MARCHA EN DEFENSA DEL INE

La oposición se manifiesta

Habrá que esperar para ver cuáles son los frutos de la semilla cuyo primer brote vimos en la organización por la defensa del INE, en la marcha del 13 de noviembre. | Fausta Gantús

Escrito en OPINIÓN el

Lo que hizo particular al año 1892 en México fue la presencia en las calles de la capital de la oposición política organizada en contra de la reelección presidencial. Expresiones de apoyo, solidaridad y festejo en favor de Porfirio Díaz y su gobierno fueron comunes a lo largo de todas sus administraciones: desde los desfiles para felicitarlo por su cumpleaños hasta las manifestaciones para solicitar o promocionar su reelección, pasando por las procesiones para celebrar cada nuevo triunfo del presidente en las urnas. Se trataba, decía la prensa oficial y oficialista, claro está, de marchas multitudinarias organizadas por el pueblo a las que las personas asistían espontáneamente. Eran, opinaba la prensa crítica, congregaciones de acarreados a la que se veían forzados a asistir desde empleados de las instituciones nacionales y municipales hasta obreros obligados por sus patrones y pobres y marginales que asistían estimulados por las monedas con las que se les retribuiría.

En 1892 jóvenes estudiantes asociados con obreros y artesanos y apoyados por algunos periodistas decidieron manifestarse políticamente frente a la nueva reelección de Díaz. Con su presencia en las calles querían hacer patente su descontento con la continuidad del “hombre necesario”, como lo llamaban sus aduladores, y mostrar que había una parte de la ciudadanía que quería un cambio. Para hacerlo tuvieron que vencer miedos porque la última expresión de descontento público, la protesta en contra del reconocimiento de la deuda inglesa habida en 1885, había sido reprimida duramente por las autoridades, llevando a algunos de sus cabecillas a la cárcel. Tuvieron que aventurarse, porque sospechaban que eran espiados por la policía secreta y sabían que las autoridades tratarían por todos los medios de obstaculizar su organización. Tuvieron que enfrentar la falta de recursos económicos que las movilizaciones implicaban valiéndose de su ingenio y poniendo de su propio peculio, así como buscando apoyo entre aquellas personas que contaban con ellos y que también estaban cansadas de que el usufructo del poder estuviera confiscado por los porfiristas pero que no se atrevían a expresarlo públicamente. De igual manera, tuvieron que desafiar a la campaña de ataques públicos orquestada desde las más altas esferas del poder y aterrizada en los impresos afines al gobierno en contra de su causa y de sus personas. Y tuvieron que arriesgarse porque su movimiento podía quedarse en la expresión de unos pocos y la derrota suponía no solo su desprestigio sino, especialmente, supondría un triunfo de los oficialistas y su fortalecimiento.

Finalmente, tras semanas de reuniones para organizar la manifestación, el 15 de mayo tomaron el espacio público y a su convocatoria respondieron alrededor de 10,000 ciudadanos que llenaron las calles y las avenidas desde el Panteón de San Fernando hasta Palacio Nacional. Y 10,000 personas eran muchas para la época, porque la ciudad entera rondaba en los 200,000. Lo cierto es que el gobierno no se esperó una respuesta tan nutrida y contundente. Lo cierto es que el porfirismo sintió tambalear el suelo bajo sus pies porque por primera vez en más de tres lustros la disputa política no estaba más al interior de su partido y sus grupos. Lo cierto es que menospreciaron el poder del argumento que alentaba el movimiento y que había sido el mismo que los llevara al poder en 1876-1877: no reelección. Lo cierto es que, finalmente, el gobierno tuvo que ver que existía una población pensante y actuante que estaba en franco desacuerdo con sus políticas, sus estrategias y sus métodos.

