Hay dos ciudades mexicanas que quien esto escribe lleva en el corazón, en las venas, en los huesos, en los recuerdos, en las entendederas y en la nostalgia de lo que fueron en la vida.
No son dos ciudades cualesquiera. No lo son, porque aquello que no se ve cariño y respeto, amor y ternura, pasan a ser ciudades sin chiste, sin color y sin ánimo. No en este caso.
Estas, mis dos ciudades que les digo, son luminosas, cariñosas, y emotivas, son nuestra esencia de vida y parte de nuestros sueños de grandeza y de trascendencia. Son la querencia pura; porque son ciudades cargadas de cariño, que se miran con arrobo, con admiración en silencio y con respeto.
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Esas dos ciudades, en el caso aquí presente, son el Distrito Federal, así llamado porque aquí se asientan los poderes de la Unión, que es desde donde surge el mandato, el gobierno federal y sus instituciones federales que impactan en la vida de todo el país: y era federal porque era el asiento vital de quienes, desde todos los puntos del país, vinieran a hacer trámites, a hacer vida, a hacer casa, comida, sustento, llegaban aquí, como Pedro por su casa.
Y es Oaxaca, la ciudad querida, añorada, emblema de la grandeza, la belleza, del colorido, del aire fresco y vivo, ese aire que se percibe en el cuerpo y en el alma; el aire que se nos agolpa en la vida y en las entendederas para hacernos brillar de cielo a tierra.
O como dijo el fraile Navarrete, quien cuando llegó por primera vez a Oaxaca –entonces Nueva Antequera- exclamó sorprendido: “En Oaxaca hay una luz resplandeciente que hace brillar la cara de los cielos”. Y digo: ¿Qué país, lugar, estado o rincón tiene el cielo azul turquesa de Oaxaca? Y a riesgo de ser cursi (ya se sabe que todos los mexicanos llevamos en nuestro interior un ‘blanco diván de tul’): “no hay cielo como mi cielo, ni tierra como mi tierra”. Y así el amor.
Y ¿qué digo de la capital del país? A la que, a la llegada del científico Alexander von Humboldt en 1803, calificó como “la región más transparente del aire”… “la ciudad de los palacios”, y a la que Bernardo de Balbuena dedicara aquella “Grandeza Mexicana” en 1604: “De la famosa México el asiento; origen y grandeza de edificios; caballos, calles, trato, cumplimiento; letras, virtudes, variedad de oficios; regalos, ocasiones de contento; primavera inmortal y sus indicios; gobierno ilustre; religión y estado: todo en este discurso está cifrado”.
Ambas ciudades tienen historia y destino. Ambas han visto pasar días felices como también días aciagos; vivieron las luchas por la independencia (recuérdese que en Oaxaca, el insurgente puro, José María Morelos y Pavón, escrituró –junto con Carlos María de Bustamante- “Los sentimientos de la nación”, por los que se establecía la no esclavitud, la libertad de prensa los derechos y deberes del hombre mexicano, libre e independiente… y la creación de un país: México.
Ambas ciudades han visto llegar a su seno tanto a insurgentes como a revolucionarios, a juristas como a porfiristas, a villistas como a zapatistas. Ambas han vivido tragedias, sismos, quebrantos; pero también han sabido levantarse de sus dolores para ser ese lugar en donde vive el que vive, y en donde siempre hay redención y la luz resplandeciente que presagia un mejor futuro.
Y sin embargo, mientras tanto, ambas ciudades viven hoy el rigor de la indignación, del desorden, de la falta de afecto y la falta de respeto para lo que son y significan en la historia mexicana.
Ambas ciudades viven hoy, después de tantos años, la tragedia de malos gobiernos. Pésimos gobiernos y grupos contestatarios –con derecho o no-, que no aman a su país ni a sus estados.
Hoy, CDMX, en apenas unos cuantos años, sobre todo en la era Brugada, se ha transformado en un verdadero caos urbano; una ciudad feroz; una ciudad amurallada que parece vivir tiempos de guerra y en donde el libre tránsito está prohibido, y prohibir el libre tránsito es prohibir la libertad.
¿De qué sirve ser libres si no puedes caminar a tus aires por donde quieras y donde mejor te acomode o en donde cumplas con tus responsabilidades o urgencias de salud o trabajo?
Es una vergüenza y duele el Zócalo de la capital del país: sitiado; al que para llegar se requiere pasar filtros de seguridad que fueron puestos por miedo ¿a qué? ¿A la libertad? ¿Miedo a la incapacidad del gobierno capitalino para resguardar esas libertades de la intransigencia y el desorden?
Exigir derechos no es restringir los derechos de millones en una ciudad de 1,499 km2 y con 12 millones de habitantes y 21 millones en toda la zona metropolitana. Una ciudad que se afea cada día más, con desorden, sin cuidados ni vigilancia suficiente, con tránsito urbano que se mueve a su libre albedrío; con violencia y confrontación.
Con vendedores ambulantes a los que la señora Brugada les permite hacerse dueños de calles enteras para inflar la cifra de empleo, aunque sea empleo informal, sin sueldos ni seguridad pública.
El miedo a salir a la calle es similar al miedo en tiempos de guerra. Eso es lo que han hecho de este nuestro alto valle mexicano: una ciudad caótica, enferma y en deterioro. Y sí, duele ver a nuestra Ciudad de México, a nuestro viejo Distrito Federal, convertida en ese monstruo sin gobierno.
Y la ciudad de Oaxaca, siempre sitiada, presa de intereses gremiales de grupos que con derecho y sin él se apropian de la libertad de todos los oaxaqueños en su propia tierra. Con un gobierno estatal fallido, como es el de Salomón Jara Cruz y un presidente municipal Raymundo Chagoya, incapaces, ambos, de entender su responsabilidad en un estado y capital del estado de tal grandeza.
Oaxaca ya demostró en consulta que no se siente a gusto con el actual gobierno. Chagoya sigue entregando el poder a sus intereses políticos. Y en esto, ha arrasado con lo que fue la grandeza oaxaqueña: hoy una ciudad prohibida cuyo gobierno, lejos de Max Weber, deja de cumplir con su responsabilidad de gobernabilidad y con las exigencias de los oaxaqueños de trabajo y del día a día.
Ambas ciudades están en vilo. Ambas ciudades requieren solución. Ambas requieren políticos en el sentido democrático del término, con responsabilidad de Estado y ética: no grillos.
