.
Lo mejor para Fredo Colofredo es ver el cambio en las habitaciones de la Torre Pediátrica o del Hospital Regional de Alta Especialidad de Veracruz. Cuartos oscuros, con silencio y cortinas cerradas, se convierten en habitaciones llenas de luz con pacientes que terminan conociendo a sus “vecinos” de cuarto gracias a la presencia de los voluntarios como él, del programa Contagia Alegría.
Ellos y ellas son personajes que visten una bata blanca, cejas rectas, de nubes o arqueadas color blancas y una gran nariz roja que representa su corazón. A niños, niñas y adultos, los clowns cuentan historias increíbles, les practican trucos de magia, hacen competencias de chistes o les dan sólo compañía, según solicite el paciente.
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Para Emmanuel Flores, un radiólogo de 25 años, su clown Fredo Colofredo es una versión extendida de sí mismo, de hecho, es la mejor. Un surfista —igual a él— pero originario del estado de Oaxaca que se dedica a ser cuenta cuentos porque ha visto y vivido de todo.
Su carisma y nivel de convencimiento, gracias a su “mucha labia”, lo caracterizan desde hace ocho años, cuando se formó en la asociación sin fines de lucro Soñar Despierto Veracruz. Desde entonces, cada fin de semana Emmanuel se convierte en Fredo Pelofredo, un payaso extrovertido, de cejas rectas y cabello ondulado, que resalta su gran sonrisa con el maquillaje blanco.
Con una nariz profesional de payaso, que nunca se quita frente a niños, niñas y adultos, Fredo Colofredo trabaja en equipo junto a otros clowns como Doctor Skromchi, el payaso de Juan Carlos Figueroa, miembro desde hace seis años y director del programa Contagia Alegría Veracruz.
“La finalidad es esta: ser clowns de compañía. Podrían confundirnos con payasitos, pero los payasitos están enfocados un poquito más en hacer reír a las personas, nosotros estamos enfocados un poquito más en la conexión emocional de una persona”, explica el hombre que mide casi 1.80 centímetros de estatura y que se describe como extremadamente sensible.
A pesar de que llegan a contar chistes, muchas veces los pacientes hospitalarios les piden un momento más íntimo: como orar, cantar e incluso llorar juntos en un abrazo. “Hay veces que nos piden que solamente estemos ahí. Hay veces que es como: ‘¿quieres que me quede en silencio a tu lado?’, y ya, con eso ellos se sienten acompañados”, cuenta.
“Llegamos a veces donde el amor no llega”
Emmanuel, como radiólogo, está acostumbrado al ambiente hospitalario. “Para mí ya es bastante normal. Puede que sea malo, una gente puede decir que la gente que trabaja en hospital es insensible, pero no es así, sino que como yo trabajo en un hospital, no puedo sentirme mal por todos los pacientes, porque si me sintiera mal por cada paciente que yo vea me volvería loco”.
Por eso, su momento favorito es despejar la mente de las personas visitadas y ver su felicidad. “No contamos chistes groseros ni hacemos nada espectacular, pero sí hacemos de todo a la vez. Yo una vez hice magia sin saber hacer magia: a un compañero le saqué de la oreja una nariz de payaso que le regalé a un niño. Obvio para mí fue el peor truco de magia, pero para el niño de 6 años fue magia, se le iluminaron sus ojos”, recuerda.
Estar con pacientes hospitalarios o niños enfermos de cáncer requiere que clowns como Fredo Colofredo manejen el arte de la improvisación. Contar una historia o saber guiar una conversación, recordando la forma en que se hacía cuando se es niño, es un elemento clave que se aprende durante las capacitaciones que realiza Juan Carlos.
“La improvisación como clown es despertar, revivir la imaginación de cuando eras niño. O sea, que una gelatina verde sea mejor para la digestión que una roja, porque la verde se adelanta y la roja se detiene, pues los niños dicen: ‘¡sí es cierto!’”, explica quien, cuando hace referencias así, es el Doctor Skromchi: un payaso que nunca llora y que tiene como color favorito el amarillo porque le recuerda a la sonrisa de los niños.
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Para ambos, este proyecto internacional avalado por la UNESCO es muy importante por razones que van más allá de su peso curricular. “Cuando te vas y ves que en un cubículo de pronto las dos personas ya comienzan a platicar, que las familias de las cuatro personas ahora son amigos pues dices: ‘me voy, pero ya no los dejo solos, ahora se llevan y los niños se están riendo’”, explica Juan Carlos.
Aunque Emmanuel sea uno de los voluntarios más fuertes, Juan Carlos muchas veces se rompe afuera del hospital. Las visitas de máximo hora y media que realizan hasta 15 clowns al mismo tiempo, le dejan una sensación de satisfacción, alegría y tristeza que sólo puede externar cuando se quita la nariz.
Entre todas las generaciones, Juan Carlos estima que existen alrededor de 200 o 300 clowns que alguna vez visitaron un hospital, albergue o asilo. Y dice que, para ser uno de ellos, sólo es necesario enviar un mensaje, inscribirse y capacitarse.
lm
