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El algoritmo que nos dejará sin oficio

Según la más reciente advertencia de Elon Musk, existen cinco profesiones en México que podrían desaparecer antes de 2030. | Ulises Castellanos

Créditos: Simulador de IA de UNSPLASH
Escrito en OPINIÓN el

Las cinco profesiones en México que podrían irse despidiendo antes de 2030 —según la más reciente advertencia de Elon Musk— son las siguientes: operadores de call center, conductores de transporte (taxistas, choferes de apps y camiones), redactores de contenido básico, analistas administrativos y trabajadores de manufactura repetitiva. Así, sin anestesia.

En el periodismo, la inteligencia artificial ya no es promesa sino competencia directa: automatiza notas básicas, resume discursos en segundos y genera contenido a una velocidad que ninguna redacción puede igualar. A nivel global, esto apunta a redacciones más pequeñas, hiperproductivas y dependientes de sistemas que también pueden amplificar errores, sesgos o desinformación si no hay filtros humanos sólidos. 

El riesgo no es solo laboral, sino editorial: que la prisa por publicar —ahora impulsada por algoritmos— termine desplazando la verificación, el contexto y el criterio. Paradójicamente, en ese escenario, el valor del periodista no será escribir más, sino entender mejor, investigar más a fondo y, sobre todo, distinguir lo verdadero de lo simplemente verosímil.

Musk no lo dijo como profecía apocalíptica de sobremesa, sino en una entrevista reciente en Inglaterra donde, entre entusiasmo tecnológico y una incomodidad apenas disimulada, reconoció que la inteligencia artificial no solo transformará el trabajo: lo va a sustituir en muchos casos. Y no dentro de un siglo, sino en esta misma década.

Lo interesante no es que lo diga Musk —quien, por cierto, tiene intereses directos en el desarrollo de estas tecnologías— sino el tono: una mezcla de fascinación y advertencia. Como quien presume el invento, pero al mismo tiempo sugiere que quizá se nos fue de las manos.

La lógica es simple y brutal. Si una máquina puede hacer lo mismo más rápido, más barato y sin prestaciones, la máquina gana. Y hoy, la IA no solo redacta textos o responde llamadas: también analiza datos, programa, diseña, diagnostica y hasta “conversa” con una naturalidad que empieza a inquietar. Si no me creen “platiquen” con Alexa.

En México, donde buena parte de la economía urbana depende de trabajos operativos y servicios, el golpe puede ser más profundo de lo que queremos aceptar. Pensemos en los call centers del norte del país, en los conductores que sostienen la movilidad de las ciudades o en las maquilas donde la repetición es la regla. No es ciencia ficción: son sectores enteros en la línea de tiro.

Musk planteó un escenario donde el trabajo dejaría de ser una necesidad económica. Suena atractivo, casi utópico, hasta que uno recuerda que ese modelo requiere una redistribución de riqueza que ni Estados Unidos ha resuelto. Mucho menos México.

Aquí el problema no será solo tecnológico, sino político. ¿Qué pasa cuando miles —o millones— de personas vean desaparecer sus fuentes de ingreso? ¿Qué tipo de transición laboral se está planeando? ¿Quién la va a financiar? Porque la IA no paga impuestos… todavía.

Hay, por supuesto, otro ángulo. La inteligencia artificial también abrirá nuevas profesiones, nuevas industrias y nuevas formas de productividad. Pero el desfase entre lo que desaparece y lo que nace puede ser el verdadero conflicto. No todos los conductores serán programadores, ni todos los operadores de call center se convertirán en ingenieros de datos.

La pregunta de fondo no es si la IA llegará —eso ya ocurrió— sino cómo se va a administrar su impacto. Musk lo dijo casi como advertencia lateral: el riesgo no es solo perder empleos, sino perder el control sobre una tecnología que evoluciona más rápido que las regulaciones.

Mientras tanto, en México seguimos discutiendo reformas laborales del siglo pasado, como si el futuro no estuviera ya tocando la puerta. O peor: como si no estuviera sentado en la sala, aprendiendo de nosotros en tiempo real.

Quizá la ironía más grande es que esta columna, pronto, podría ser escrita por una inteligencia artificial con mejor sintaxis, más datos y menos incertidumbre. La diferencia —al menos por ahora— es que aquí todavía hay alguien detrás preguntándose si todo esto es una buena idea.

Ulises Castellanos

@MxUlysses