CAMBIO CLIMÁTICO

La ciudad bajo el agua: señales del cambio climático

Las inundaciones no son un escenario apocalíptico ni la venganza de Tláloc por haber desecado su lago, son la muestra inaplazable del daño que estamos creando a la naturaleza. | Cristopher Ballinas

Escrito en OPINIÓN el

Las lluvias torrenciales que han azotado a la Ciudad de México en las últimas semanas no son simples anomalías meteorológicas. Son señales claras de una transformación climática que ya está en marcha. Los medios las han descrito como “atípicas”, “inusuales” o “históricas”, y no sin razón: una de estas inundaciones superó por mucho aquella registrada en los años cincuenta, cuando varios barrios permanecieron sumergidos durante más de tres meses. Hoy, quienes habitamos zonas vulnerables reconocemos que los puntos de inundación aunque son los mismos de siempre, la intensidad de las lluvias ha escalado a niveles dramáticos. La naturaleza, como siempre, reclama sus espacios.

Más allá de la urgente discusión sobre infraestructura obsoleta, la gestión de residuos o el hecho de que esta ciudad fue construida sobre el lecho de un lago, lo que estamos presenciando es una manifestación directa del cambio climático. No es una predicción futura, es una realidad presente. El aumento de eventos extremos —inundaciones, sequías, olas de calor— es parte de una tendencia global que, según el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), responde al incremento de la temperatura provocado por la actividad humana. Este fenómeno no solo afecta la infraestructura, sino también la economía, la agricultura y la vida cotidiana. Los costos de adaptación y mitigación podrían representar un porcentaje significativo del PIB de cada nación, y alcanzar cifras multimillonarias.

Ante esta realidad, es urgente que las ciudades —donde vive más del 56% de la población mundial— asuman un papel activo en la mitigación del cambio climático. Los gobiernos deben, aunque no se puede renovar toda la infraestructura de forma inmediata, incorporar en sus presupuestos los costos asociados a la adaptación, especialmente en rubros como agua, drenaje y saneamiento; y comenzar a rediseñar toda la infraestructura de la ciudad con base en escenarios climáticos más extremos. Las precipitaciones serán más intensas, y la resiliencia urbana debe estar a la altura.

Además, es fundamental reconocer que las ciudades deben construirse bajo estándares que prioricen espacios verdes y sostenibles. El desarrollo urbano no debe medirse por la cantidad de edificios, sino por su armonía con el entorno y su capacidad de mejorar el bienestar comunitario. También debe reconocerse el papel del suelo y la vegetación en la regulación del agua. Las tecnologías de pavimentación deben adaptarse al tipo de suelo, permitiendo la absorción y reduciendo el daño ambiental. Esto implica reducir el impacto ambiental y fomentar ciudades más humanas y resilientes.

Las inundaciones no son un escenario apocalíptico ni la venganza de Tláloc por haber desecado su lago. Son la muestra inaplazable del daño que estamos creando a la naturaleza, y nos obligan a planear para escenarios devastadores futuros, con visión, responsabilidad y urgencia. Reconocer nuestra vulnerabilidad es el primer paso para fortalecer nuestra resiliencia. No podemos detener la lluvia, pero sí podemos decidir cómo enfrentamos su impacto.

Cristopher Ballinas

@crisballinas