Cuando Fidel Castro logró triunfar y comenzó a gobernar Cuba, lo hizo inspirado por las demandas de la gente ante la explotación, injusticias y desigualdad de la que fueron víctimas las y los cubanos bajo el dominio de un sistema capitalista basado en los abusos impulsado por el gobierno de Estados Unidos. Por ello aglutinó simpatías inmediatas en todo el mundo, en especial en América Latina.
Su lucha ante la máxima potencia se volvió épica, pero también épico ha sido el fracaso del castrismo al dejar al pueblo que tanto defendió, en la miseria. Aunque el embargo impuesto a la isla tras la nacionalización de las empresas privadas ha contribuido enormemente al poco progreso, el daño fue más profundo por la subsistencia de una dictadura auspiciada por fracasados proyectos político-ideológicos como los de la Unión Soviética, que se encargaron de oxigenar a la isla para tener un frente de amenaza hacia Estados Unidos.
Hoy, todo apunta a que el régimen dictatorial está llegando a sus horas finales porque la gente vive al límite, y si no fuera por la represión y la brava escasez de todo, desde hace años ya hubieran echado abajo, y desde las calles, una dictadura familiar, que desde siempre se ha escondido en el discursos y propaganda ideológica del comunismo.
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Al igual que encanecieron las barbas de sus líderes, mal y tarde, después de 67 años la Revolución Cubana se convirtió en algo peor de por lo que lucharon. La dictadura ciega, prefirió seguir dependiendo de otros países para no fenecer, en lugar de abrirse hacia una democracia que le permitiera tener una sociedad desarrollada.
Ahora, adentrados ya en el siglo XXI, uno de los pueblos más pobres y humillados del mundo es Cuba. Su sociedad se prostituye, improvisa en sus destartaladas cocinas y vehículos, desertan en competiciones deportivas, y se lanzan a alta mar para llegar a costas de México o de Miami. Hartos del castrismo, el cual se ha anidado en el ostracismo bajo un proyecto político acostumbrado a echarle la culpa a los demás.
Acostumbrados a vivir de lo que les regalan sus aliados como China, Rusia y México, por ejemplo, éstos, desde hace tiempo transitaron a modelos económicos basados en el capitalismo (exportaciones e importaciones, propiedad privada e inversiones extranjeras), mientras que Cuba se fue pervirtiendo por una élite política.
Bajo este contexto, poca valía tienen los jóvenes y no tan jóvenes que juegan a ser revolucionarios y que, lanzados a altamar en embarcaciones protegidas, se vuelven caricaturas al querer emular lo que hizo el Che y Fidel cuando zarparon desde Tuxpan, Veracruz, realmente a cambiar la historia. Pero estos activistas y políticos que regresarán a sus camas de seda, después de dormir en hoteles 5 estrellas de La Habana, no recogen la verdadera represión del pueblo cubano, solo retratan las aventuras en sus redes sociales, y en modo cool entonan guantanamera.
Visualizan mal, que, dentro de sus panfletarios discursos y consignas, sólo están alimentando el ego de una dictadura criminal, y que, sin investigar, documentar y escuchar las voces de los millones de disidentes cubanos, prefieren acurrucarse en los brazos de los dictadores y paradójicamente gritar “Viva Cuba libre”.
Esos jóvenes manipulados, en lugar de visitar las comunidades cubanas profundas y dolidas, salieron a pasear en autos eléctricos, disfrutar de cómodas recepciones y sostener entrevistas a modo para complacer sus sueños de ser señoritos revolucionarios, cuando la lógica revolucionaria en serio, es la de derrocar dictaduras por un lado, exigir que el mundo democrático se imponga, y al mismo tiempo, que la política estadounidense deje de imponer sus condiciones y su embargo termine de una vez por todas, un combo irresistible en tres partes, para un cambio real.
