FIN DEL CICLO ESCOLAR

Cuando cuidar también es parte del juego

Cuidar también es parte del juego, solo que en México, ese juego sigue teniendo siempre las mismas jugadoras: madres, abuelas, hermanas, tías o trabajadoras del hogar; eso es lo que implica adelantar el fin del ciclo escolar. | María Emilia Molina

Escrito en OPINIÓN el

México decidió adelantar el fin del ciclo escolar al 5 de junio. La razón de fondo no es pedagógica ni académica: es el Mundial de fútbol. Y aunque la medida se presenta como un simple ajuste administrativo, lo cierto es que revela, una vez más, cómo se toman decisiones públicas en este país: como si la vida cotidiana no tuviera costos, como si no hubiera quien se encarga de sostenerla. Esta medida vuelve a exhibir una constante: su aparente neutralidad oculta impactos profundamente desiguales.

Porque mientras el país se prepara para el espectáculo global, para los estadios llenos, las pantallas encendidas y la narrativa de la fiesta, hay otra realidad que no aparece en la conversación pública: la de quienes harán posible que todo lo demás funcione.

Cuidar también es parte del juego.

Solo que ese juego no se nombra, no se reconoce y, sobre todo, no se distribuye de manera justa.

En México, el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado sostiene la vida económica y social del país. Las mujeres dedican más del doble de tiempo que los hombres a estas tareas. Cocinan, limpian, cuidan, organizan, acompañan y sostienen emocionalmente a sus familias. Sin ese trabajo, la economía simplemente no funcionaría. Y, sin embargo, el Estado sigue actuando como si ese esfuerzo fuera infinito, disponible y gratuito.

Adelantar el fin del ciclo escolar implica que millones de niñas y niños estarán en casa durante semanas adicionales. ¿Quién se hará cargo de ese tiempo? ¿Quién resolverá la alimentación, la supervisión, el acompañamiento? ¿Quién reorganizará su jornada laboral o renunciará a oportunidades profesionales?

Alguien tendrá que hacerse cargo de esas semanas adicionales sin escuela.

La respuesta, en la enorme mayoría de los casos, es la misma de siempre: las mujeres.

Madres, abuelas, hermanas, tías o trabajadoras del hogar. El Estado no lo dice, pero lo asume. 

Ese es el verdadero costo de la medida. Un costo invisible que se distribuye de manera desigual y que profundiza brechas ya existentes.

No es casual, además, que esta decisión esté vinculada con el Mundial de futbol. El futbol representa uno de los mayores espectáculos globales, históricamente asociado a formas de ocio y consumo predominantemente masculinas. Mientras millones de hombres tendrán más tiempo disponible para ver partidos, reunirse o celebrar, millones de mujeres enfrentarán una intensificación de sus responsabilidades de cuidado.

Es la vieja división sexual del tiempo: ellos acceden al ocio; ellas sostienen las condiciones para que ese ocio sea posible.

Pero el impacto no se agota ahí.

Este no es solo un tema de mujeres. Es, también, un tema de niñas, niños y adolescentes que siguen sin ser colocados en el centro de la política pública.

Las infancias quedan, una vez más, fuera del diseño de la política pública. No todas vivirán ese tiempo adicional de la misma manera. Para algunas, significará descanso, actividades recreativas o convivencia familiar. Para otras -la mayoría- implicará quedarse solas en casa, depender de redes precarias de cuidado, asumir tareas domésticas desde edades tempranas o enfrentar contextos de riesgo.

La escuela no es solo un espacio educativo. Es también un espacio de protección, socialización y, en muchos casos, de acceso a alimentación. Es un lugar donde se detectan violencias, donde hay adultos que pueden observar, escuchar y, eventualmente, intervenir.

Hay, además, otro costo que tampoco se está nombrando: el de privar a niñas, niños y adolescentes de vivir el Mundial como una experiencia colectiva, en espacios seguros. Quienes crecimos con el Mundial de 1986 sabemos que no fue solo futbol. Fue comunidad. Fue escuela. Fue ver los partidos con amigas y amigos, comentar jugadas en el recreo, aprender a celebrar y también a perder. Fue construir recuerdos que, décadas después, siguen vivos y siguen conectándonos. La escuela no solo enseñaba contenidos: también era el lugar donde se compartía el país.

Hoy, en lugar de generar condiciones para que esas experiencias se repliquen -ver partidos en comunidad, acompañados, en entornos seguros y educativos-, se opta por fragmentarlas. Se manda a las infancias a sus casas, a contextos profundamente desiguales, donde no todas podrán ver los partidos, donde muchas estarán solas o en entornos de tensión. Se pierde así una oportunidad pedagógica, social y emocional invaluable: la de construir comunidad, identidad y memoria compartida desde la escuela.

