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Mecánica del Tiempo

Nada ni nadie se salva de los estragos del tiempo. | Jafet R. Cortés

Escrito en OPINIÓN el

Engranes girando, unos con otros, haciendo que la maquinaria funcione, que los momentos sucedan, fundiéndose en el tiempo. Musicalizan la vida, al mismo tiempo la condenan. Vaya trabajo, vaya desgaste que produce aquel movimiento indetenible y coordinado. Cada sonido y repiqueteo de las manecillas es producto de aquel esfuerzo que les esclaviza antes de nacer. La certeza, aquellos engranes autómatas no pueden detenerse, en realidad no pueden decidir al respecto; la pregunta, no sé si lo hacen por costumbre, por la inercia misma del momento o por utilidad pública.

Nosotros sentimos de alguna forma aquel desplazamiento del tiempo, lo vivimos distinto dependiendo de cómo lo vivamos. El gozo sirve como mecanismo para hacer que las manecillas giren despacio, prolongando la vida útil de los instantes, empujando el pensamiento hacia la nostalgia y la desesperación cuando nos damos cuenta de que, en algún momento, todo termina; mientras que el aburrimiento convierte el tiempo en una tortura, volcándonos a correr en círculos mientras descendemos sobre un mismo punto, provocando aquel deseo de que el futuro redoble el paso para terminar con la condena pronto.

Al tiempo le es indiferente nuestra existencia, de forma transversal pasa y transforma todo, nosotros sólo interpretamos aquella parte que nos toca vivir a través de nuestros sentidos, mientras nuestra existencia se termina sin que podamos hacer algo para evitarlo.

 

Inevitable

Nada ni nadie se salva de los estragos del tiempo. Siempre quedan ahí, entre óxido, arrugas y cicatrices, señas de caducidad, consecuencias de ese camino que transitamos mientras nos volvemos polvo y nos juntamos con el demás polvo que se formó antes de nosotros.

Hay materiales, estructuras, individuos y ciertas ideas que duran más de lo habitual, que trascienden, siendo excepciones a la regla general sobre la mecánica del tiempo: todo lo que se desgasta tiende al olvido.

El tiempo avanza, aunque no queramos; el tiempo avanza mientras se va contrayendo sobre nosotros, por más que nos aferremos, nuestra condición mortal así lo dispone; el tiempo avanza y seguirá haciéndolo aún sin nosotros.

 

La moneda más valiosa

Lo que no vuelve, debería tener un precio mayor que el resto. Por ello el tiempo se consagra como la moneda de cambio más costosa de todas; más que el oro, la plata o el papel impreso con muñequitos pintados. Una moneda que no vuelve a nosotros cuando la consumimos, debería hacernos conscientes del cuidado sobre las decisiones que tomamos sobre su disposición.

De lo anterior sabían muy bien los Hombres Grises descritos por Michale Ende en Momo, aquellos personajes trajeados, que fumaban cigarrillos extraños, hechos del tiempo que les quitaban a los humanos que habían dejado de ser niños.

La receta para despojar a las personas mayores de su tiempo era muy sencilla, tanto, que sigue practicándose en la actualidad, intercambiar tiempo por dinero, de tal forma que la jornada de trabajo sea tan extenuante que no puedan ni siquiera utilizar ese dinero, por no tener tiempo para hacerlo; disponiendo aquellas horas sobrantes para dormir y quizás ver redes sociales. Así, sutilmente, aquellos adultos intercambiarían algo indispensable, por algo que quizás necesitaban, pero que terminan adquiriendo a un precio excesivamente costoso.

 

Tiempo perdido

El tiempo diluido vale relativamente menos. Ya no son horas completas las que disponemos, sino minutos a medias, que no nos sirve de mucho, no nos alcanzan para mucho. Exprimimos cada milésima de segundo que queda y ese poco tiempo útil, lo consumimos como cigarrillos a bordo del transporte público, atorados en el tráfico o navegando por internet; murmurando sobre la gente, o peor aún, sobre la vida de la gente; peleando con nosotros mismos o con los demás, motivados por el absurdo; procrastinando en la oscuridad de la casa, desmotivados, huyendo de nuestras responsabilidades; lo consumimos sumidos en alguna adicción, que reaccionan de manera volátil ante a aquellos extraños cigarrillos de tiempo, provocando que se consuman a una velocidad en ocasiones incalculable.

 

Jafet R. Cortés

@JAFETcs