Para contrarrestar los efectos del movimiento opositor a la reelección y mostrar su músculo político, los porfiristas organizaron una contramarcha al día siguiente, el 16 de mayo, supuestamente encabezada también por estudiantes y obreros que demandaban la continuidad de Díaz y convocada por el Club Progresista. Lo antirreeleccionistas eran unos novatos en aquellas lides y algunos de ellos cayeron en la franca provocación que representaba esta movilización y tuvieron lugar algunos enfrentamientos entre pro y anti reeleccionistas lo que sirvió de pretexto a las autoridades para encarcelar a varios de los últimos, especialmente a sus dirigentes, y acabar de esta manera con el movimiento de protesta. Díaz y sus partidarios triunfaron en aquel momento, pero la semilla del descontento estaba sembrada y había mostrado sus primeros brotes.

En 2022 un movimiento de oposición al control gubernamental sobre la institución electoral (INE) a través de una reforma promovida por el ejecutivo, cristalizó en una marcha realizada en la Ciudad de México el 13 de noviembre que fue atacada, desacreditada, deslegitimada y menospreciada durante semanas por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador y sus partidarios morenistas. Pero, como en aquel lejano 1892, el poder de respuesta y el nivel de participación sobrepasó las expectativas de todos y todas, inclusive de quienes convocaban y más de medio millón de personas inundaron las calles y avenidas de Ciudad de México desde el Ángel de la Independencia hasta el Monumento a la Revolución, mientras la gobernadora de la capital, Claudia Sheimbaum, andaba en campaña adelantada en Tuxpan, Veracruz, y el presidente López celebraba su cumpleaños en “La Chingada”, su rancho en Tabasco. Marchas varias tuvieron lugar al mismo tiempo en las capitales de casi todos los estados de la República, con mayores y menores afluencias, pero con la presencia del descontento pintando las calles de todo el país de blanco y rosa (en alusión a los colores del logotipo del INE). 

Para contrarrestar el efecto de la movilización en favor del INE y mostrar su músculo político el propio presidente López Obrador convocó a una marcha para el domingo 27 de noviembre, adelantando para ello su informe anual de gobierno y con la finalidad de que la gente expresara su satisfacción con su administración: una marcha de autoproclamación. La realización obligó a la transportación de “seguidores” desde todas partes del país –lo que muy probablemente se cargó al erario público– para poder garantizar la concentración masiva. Supuso la “espontánea” participación de empleados y empleadas de la burocracia gubernamental de todos los niveles de gobierno, la participación de secretarios/as de Estado, gobernadores/as y sus séquitos estatales para nutrir sus contingentes, senadore/as y diputados/as nacionales y locales morenistas. La asistencia de integrantes de las Fuerza Armadas y la Guardia Nacional, la representación de organizaciones y sindicatos y un largo etcétera que hicieron de la marcha un desfile, en aquel momento, cuasi militar y una especie de procesión de gremios. Con todo ello, apenas se logró duplicar, si acaso, la participación alcanzada en la marcha de protesta del 13 de noviembre.

Las contramarchas de 1892 y 2022 sirvieron para aliviar el orgullo presidencial herido, para poco más. La marcha oposicionista de 1892 significó el despertar de una sociedad que no dejó ya de expresar de diferentes formas su descontento. Habrá que esperar para ver cuáles son los frutos de la semilla cuyo primer brote vimos en la organización por la defensa del INE. Al tiempo.

Si les interesa saber más sobre el movimiento de 1892 pueden consultar el libro “La toma de las calles. Movilización social frente a la campaña presidencial. Ciudad de México, 1892”, en acceso público aquí.

* Fausta Gantús

Escritora. Profesora e Investigadora del Instituto Mora (CONACYT). Especialista en historia política, electoral, de la prensa y de las imágenes en Ciudad de México y en Campeche. Autora del libro “Caricatura y poder político. Crítica, censura y represión en la Ciudad de México, 1867-1888”. Coautora de “La toma de las calles. Movilización social frente a la campaña presidencial. Ciudad de México, 1892”. Ha coordinado trabajos sobre prensa, varias obras sobre las elecciones en el México del siglo XIX y de cuestiones políticas siendo el más reciente el libro “El miedo, la más política de las pasiones”. En lo que toca la creación literaria es autora de “Herencias. Habitar la mirada/Miradas habitadas” (2020) y más recientemente del poemario “Dos Tiempos” (2022).