VERACRUZ, VER.- En la casa donde creció Ana no había canciones de cuna ni muñecas abandonadas en una esquina. Había una rocola que sonaba hasta el amanecer, botellas vacías rodando por el piso y hombres ebrios que entraban y salían como si ese patio fuera una extensión natural de la noche.
La cantina clandestina donde vivía era administrada por su abuela. Ahí, los clientes más fieles eran sus tíos, y las trabajadoras más constantes, sus tías, quienes ofrecían servicios sexuales en el patio. Así, la infancia de Ana transcurrió entre el alcohol, la violencia y una normalidad rota que nadie le explicó que no era normal.
De esos años, Ana recuerda dos presencias que nunca la abandonaron: la violencia y el alcohol. Esa herencia la persiguió durante décadas, hasta que cumplió 25 años y tocó fondo. Fue entonces cuando decidió internarse en un centro de rehabilitación. Tras años de sufrimiento, decidió que sus hijas, su hijo y ella merecían algo mejor.
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“Estoy vivo por la gracia de Dios”, se lee a la entrada del centro de rehabilitación de la madrina Ana, como ahora es conocida 20 años después. No es una frase decorativa ni un consuelo fácil: es una forma de nombrarse.
Ana es una mujer alta, robusta y de tez morena que habla frente al cuadro de San Judas Tadeo que custodia su centro de rehabilitación. Su cabello corto y cobrizo hasta los hombros cae sobre su vestido verde, que combina con sus ojos castaños y cálidos. Ella se define como enferma alcohólica, adicta en recuperación y lo dice con la serenidad de quien ha aprendido a convivir con su historia. Lleva 20 años sobria, veinte años que contrastan con una vida marcada desde el inicio por la violencia, la pobreza y la dependencia a las sustancias que la acompañaron desde la infancia.
Hoy, a sus 45 años, Ana está de pie frente a un grupo de 12 jóvenes que reconocen en su relato fragmentos de su propia vida. Muchachos y muchachas que lidian con una historia similar a la suya y que, para ellos, la madrina Ana es ejemplo de superación, firmeza y resiliencia con su pasado.
Una infancia marcada por el abandono
Ana es hija de una madre alcohólica y de un padre ausente, también con problemas de adicción. Creció al cuidado de su abuela, una mujer de carácter fuerte que sostenía un bar clandestino en la ciudad de Boca del Río donde sus hijas ofrecían servicios sexuales y eran violentadas por los mismos hombres que tomaban ahí.
Ana bebió por primera vez hasta los 17 años, cuando su hijo Julio tenía seis meses de nacido y ella terminaba la relación, marcada por la adicción y el maltrato, con su esposo: un hombre mayor que ella y dependiente al cristal que la golpeaba y violaba constantemente.
Tras huir de ese destino impuesto por su abuela, Ana creyó que beber alcohol era la libertad que ella le arrebató después de su fiesta de 15 años, cuando decidió que ya no debía estudiar y que debía casarse con su entonces novio, bajo la idea de que ya no tenía otra opción de vida. Beber se convirtió, para ella, en un acto de rebeldía y en una salida momentánea frente a un futuro que no había elegido.
El primer trago: cuando el alcohol se confundió con libertad
La primera bebida que probó fue el whisky, pero no fue un caso aislado. De acuerdo con el Sistema de Vigilancia Epidemiológica de las Adicciones (SISVEA) 2023, el alcohol es la principal droga de inicio en el estado de Veracruz. Ese mismo año, los Centros de Tratamiento y Rehabilitación No Gubernamentales reportaron que 242 personas comenzaron su consumo de sustancias adictivas precisamente a través del alcohol.
El artículo “Patrones de consumo de alcohol en adolescentes y adultos mexicanos: Ensanut Continua 2022”, basado en datos de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición, señala que el consumo de alcohol es más frecuente entre adolescentes que no estudian y entre quienes, aun estando en la escuela, cursan un grado inferior al que correspondería a su edad. La exclusión educativa y el rezago escolar aparecen como factores que aumentan la vulnerabilidad frente al alcohol.
Según la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco (ENCODAT) 2025, la edad promedio de inicio de consumo del alcohol disminuyó de 13.6 a 13.2 años en población adolescente, mientras que para adultos jóvenes, la edad de inicio de consumo aumentó de 16.6 a 17.0 años de acuerdo a estadísticas de la ENCODAT 2016.
