EL HAMBRE

El hambre, la insurrección silenciosa

El hambre es el acto más radical de insurrección porque ni siquiera necesita ser un acto; solo necesita existir para demostrar que el sistema ha fallado, que ha fallado en lo más básico, en mantener viva a la gente. | José Luis Castillejos

Escrito en OPINIÓN el

Un acto de insurrección cotidiana recorre el mundo. Lo llamamos "subversivo" pero el hambre no es un cuestionador sofisticado, no es un pensador que articula argumentos contra el sistema. El hambre es mucho más peligrosa: es un grito silencioso, una negación visceral de toda legitimidad. Es la insurrección más antigua y más olvidada.

En 2024, mientras celebramos los avances tecnológicos y los mercados que prometían prosperidad para todos, 673 millones de personas pasaron hambre. No es un número abstracto. Es casi el 8,2% de la humanidad que despierta cada mañana sin certeza de poder alimentarse. Y aquí está lo realmente subversivo: en un planeta que produce alimento para más de once mil millones de seres humanos, esta cifra no es una tragedia inevitable sino una elección.

Los datos oficiales susurran una falsa esperanza. Desde 2022 hasta 2024, el hambre ha disminuido ligeramente al pasar del 8.7% al 8.2% de la población mundial. Quince millones menos de personas sufriendo hambre de un año a otro. Los organismos internacionales hablan de "avances" en sus comunicados. Es el lenguaje de quien observa desde lejos, desde oficinas con aire acondicionado, desde perspectivas que necesitan creer que el sistema funciona.

Descifremos lo que los números realmente ocultan

Mientras el hambre disminuye globalmente, en África se ha disparado a más del 20% de la población: 307 millones de personas. En Asia occidental, afecta a más del 12.7%, impactando a 39 millones de seres humanos. No hay progreso aquí; hay redistribución del sufrimiento. La mano izquierda del mundo mejora mientras la derecha se quema. Y esto, precisamente esto, es lo más subversivo: que hemos normalizado que el progreso de algunos se construya sobre el deterioro de otros.

En los países de bajos ingresos, donde la vida cuesta menos pero el alimento cuesta más, el número de personas que no pueden permitirse una dieta saludable aumentó de 464 millones en 2019 a 545 millones en 2024. En los países de ingresos medianos-bajos, la cifra creció de 791 millones a 869 millones.

Esto no es hambre. Bueno, sí lo es. Pero primero es algo más fundamental: es la negación del derecho básico a existir dignamente. Es el sistema diciéndole a mil millones de personas: "Pueden vivir, pero tienen que elegir entre comer y medicinas. Entre alimento y educación. Entre sobrevivir hoy o tener futuro mañana".

La inflación de precios de alimentos entre 2021 y 2023 fue brutal. La tasa mundial pasó del 2.3% al 13.6%. Pero mientras los países ricos absorbieron este impacto con sus amortiguadores fiscales y sus reservas, los países pobres vieron colapsar sus sistemas. Un padre en Sudán no puede ajustarse a la inflación; solo puede apretar más el nudo de la pobreza alrededor de su familia.

Cuando el hambre se convierte en arma

El Secretario General de Naciones Unidas ha sido claro en su denuncia: "Nunca se debe aceptar el hambre como arma de guerra". Pero esto ya está sucediendo. En 2024, más de 295 millones de personas en 53 países y territorios sufrieron inseguridad alimentaria aguda. En Sudán, el hambre ha sido confirmada como hambruna. En Gaza, un sistema alimentario ha colapsado casi completamente. En la República Democrática del Congo, más de 25 millones de personas -una cuarta parte de la población- enfrentan niveles de crisis o emergencia.

El conflicto es el principal impulsor del hambre aguda: afecta a 140 millones de personas en 20 países. Y aquí está lo más obsceno del acto subversivo del hambre: quienes lo sufren no pueden protestar. No pueden marchar. No pueden denunciar. Su cuerpo debilitado, su mente nublada por la desnutrición, no tiene energía para levantarse contra el orden que los castiga. El hambre es el silenciador perfecto de las voces.

Las Naciones Unidas proyectan que en 2030, 512 millones de personas padecerán subalimentación crónica. Casi el 60% de ellas en África. Casi. No es especulación; son tendencias confirmadas con datos. Es el futuro que ya está escribiéndose en los campos áridos de Sahel, en los mercados colapsados de Sudán del Sur, en las favelas donde los niños de hoy serán adultos malnutridos de mañana.

Pero tal vez lo más subversivo del hambre es esto: mientras generamos este futuro, celebramos objetivos de desarrollo sostenible que prometían "Hambre Cero" para 2030. Celebramos convenios, conferencias, cumbres. Los líderes mundiales se fotografían sonriendo en Addis Abeba, en Nueva York, en Davos. Hablan de "resiliencia" y "sistemas alimentarios sostenibles" como si fueran fórmulas mágicas, como si el problema fuera técnico y no político.

El hambre es subversiva porque expone la mentira central de nuestro tiempo: que el sistema funciona, que solo necesita ajustes, que el progreso es inevitable. El hambre grita que esto es falso. Grita que podemos producir alimento para once mil millones y dejar que 673 millones se mueran de inanición. Que podemos tener inflación de precios en alimentos y dejar que sea responsabilidad personal de mil millones de personas el lograr comer. Que podemos usar el hambre como instrumento de guerra y después hablar de paz.

El hambre es subversiva porque no pide permiso. No negocia. No se deja cooptar por discursos de "desarrollo" o "progreso". Simplemente existe, recordándonos cada día que nuestro orden no es inevitable, que es frágil, que está construido sobre injusticias que cada amanecer reafirmamos.

Los que tienen poder temen al hambre, no porque les importe, sino porque el hambre es imposible de explicar racionalmente a los saciados. ¿Cómo justificas 673 millones de personas hambrientas en un planeta de abundancia? No puedes. Y ahí está su verdadero peligro subversivo: en la imposibilidad de defensa del indefendible sistema que lo permite.

Durante demasiado tiempo, hemos visto el hambre como un problema que sucede "allá", en regiones lejanas, en países que "no tienen sus políticas en orden". Es más cómodo así. Permite que comamos sin culpa, que durmamos sin preguntas.

Pero los datos obligan a una verdad incómoda: el hambre no es un accidente. Es un resultado. Es lo que produce el orden actual cuando se aplica consistentemente. Cuando priorizamos ganancias sobre nutrición. Cuando permitimos que los mercados especulen con alimentos como si fueran acciones de bolsa. Cuando invertimos en armas que destruyen la agricultura pero no en sistemas que la protejan.

El hambre es el acto más radical de insurrección porque ni siquiera necesita ser un acto. Solo necesita existir para demostrar que el sistema ha fallado. Que ha fallado en lo más básico. En mantener viva a la gente.

Mientras escribo esto, 673 millones de personas pasan hambre. La mayoría en silencio. Sin pantallas que registren su sufrimiento, sin titulares que les den importancia. El Programa Mundial de Alimentos advierte que los recortes presupuestarios podrían revertir incluso estos avances mínimos. Millones perderían el acceso a la ayuda que necesitan desesperadamente.

El hambre es subversiva, sí. Pero también es evitable. Completamente evitable. Y mientras sea evitable y sigamos permitiéndola, la verdadera subversión no será del hambre. Será de nosotros: de un orden que elige 673 millones de hambrientos sobre un planeta saciado. De una civilización que sabe cómo resolver esto y decide no hacerlo.

Esa es una insurrección que sí podemos detener. La pregunta es si queremos.

José Luis Castillejos

@JLCastillejos