Reducir semanas de clase sin generar alternativas públicas no es una decisión neutra. Es una omisión que impacta directamente en el desarrollo y bienestar de las infancias.

Porque en medio de esta decisión hay millones de niñas, niños y adolescentes que simplemente desaparecen del análisis público. No se pregunta en qué condiciones vivirán ese tiempo fuera de la escuela. No se evalúa el impacto diferenciado que tendrá en sus vidas.

Y eso es grave.

Lo vimos durante el confinamiento por covid-19. La pandemia evidenció el colapso del sistema de cuidados. Los hogares se convirtieron en todo al mismo tiempo: escuela, oficina, guardería, espacio de contención emocional. Y quienes sostuvieron esa carga fueron, en su mayoría, mujeres.

Al mismo tiempo, las violencias intrafamiliares aumentaron. El hogar -idealizado como espacio seguro- se volvió, para muchas mujeres y niñas, un espacio de riesgo. El encierro, el estrés económico, el consumo de alcohol y la falta de redes externas profundizaron esa realidad.

Hoy, aunque el contexto es distinto, la lógica no es ajena: más tiempo en casa, más presión, más carga emocional.

Y el Estado sigue sin contar con políticas integrales y eficaces para prevenir y atender las violencias. No hay refugios suficientes. No hay redes públicas robustas de atención. No hay mecanismos de protección temprana que funcionen.

Se sigue actuando como si ampliar el tiempo de convivencia fuera, por sí mismo, algo positivo.

Como si todos los hogares fueran seguros.

No lo son.

A esto se suma un problema adicional: la falta de planeación educativa.

El Mundial no es un evento inesperado. Se conoce desde hace años. Se sabía cuándo ocurriría, dónde se jugaría, qué implicaciones tendría. Y, sin embargo, la respuesta institucional parece improvisada.

La justificación de las altas temperaturas resulta, además, insuficiente. México ha enfrentado históricamente condiciones climáticas similares. Si el calor es un problema, la respuesta no puede ser recortar el calendario escolar, sino invertir en infraestructura, adaptar horarios, mejorar condiciones.

Reducir semanas de clase no es una solución. Es una renuncia.

Y tiene consecuencias directas en la calidad educativa.

Menos días de clase implican menos tiempo de aprendizaje, menos continuidad pedagógica, más interrupciones. En un contexto donde las brechas educativas ya se han ampliado -especialmente después de la pandemia-, esta medida puede profundizar aún más las desigualdades.

Además, se implementa sin aviso previo suficiente, sin estrategias compensatorias, sin acompañamiento. Otra vez, la carga se traslada hacia las familias.

Otra vez, hacia las mujeres.

Porque el problema no es el Mundial.

El problema es un Estado que sigue tomando decisiones sin perspectiva de género y sin perspectiva de infancia. Un Estado que actúa como si sus políticas fueran neutras, cuando en realidad tienen efectos diferenciados y profundos.

Un Estado que sigue confiando en que las mujeres resolverán lo que él decide no atender.

Como siempre.

Por eso esta discusión importa. Porque no es sobre futbol. Es sobre cómo se distribuyen los costos de las decisiones públicas. Sobre quién cuida, quién sostiene, quién absorbe el impacto.

Y sobre quién queda fuera de la conversación.

Lo mínimo exigible es claro: incorporar de manera real la perspectiva de género y de infancias en todas las decisiones. Evaluar impactos, prever consecuencias, generar alternativas. Construir un sistema nacional de cuidados que deje de descansar en el trabajo no remunerado de las mujeres. Garantizar condiciones dignas y seguras para niñas y niños, dentro y fuera de la escuela. Y asumir que prevenir la violencia no puede seguir siendo una promesa vacía.

Lo demás es simulación.

El Mundial llegará. Habrá goles, celebraciones y millones de personas frente a las pantallas. Pero, mientras eso ocurre, alguien estará sosteniendo la vida cotidiana.

Fuera del espectáculo, persistirá otra realidad.

Una en la que las mujeres asumen más carga.

Una en la que muchas infancias enfrentan condiciones desiguales.

Una en la que el Estado, otra vez, llega tarde.

Cuidar también es parte del juego.

Solo que, en México, ese juego sigue teniendo siempre las mismas jugadoras.

María Emilia Molina

@EMILIAMDLAP