A unos días del inicio de la Copa Mundial de la FIFA 2026, con sede en Canadá, Estados Unidos y México, es ineludible dedicarle unas líneas. Aunque los artículos y “análisis” suelen centrarse en la gesta futbolística, las nóminas, la integración de los equipos, o incluso en la mercadotecnia detrás del evento, pocos se enfocan en un elemento esencial, como lo es la seguridad que debe prevalecer para que la fiesta deportiva tenga lugar.
Estos megaeventos deportivos se han vuelto con los años complejos. Ya no son los eventos del pasado, donde los hinchas llegaban en mareas humanas a las ciudades y estadios siguiendo a sus equipos. Hoy, incluso los aficionados más apasionados tienen dificultad para asistir, dado que los precios se han vuelto prohibitivos, y los asistentes son cada vez más personas que ven el Mundial como un lujo a presumir o un “goodie” más para mostrar en redes sociales.
En temas de seguridad, anteriormente las preocupaciones se centraban en tensiones entre hinchas, la llegada de hooligans o peleas en bares y restaurantes. Ahora, aunque esas preocupaciones persisten, la seguridad en eventos deportivos ya no se limita a controlar multitudes, sino que abarca terrorismo, crimen organizado y ciberseguridad, convirtiéndose en un reto integral para los países anfitriones. Aún con ello, debe distinguirse otras megaeventos deportivos, pues por un lado las Olimpiadas concentran múltiples disciplinas en una sola ciudad, con perfiles diversos de aficionados, y se da en solo un par de semanas, la Copa Mundial se reparte en varias ciudades (y en este caso, países) con un perfil más homogéneo de asistentes. Esto exige enfoques distintos de prevención y control.
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En la historia de los megaeventos deportivos se han registrado episodios dolorosos que evidencian la vulnerabilidad de estas celebraciones frente a amenazas de seguridad. En los Juegos Olímpicos de Múnich 1972, un grupo armado palestino secuestró y asesinó a once atletas israelíes; y luego en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996, una bomba explotó en el Centennial Olympic Park, causando dos muertos y más de cien heridos; mientras que en París 2024 los ataques se dieron en el ámbito digital, con intentos de sabotear sistemas de boletaje y transporte.
En esta Copa, las preocupaciones de seguridad varían según la sede. En Estados Unidos, el foco está en la prevención de actos terroristas y tiroteos masivos, en un contexto donde el público será mayoritariamente extranjero y los controles migratorios añaden tensión. En Canadá, las preocupaciones giran en torno a la vigilancia fronteriza y posibles incidentes diplomáticos derivados de su política estricta de visados y exclusión de grupos vinculados a terrorismo. En México, el riesgo se centra en la violencia del crimen organizado y la violencia social, y donde debe añadirse la prevención de la violencia doméstica durante los encuentros. Cada país enfrenta amenazas distintas, y por ello la coordinación multinacional será clave.
Un enfoque preventivo siempre es lo mejor, pero debe partir de reconocer el perfil del evento, el tipo de aficionado, las amenazas específicas de cada país y los grupos de riesgo. La Copa Mundial de la FIFA 2026 será una prueba no solo para el futbol, sino para la capacidad de tres países de coordinarse en seguridad frente a riesgos distintos. La verdadera victoria no estará únicamente en la cancha, sino en demostrar que el deporte puede reunir al mundo sin convertirse en rehén de la violencia o la política. Solo así se puede garantizar que la Copa Mundial de la FIFA 2026 cumpla su propósito de ser una celebración deportiva global, y no un escenario de vulnerabilidad.
