La IV Conferencia Mundial de 1995 en Beijing marcó un cambio en la agenda de las mujeres al transitar de la demanda a ser incorporadas al desarrollo con acceso a la educación, la salud, el trabajo, las viviendas y la tierra a exigir un cambio en las relaciones de poder y a ser incluidas con igualdad en los ámbitos de toma de decisiones políticas, económicas, sociales y culturales y en los contextos familiares.
Al reconocer que su condición se originaba en relaciones inequitativas de poder, base de lo que empezó a conocerse como perspectiva de género, exigieron que sus derechos se consideraran como derechos humanos y que se respetaran sus derechos reproductivos y sexuales.
Hace treinta años colaboré con Gloria Brasdefer, secretaria técnica del Comité Preparatorio, en el proceso que llevó a México a participar en la Conferencia. Con Aída González de la Secretaría de Relaciones Exteriores y Manuel Urbina del Consejo Nacional de Población decidimos formar once grupos de trabajo integrados por académicas, servidoras públicas y activistas de las organizaciones no gubernamentales (ONG). Convocamos a una reflexión en campos que nunca habían sido analizados como las mujeres en el deporte, la cultura y el arte, el acceso al poder o la situación de las mujeres jóvenes y de los pueblos originarios.
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Las once comisiones se volvieron espacios de encuentro, diálogo y construcción de consensos que quedaron plasmados en once cuadernillos que sirvieron de base para fijar la posición de México frente a doce áreas de preocupación definidas por Naciones Unidas para la Plataforma de Acción en trabajos que se venían realizando desde 1991.
A la delegación fueron integradas mujeres de los diversos partidos políticos y del empresariado. No se encontró quién representara al sector obrero. Por exigencia del Vaticano el Gobierno incorporó a dos representantes, una de las cuales se dedicó a desinformar a la prensa en México en contra de la actuación de la delegación.
Para los miembros del servicio exterior fue difícil aceptar que las activistas ciudadanas tuvieran voz y participaran en la Delegación, pero fue gracias a su profesionalismo, especialmente de la embajadora Olga Pellicer, que México firmó la Declaración y la Plataforma de Acción de la Conferencia pues las presiones del Vaticano hicieron que muchos países de América Latina no lo hicieran.
Me tocó participar y argumentar en favor de la valoración del aporte de las mujeres al bienestar y al desarrollo a través del trabajo doméstico y de cuidados. Logramos que se incluyera en la Plataforma y a partir de entonces se hacen estimaciones de ese aporte en el sistema de cuentas nacionales.
La IV Conferencia fue un parteaguas en la historia de los avances hacia la igualdad y el adelanto de las mujeres. La Plataforma para la Acción sigue siendo un documento visionario y vigente, en su concreción, sin embargo, hay claroscuros y enormes diferencias entre países y sectores sociales.
Esperemos que con el triunfo de Trump y los avances de la ultraderecha en el mundo no entremos a una ola de retrocesos en esos avances con el rechazo de la agenda DEI de diversidad, equidad e inclusión.