Los datos de la Ensanut 2022 también advierten que los adolescentes con trabajo remunerado presentan un mayor consumo de alcohol, asociado al estrés generado por el entorno laboral, las presiones académicas y las tensiones en la relación con madres, padres y pares. Para Ana, ese cruce entre abandono escolar, responsabilidades tempranas y falta de contención no fue una estadística: fue el escenario en el que el alcohol empezó a ocupar un lugar cada vez más central en su vida.
Para ella, el consumo de alcohol dejó de ser esporádico y se volvió constante cuando, a los 17 años, consiguió trabajo en un bar para cubrir los gastos de su hijo, apoyar a su madre y sobrevivir ella misma. Se desempeñaba como mesera y fichera, y el ritmo del lugar la empujó no solo a beber cada vez más, sino también a consumir crack para mantenerse despierta y rendir durante jornadas largas y extenuantes.
Hoy, al nombrar ese periodo, Ana no romantiza nada. “Para mí, lo más difícil del alcohol y las drogas es lo que te llevan a hacer. Empezamos cotorreando y pasándola bonito, y eso no lastima. Pero ¿qué viene después, cuando ya se te vuelve enfermedad? Matas, robas, te prostituyes, dejas que cualquiera haga lo que quiera contigo muchas veces nada más por un fume. Eso es lo peor”, dice, con la claridad de quien sobrevivió y decidió no volver.
Cuando ayudar a otros se volvió una forma de seguir
Laura, la hija menor de Ana, fue el punto de quiebre. Pensar en ella la llevó a preguntarse si su familia merecía algo distinto a la violencia y a las adicciones que habían marcado su historia. A los 25 años, Ana decidió internarse en un centro de rehabilitación con la esperanza de construir una vida con estabilidad, lejos del alcohol y las sustancias que la habían acompañado desde muy joven.
Durante su estancia, y conforme avanzaban los meses de sobriedad, Ana descubrió algo que no sabía que tenía: la vocación de servir. Escuchar, acompañar, sostener a otros en medio del dolor la llevó, tiempo después, a abrir su propio centro de rehabilitación en el municipio de Boca del Río, el mismo territorio donde había aprendido a sobrevivir.
Pero la vocación también convive con la herida más profunda. “Mi hijo comenzó a consumir a los 15 y nunca logré que dejara de consumir. Es inexplicable. Yo les digo a los padrinos: no entiendo cómo Dios me ha dado la capacidad de ayudar a tanto joven, ¿pero por qué a mi hijo no?”, dice, con la voz atravesada por la culpa y la incredulidad.
“Tengo tantos ahijados que hoy llevan muchos años sin consumir, que ahora son líderes de grupos, pero ¿por qué mi hijo no?”, repite. Ana aclara, con un dolor que no se atenúa, que no fueron las drogas las que terminaron con la vida de su hijo, sino un atentado que lo asesinó hace un año. Desde entonces, ayudar a otros también es su manera de seguir en pie.
Pensó en cerrar el centro. Durante un tiempo, la ausencia de su hijo se volvió insoportable cada día, cada espacio, cada historia que se parecía demasiado a la suya. Pero decidió continuar. No como una forma de resistencia, sino como un acto de memoria. “Él era todo para mí, pero tengo que seguir. Veo a mis chavos y son como mis hijos. El centro de rehabilitación lo amo, para mí esto es como un hijo más. Me ha costado mucho trabajo salir adelante, Dios me rescató”, dice Ana, sin dramatizar, como quien habla desde el cansancio y la fe.
Nunca se imaginó al frente de un centro de rehabilitación ni amadrinando a tantos jóvenes que buscan salir de las adicciones. Aun así, reconoce que el camino de la sobriedad no empieza negando el pasado, sino soltando la culpa para asumir la responsabilidad de seguir vivos. Exiliarse de la culpa, dice, también es una forma de sanar y de avanzar.
A los jóvenes que acompaña les repite que la recuperación no se agota en la terapia. “Tienes que enseñarles a vivir, pero vivir bien: ver una película y disfrutarla, reír, llorar, sentir”, explica. Para Ana, eso es lo esencial: recuperar la capacidad de sentir sin anestesia. Porque, al final, lo que más faltó siempre —lo que aún intenta reconstruirse— fue algo tan simple y tan profundo como el amor de los demás.
ys
