INDIGENISMO

Contra los anacronismos sobre el indigenismo (y la identidad racial)

El indigenismo fue una identidad política e intelectual que tomó forma en el siglo XX y su uso para describir movimientos o personajes de otros periodos históricos puede conducir a interpretaciones anacrónicas. | Guillermo Aguado Trejo*

Escrito en OPINIÓN el

Es un error común trasladar al pasado fenómenos contemporáneos como forma de traducir a la sensibilidad coetánea eventos pretéritos. Licencia común entre artistas, no debería ser solapada entre historiadores o científicos sociales. Uno de esos anacronismos frecuentemente observados en las ciencias sociales, sobre todo de este hemisferio, es el de imaginar indigenismos previos al siglo XX. En realidad, el indigenismo como identidad política de activistas, funcionarios y académicos que devino en un centro de interés científico, se conformó en torno al periodo que transcurrió entre las dos guerras mundiales.

Si bien en México ya se había fundado en 1910 una efímera Sociedad Indianista ocupada de estudiar diversos aspectos de la población indígena coetánea y pretérita, con miras a su asimilación en la modernidad occidental; el término indigenismo en sí mismo fue acuñado en 1928 por el influyente socialista peruano José Carlos Mariátegui y empleada muy pronto también por su coterráneo Víctor Raúl Haya de la Torre, promotor de la unidad indoamericana. En ese momento, se le relacionó con la promoción de la igualdad jurídica de la población no hispanohablante del Perú. A partir de ahí, fue retomado para México por Moisés Sáenz, pedagogo y diplomático —hermano del general constitucionalista Aarón Sáenz— que se preocupó por estudiar las formas adecuadas de integrar a la población indígena del continente en sus respectivas nacionalidades estatales. 

En la siguiente década, al reunirse delegados oficiales mexicanos y peruanos en diversas conferencias panamericanas, el indianismo y el indigenismo empezaron a convivir muchas veces confundidos, aunque sin un sentido unívoco. Ambos términos fueron formulados como autoidentificaciones primordialmente políticas de algunos intelectuales y burócratas en función de su interés por un otro caracterizado por su marginación política o económica. El fundamento de esa identidad era la voluntad de solucionar, desde muy diversas perspectivas, algunas problemáticas percibidas por ellos en la permanencia de aquellas sociedades diferenciadas. Con ese fin, también debían definir la distinción de esas poblaciones como una identidad étnica; es decir, racial con algunos elementos culturales. Fue a partir de la organización del Primer Congreso Indigenista Interamericano, celebrado en Pátzcuaro en 1940, que el segundo término ganó preponderancia y se popularizó a nivel continental. 

En ese momento, diversos pensadores y funcionarios empezaron a adscribirse al indigenismo como símbolo de legitimidad y pertenencia a una red internacional en ascenso, organizada, a grandes rasgos, en torno a la integración política o la mejora económica de las poblaciones originarias de América. Toda identidad se construye mediante la diferencia y la exclusión, por lo que los indigenistas buscaron distinguirse a sí mismos de funcionarios y pensadores anteriores y coetáneos que no habían mostrado atención particular por lo indio o su incorporación nacional —entendida como su castellanización, secularización y occidentalizaciones de elementos materiales como la vestimenta—. Por ello, no puede considerarse indigenista ningún movimiento, autor o dirigente previo al siglo XX ni mucho menos a religiosos (como Motolinía o Bartolomé de las Casas) llegados con las tropas ibéricas al inicio del periodo virreinal.

Aquella corriente tuvo su mayor expresión institucional en el Instituto Indigenista Interamericano, en funciones entre 1942 y 2009. Con todo, una confusión semántica fue promovida en gran medida por su primer y duradero director; Manuel Gamio buscó posicionar al indigenismo no sólo como el fomento de reivindicaciones sociales, sino principalmente como el estudio científico de las poblaciones aborígenes. Tal fue su influencia, que alrededor de la década de 1960 varios autores hispanoamericanos trataban como sinónimos a la antropología aplicada y el indigenismo. Sin embargo, esa identificación se ha degradado en los últimos años y vale la pena la desambiguación. Algo semejante sería provechoso en torno al hispanismo, que lo mismo puede entenderse como el estudio de la lengua española o como la defensa híper nacionalista de una pretendida unidad cultural hispánica.

Confusiones como las anteriores abrevan a su vez de la confusión de raza, cultura y hasta civilización en torno al discurso de lo étnico: múltiples autores han mezclado al interior del concepto de etnia elementos de la herencia genética, culturales como lengua o religión, y hasta marcadores de clase. De esa forma, contribuyeron a la identificación de las culturas —leídas en plural como cuerpos sólidos que interactúan sin fundirse— con agrupaciones poblacionales equivalentes a subespecies, es decir, razas o etnias. En esa falacia han incurrido tanto diversos promotores actuales del multiculturalismo (interculturalismo o pluriculturalismo) como el espectro contrario de macro nacionalismos que leen el mundo como un enfrentamiento de civilizaciones y advierten en contra de la inmigración. Asimismo, aquella es la fundamentación que subyace a la ciudadanía por derecho de sangre, ius sanguinis, que otorga la nacionalidad por la pertenencia de los ascendientes.

Si bien toda identidad es excluyente, no necesariamente se fundamenta en la etnia. Eso es, o al menos había sido, lo adelantado de la mayor parte de los marcos jurídicos de América, que basaban sus ciudadanías en un derecho del lugar de nacimiento, ius soli, y no en la transmisión genética. Sin embargo, la lectura racial de la sociedad ha recobrado fuerza alimentada desde los polos opuestos de un enfrentamiento ideológico entre nativismos expansivos o selectivos y un discurso académico que suele soslayar que no existen subespecies humanas ni agrupaciones genéticamente separadas en su conjunto de todas las demás ni, menos aún, tradiciones culturales de desarrollo aislado.

Guillermo Aguado Trejo*

Licenciado en historia por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, maestro en historia moderna y contemporánea por el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, en donde actualmente cursa el doctorado en el mismo programa. Ha estudiado la relación entre la escolarización pública y la reconfiguración estatal posrevolucionaria en Puebla y actualmente investiga en torno a la historia intelectual del indigenismo en la primera mitad del siglo XX.

 

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