#ANÁLISISDELANOTICIA

¡Que produzcan los pobres!

Mucho se sacrificó en nombre de una globalización que prometía eficiencia y crecimiento: en México adoptamos, sin decirlo, una estrategia de consumidores y no de productores, y eso tuvo consecuencias. | Jorge Faljo

Escrito en OPINIÓN el

El futuro del planeta parece haberse comprimido en un punto que concentra la atención internacional: el estrecho de Ormuz. Por ahí pasa cerca de la quinta parte del petróleo que consume el mundo, una proporción similar del gas natural y una parte sustancial de insumos clave como fertilizantes, aluminio o helio. Cuando ese paso se estrangula, se sacude toda la economía global.

El precio del petróleo ya ha dado muestras de ello: en cuestión de semanas pasó de niveles cercanos a 68 dólares por barril a picos por arriba de 120. A esto se suman aumentos en gas, fertilizantes, fletes, seguros y tasas de interés. El resultado es simple: buena parte de la producción moderna deja de ser rentable, e incluso deja de ser posible.

El mundo moderno, tan orgulloso de su eficiencia, descubre de pronto que depende de rutas largas, frágiles y costosas. ¿Qué tan sólido es un sistema que se tambalea cuando se cierra un solo estrecho?

Durante décadas nos acostumbramos a la idea de que era normal consumir productos traídos de miles de kilómetros: granos de Estados Unidos o Asia; frutas de California o Chile; carne de Brasil o Nueva Zelanda; ropa y calzado de China. Todo eso parecía lógico porque el transporte era barato. Tan barato que ignorábamos sus verdaderos costos: los ecológicos, los del desplazamiento de la producción interna y los del empobrecimiento de quienes quedaban fuera.

En México adoptamos, sin decirlo, una estrategia de consumidores y no de productores. Y eso tuvo consecuencias.

De acuerdo con datos del Banco de México, entre 2019 y noviembre de 2025 el consumo de bienes nacionales creció apenas 4 por ciento. En cambio, el de bienes importados se disparó cerca de 58 por ciento. Es decir: el consumo creció, pero no jaló a la producción interna.

El impacto es visible. Entre 2018 y 2025 la producción de calzado cayó alrededor de 20 por ciento y la de prendas de vestir cerca de 23 por ciento. Sectores enteros orientados al consumo popular han retrocedido. 

El deterioro rural es evidente. Sectores enteros orientados al consumo popular han retrocedido. El bienestar de muchos se ha deteriorado. Millones tuvieron que emigrar en busca de una mejor vida. 

Mucho se sacrificó en nombre de una globalización que prometía eficiencia y crecimiento. Hoy, las condiciones que la hacían posible empiezan a resquebrajarse. El encarecimiento de la energía y la fragilidad de las rutas globales están cambiando las reglas del juego.

El error de fondo fue dejar de producir. O más precisamente, sacrificar a los productores históricos: campesinos, talleres, pequeñas unidades productivas que abastecían el mercado interno. Comunidades enteras perdieron su base económica.

El segundo error fue convertir a los pobres en dependientes. Los programas sociales son necesarios, pero no reconstruyen la capacidad productiva. Sostienen el consumo, muchas veces de bienes importados, pero no reactivan la producción.

Aquí surge una propuesta incómoda.

Los pobres no pueden producir como ricos, ni competir con las grandes cadenas globales. Pero ese no es el problema. El problema es que dejaron de producir como pobres… para pobres.

No es una cuestión de capacidades. Es una cuestión de mercado.

Hoy no existe un mercado para la producción de pequeña escala. No pueden competir con las cadenas globales, pero sí podrían abastecer a sus comunidades y regiones si se recrean condiciones de intercambio adecuadas.

La clave es simple: que los pobres consuman lo que producen los propios pobres.

En conjunto pueden integrar una canasta amplia, suficiente: alimentos, calzado, ropa, materiales de construcción, muebles, enseres domésticos. No es una economía de carencia, sino una economía distinta. No dependiente del exterior, sino basada en sus propias capacidades. 

El cierre o la amenaza sobre el estrecho de Ormuz es una advertencia. Nos muestra hasta qué punto dependemos de un sistema vulnerable. Frente a ello, urge construir defensas.

No a partir de grandes inversiones tecnológicas, sino reactivando lo que ya existe y está paralizado.

La demanda está ahí. Más del 80 por ciento de las familias recibe algún tipo de transferencia social. Ese flujo de recursos puede convertirse en un detonador productivo si se orienta adecuadamente.

Una posibilidad es expandir y reorganizar la red de tiendas Diconsa–Bienestar como un sistema de comercialización de productos locales, regionales y nacionales. Que esas compras activen producción, empleo e ingresos.

Pero con una lógica clara: que quienes venden dentro del sistema también consuman dentro de él. Es decir, construir un circuito de intercambio donde los pobres compren lo que otros pobres producen.

Vender lo que hoy es invendible en otros mercados requiere un compromiso. La participación sería voluntaria. Quien pueda vender en dólares, que lo haga. Quien pueda vender en pesos, también.

Para quienes han quedado fuera del mercado nacional globalizado, se abriría una nueva opción. No sustituye lo existente: lo complementa y amplía las posibilidades reales de elección.

Hoy sobra producción invendible: zapatos, ropa, muebles, artesanías, alimentos. A cada pobre, a cada productor histórico, convencional, le sobra algo… y le falta todo lo demás. No falta capacidad. Falta mercado.

Se trata de reconsiderar a los pobres como productivos y no como dependientes. De construir una alianza entre Estado y pequeños productores que transforme a millones de consumidores pasivos en productores-consumidores. Es una solución económica y social que requiere una transición gradual y delicada, pero que a la vez ofrece un importante premio político. El cambio de una base social de consumidores a una plataforma mucho más potente de productores consumidores

Es un paso hacia una mayor capacidad del Estado para orientar el desarrollo de una economía donde convivan lo público, lo social y lo privado. En un contexto de creciente desorden del mercado global, esto deja de ser una opción ideológica para convertirse en una necesidad de soberanía y supervivencia.

No es una solución total. Pero en un mundo que enfrenta límites cada vez más evidentes, puede ser la más realista. Porque si algo deja claro la crisis global es esto: una economía que no produce lo que consume, tarde o temprano deja de sostenerse.

Y entonces, la consigna deja de ser provocación para convertirse en necesidad: ¡que produzcan los pobres!

 

Jorge Faljo

@JorgeFaljo