«Alegrémonos, hoy ha nacido nuestro Salvador. No puede haber lugar para la tristeza cuando acaba de nacer la vida…». Con estas palabras de San León Magno, pronunciadas en el siglo V, entramos en el corazón de la festividad más profunda del mundo cristiano.
El 24 de diciembre es Nochebuena y el 25 Navidad. Lo que celebramos, en esencia, es el nacimiento de la vida como dijo León Magno en el siglo quinto. Sin embargo, esta solemnidad que hoy nos parece tan natural —con sus luces, pinos, piñatas, belenes, santa clauses [sic] y reuniones— no nació de un día para otro. Fue una construcción paciente que se tejió a lo largo de los siglos, mezclando la fe, la política y la eterna necesidad humana de encontrar luz en medio de la oscuridad.
Crónica de una tradición: sombras y luces
La Navidad que conocemos es un mosaico de culturas. Los Reyes Magos, por ejemplo, habitan más en nuestro imaginario que en el propio papel; el evangelista Mateo nos habla de unos misteriosos 'magos de Oriente' que siguieron una estrella, pero nunca nos asegura que fueran tres, ni mucho menos que portaran coronas. Esa imagen del trío de monarcas —con sus nombres, sus edades y sus distintos colores de piel— es en realidad un hermoso regalo de la tradición humana, que necesitó ponerle rostro y cercanía al misterio para que nadie, en ningún rincón del mundo, se sintiera excluido de la historia
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El Árbol, por su parte, nos conecta con los bosques del norte de Europa. Los antiguos germanos creían en el Yggdrasil, el fresno cósmico de la mitología nórdica que conecta los Nueve Mundos de la creación, siendo el eje central del universo y símbolo de vida, conocimiento y destino. Cuenta la leyenda que, hacia el siglo VIII, San Bonifacio desafió a los antiguos cultos germanos derribando el roble de Thor (o de Odín, según la tradición popular) en Geismar. En su lugar, el misionero señaló a un pequeño abeto como el árbol de la vida; su forma triangular recordaba la Trinidad y su verdor perenne la promesa de la eternidad. Aquellas manzanas que los paganos colgaban, y que hoy son esferas, nos recuerdan la caída, mientras que las luces siguen guiándonos en la noche.
El primer árbol de Navidad, decorado tal como lo conocemos en la actualidad, se vio en Alemania en 1605, a Finlandia llegó en 1800, a España en 1870, y en el Castillo de Windsor –en Inglaterra- se vio por primera vez en 1841, de la mano del Príncipe Alberto, el esposo de la Reina Victoria, y la tradición de colocarlo en la Plaza de San Pedro comenzó en 1982, durante el pontificado de Juan Pablo II.
Si el Árbol es germánico, el Nacimiento es puramente latino. Se lo debemos a la sensibilidad de San Francisco de Asís, quien en la Nochebuena de 1223, en una cueva de Greccio, Italia, montó el primer belén de la historia con animales reales. Cuentan que la escena fue tan emotiva que los asistentes sintieron una presencia divina en el lugar.
Poco después llegaron los villancicos, que originalmente eran coplas populares de las "villas" que contaban crónicas cotidianas, hasta que el paso de los siglos los volvió exclusivamente religiosos, un villancico popular que me encanta es la de los peces en el río, y la mejor versión es de Lhasa de Sela.
Incluso Santa Claus tiene una raíz humana: San Nicolás de Bari, un obispo turco del siglo IV famoso por su generosidad extrema hacia los niños y los necesitados. Su imagen roja y robusta, globalizada por la publicidad en 1931, oculta a un hombre que dedicó su vida a la justicia social. El siglo VI, el emperador Justiniano construyó una Iglesia en Constantinopla en su honor, y se hizo popular en todo el cristianismo, En el corazón de la Cd de México hay un templo dedicado en su honor (Izazaga y Pino Suárez).
¿Nació Jesús un 25 de diciembre?
La respuesta es no. En los primeros tiempos del cristianismo, la festividad cristiana más importante era la Pascua, es decir, la resurrección de Jesucristo al tercer día de su crucifixión. De hecho festejar un nacimiento era visto como algo "pagano", pero hacia el año 345 cuando el Papa Julio I tomó una decisión estratégica: fijó el 25 de diciembre como fecha oficial de la Navidad. Con ello no buscaba exactitud histórica, sino cristianizar el Natalis Solis Invicti (el Sol Invicto) que los romanos celebraban en el solsticio. No es una coincidencia: los mayas y casi todas las culturas antiguas celebraban en estas fechas el retorno de la luz.
Aunque los evangelios sugieren que Jesús nació bajo el reinado de Herodes (quien murió en el 4 a.C.) y probablemente no en invierno —pues los pastores no habrían tenido a sus rebaños a la intemperie en el gélido diciembre de Judea—, la Navidad no vive de datos exactos, sino de significados, lo verdaderamente trascendente no es el calendario, sino el contenido teológico que rescatamos de los evangelios de Mateo y Lucas, e incluso de los fascinantes relatos apócrifos. Son textos que nos regalan imágenes eternas como la anunciación, el pesebre, la estrella de Oriente y la huida a Egipto.
Lucas, en una narración que ofrece pistas sobre el año 4 a.C. (como se anota en la versión Reina Valera 1995), relata el empadronamiento que obligó a José a subir de Galilea, desde Nazaret, hasta la ciudad de David llamada Belén. Iba con María, su mujer, quien estaba encinta. Dice el texto sagrado:
“Aconteció que estando ellos allí, se le cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón”.
La crónica bíblica añade que había pastores en la región vigilando sus rebaños cuando un ángel les anunció: “No teman… porque hoy ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor”. El cielo se pobló de huestes celestiales que cantaban:
“Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz,
buena voluntad para con los hombres”.
¡Esa parte de Lucas dice todo!
¡Ah! y precisemos que en el portal de Belén no habías asnos, mulas ni bueyes. Pero eso poco importa. Así nació la tradición que hoy vive en nuestros hogares, recordándonos que, más allá de las fechas, lo que celebramos es la esperanza que vuelve a nacer.
¡Feliz Navidad y un esperanzador año 2026 para todos!
PD. Como un regalo visual, les sugiero contemplar la «Adoración de los Pastores» de Giorgione (c. 1506). En esta obra de la Galería Nacional de Arte de Washington, el Niño aparece a la entrada de una cueva, mientras el paisaje y los rostros de María y José se funden en una atmósfera de reverencia absoluta. Es la mejor forma de insertar lo humano en el misterio de lo divino.
PD2. A veces, el destino es inexplicablemente cruel con quienes deciden hacer del servicio su razón de ser. Lo que sucedió en esa bahía de Texas no era un vuelo de rutina. Era un puente de esperanza tendido entre Mérida y Galveston. A bordo del Beechcraft de nuestra Armada, ocho corazones latían con un solo objetivo: arrebatar a un niño de las secuelas del fuego. Más allá de las cajas negras y los reportes técnicos que vendrán, nos queda el eco de su generosidad. Detrás de los uniformes y los cargos, hay sillas vacías y familias que hoy buscan consuelo.
PD3. Me parte el alma que Carlos Mejía Godoy —cuya música nos hizo soñar con la libertad— viva hoy en el exilio. O que la enorme Gioconda Belli sea "apátrida" por decreto de sus antiguos compañeros. La libertad no tiene dueños, y Nicaragua hoy es el búnker de un clan familiar. Exigimos una Navidad sin presos políticos. Un abrazo enorme a todos los despatriados. Su patria somos nosotros.
