SEGURIDAD

Estrategias y programas

El estado de la seguridad hoy nos recuerda que la paz duradera no se construye con la simple acumulación de efectivos uniformados, sino con el fortalecimiento de la legalidad, la reconstrucción del tejido social a nivel municipal y el fin de la impunidad burocrática. | Rodolfo Aceves

Escrito en OPINIÓN el

El diseño e implementación de las políticas públicas de seguridad en las últimas décadas ha transitado por diversos paradigmas institucionales, metodológicos y operativos en la búsqueda por contener la violencia y desarticular las estructuras criminales

Evaluar los aciertos y los errores de estas estrategias exige una lectura objetiva de los mecanismos de intervención estatal, la evolución de los cuerpos policiales y el impacto real que dichas decisiones tienen sobre el tejido social. A través de este examen, es posible identificar que los mayores aciertos se encuentran en la conceptualización teórica de la prevención y en los esfuerzos por unificar criterios de actuación, mientras que los errores más severos radican en la brecha existente entre la planeación legislativa y la ejecución operativa en territorio, sumado a una persistente dependencia de estrategias de militarización.

Dentro de los aciertos más significativos en la historia reciente de las políticas públicas de seguridad, destaca la transición formal hacia modelos que reconocen la multidimensionalidad del delito. Tradicionalmente, la seguridad era entendida bajo un enfoque estrictamente punitivo o de reacción policial; sin embargo, la incorporación de programas transversales enfocados en las causas socioeconómicas de la criminalidad representó un avance teórico fundamental. El reconocimiento de que la falta de oportunidades educativas, el desempleo y la marginación urbana operan como caldos de cultivo para el reclutamiento delictivo permitió el diseño de intervenciones orientadas a los jóvenes y a los polígonos habitacionales de alto riesgo. 

Asimismo, otro acierto indiscutible ha sido el esfuerzo por establecer un Servicio Profesional de Carrera y controles de confianza, aunque implementados de manera heterogénea, sentaron las bases para una necesaria depuración institucional y la dignificación laboral de las fuerzas del orden.

No obstante, estos aciertos se han visto eclipsados por errores estructurales y de ejecución que han neutralizado su efectividad a largo plazo. El principal desacierto de las políticas públicas ha sido la debilidad crónica en el fortalecimiento de las policías locales, municipales y estatales. 

Al privilegiar presupuestaria y políticamente a las fuerzas federales o de carácter militar, se desatendió el eslabón más cercano a la ciudadanía, que es la policía de proximidad. Este abandono institucional provocó que las corporaciones municipales quedaran vulnerables a la cooptación por parte del crimen organizado, carentes de equipamiento básico, capacitación táctica y salarios dignos. Un segundo error crítico ha sido la adopción de una estrategia de descabezamiento de organizaciones criminales sin una planeación de contención posterior. La captura o neutralización de grandes capos de la droga, lejos de desarticular los mercados ilícitos, fragmentó los monopolios criminales en células delictivas más agresivas, horizontales e impredecibles. Esta atomización desplazó la actividad del narcotráfico internacional hacia delitos de alto impacto local que lesionan directamente a la economía ciudadana, tales como la extorsión, el cobro de piso, el secuestro y el robo de hidrocarburos, multiplicando los focos de violencia en regiones que previamente se consideraban pacíficas.

Aunado a lo anterior, la falta de continuidad transexenal se erige como uno de los errores políticos más costosos. Cada alternancia gubernamental suele acompañarse del desmantelamiento de instituciones, el cambio de nomenclaturas y la sustitución de programas que apenas comenzaban a madurar, lo que impide la consolidación de una burocracia civil especializada en seguridad pública. La persistente militarización del orden público, concebida originalmente como una medida de emergencia temporal, se transformó en una política permanente que postergó indefinidamente la reforma de la justicia civil y de las fiscalías. Ello derivó en un profundo cuello de botella en el sistema de justicia, donde los niveles de impunidad superan sistemáticamente el noventa por ciento, transformando el esfuerzo de captura de los cuerpos de seguridad en una "puerta giratoria" que erosiona la confianza ciudadana y desincentiva la denuncia formal.

Al contrastar este balance de aciertos y errores con el estado de seguridad en este momento en el país, a mediados de 2026, los resultados muestran una compleja y preocupante continuidad de los desafíos. Si bien las autoridades defienden una estabilización o contención marginal en las tasas de homicidios dolosos debido a la maduración de la Guardia Nacional y al despliegue masivo de efectivos, la percepción de inseguridad se mantiene elevada y la violencia criminal ha adquirido dinámicas más sofisticadas y tecnológicas. Las organizaciones delictivas ya no sólo disputan rutas de tránsito, sino que ejercen un control territorial efectivo sobre cadenas productivas agrícolas y comerciales lícitas, dictando precios y sustituyendo funciones de gobernanza en comunidades apartadas. El uso de drones con cargas explosivas, el reclutamiento forzado mediante economías criminales y los enfrentamientos armados en zonas urbanas evidencian que el error de no desarticular las finanzas y la logística del crimen organizado sigue pasando factura.

En el panorama actual de 2026, el gran acierto pendiente sigue siendo la reforma integral de las fiscalías locales para abatir la impunidad, pues la presencia disuasoria de patrullajes militares y federales resulta insuficiente si el andamiaje de investigación criminal no es capaz de judicializar con éxito a los generadores de violencia. La terca realidad demuestra que las políticas públicas que priorizaron el despliegue de fuerza sin una estrategia sólida de prevención social comunitaria y sin inteligencia financiera eficaz terminan por saturar los espacios públicos sin solucionar las causas subyacentes del conflicto. El estado de la seguridad hoy nos recuerda que la paz duradera no se construye con la simple acumulación de efectivos uniformados, sino con el fortalecimiento de la legalidad, la reconstrucción del tejido social a nivel municipal y el fin de la impunidad burocrática.

Rodolfo Aceves

@racevesj