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El futbol como patria compartida: apuntes entre México y Etiopía

En Etiopía, el futbol también ocupa conversaciones, organiza emociones colectivas y crea comunidad en medio de las dificultades. | Isaías G. Noguez

Créditos: Isaías G. Noguez
Escrito en OPINIÓN el

Addis Abeba, Etiopía. El futbol sigue siendo una lengua compartida entre personas que, en teoría, viven mundos completamente distintos.

Hay recuerdos que explican mucho más de lo que uno entiende en el momento en que ocurren. Para mí, uno de ellos es el Mundial de Futbol de 1990. Lo vi desde un municipio de la periferia de la Ciudad de México, en un entorno donde salir del barrio ya parecía una aventura lejana y donde imaginar otros países dependía casi por completo de lo que alcanzábamos a ver en televisión. Sin embargo, durante unas semanas, aquellas imágenes de estadios llenos, himnos, banderas y partidos transmitidos desde Italia hicieron que el mundo pareciera más cercano.

El futbol fue, para muchos de nosotros, una primera ventana hacia afuera. No solo era un deporte. Era conversación de barrio, convivencia familiar, pertenencia. En comunidades marcadas por limitaciones económicas y riesgos sociales, también representaba disciplina, identidad y una forma de ocupar el tiempo lejos de otros caminos posibles. 

Había algo profundamente igualador en el futbol de aquellos años: bastaba una botella de plástico rellena de piedras o papel, cualquier objeto que se pareciera mínimamente a un balón, para transformar una calle de terracería o una esquina cualquiera en una cancha improvisada donde, por un momento, importaba menos quién eras o cuánto tenías.

Con el paso de los años entendí que aquella relación con el futbol no era exclusivamente mexicana. Hoy, viviendo en África, he encontrado elementos sorprendentemente familiares en la manera en que este deporte atraviesa la vida cotidiana de la gente.

En Etiopía, el futbol también ocupa conversaciones, organiza emociones colectivas y crea comunidad en medio de las dificultades. En un país donde millones de jóvenes enfrentan desafíos económicos, incertidumbre social y oportunidades limitadas, el deporte funciona muchas veces como un espacio de esperanza tangible. No necesariamente porque todos sueñen con convertirse en futbolistas profesionales, sino porque el futbol ofrece algo más profundo: pertenencia, propósito y la posibilidad de imaginar otro futuro.

Foto: Isaías G. Noguez

Hay escenas aquí que inevitablemente me devuelven a mi propia infancia. Jóvenes jugando en terrenos improvisados, camisetas de futbol gastadas por el uso, discusiones interminables sobre la Premier League, grupos enteros reunidos frente a una pantalla habilitada comunitariamente para seguir cada fin de semana los partidos de la liga inglesa. Cambian el idioma, la geografía y las circunstancias, pero la emoción es reconocible. El futbol sigue siendo una lengua compartida entre personas que, en teoría, vivimos mundos completamente distintos.

Quizá por eso una de las experiencias más significativas de estos dos años en Etiopía surgió precisamente alrededor de una cancha. Poco después de mi llegada a suelo africano conocí a Héctor Pérez, un joven mexicano y exfutbolista, y a su esposa Kristin Stäub, integrante del servicio diplomático alemán trabajando en este país. Lo que comenzó como una amistad construida alrededor del futbol terminó convirtiéndose en una de las experiencias humanas más enriquecedoras de mi estancia en Etiopía

Gracias a ellos tuve la oportunidad de acompañar uno de los proyectos más auténticos y esperanzadores que he presenciado desde mi llegada al continente: la creación de Three Points Academy, una academia orientada a abrir oportunidades para jóvenes etíopes a través del deporte.

Recuerdo especialmente las primeras jornadas de reclutamiento realizadas en septiembre de 2024. Decenas de adolescentes llegaron con lo poco que tenían: algunos usando sandalias, otros con zapatos varias tallas más grandes y varios más con calzado de béisbol porque simplemente nunca habían tenido tacos de futbol. Pero todos compartían algo imposible de ignorar: ilusión.

Había jóvenes de entre trece y quince años que habían viajado durante horas únicamente para tener unos minutos frente a Héctor y entrenadores etíopes. Muchos llegaban sin uniforme, sin alimentación adecuada y prácticamente sin equipación deportiva. Sin embargo, corrían cada balón con una intensidad difícil de explicar. En sus rostros había algo más que ambición deportiva. Había dignidad, deseo de pertenecer y una enorme necesidad de creer en algo.

Meses después, algunos de esos jóvenes ya forman parte de equipos de primera división local. Otros participaron en el proceso clasificatorio rumbo al Mundial Sub-17. El pasado 23 de mayo estuvieron a un paso de conseguirlo, quedando eliminados en penales. La derrota dolió profundamente (nos dolió) porque detrás de esos noventa minutos había mucho más que futbol: estaban las expectativas de familias enteras, comunidades y jóvenes que han encontrado en el deporte una posibilidad concreta de transformación.

Esa experiencia me hizo recordar algo fundamental: el futbol puede ser un negocio multimillonario, pero antes que eso sigue siendo una herramienta social de enorme poder. Lo es en México y también en Etiopía.

Hace apenas unos días volví a comprobarlo de otra manera. Tras la victoria del título del Arsenal en la Premier League, Addis Abeba vivió una ola de festejos poco habitual para una sociedad generalmente más reservada en el espacio público. Las calles se llenaron de jóvenes celebrando, cantando y ondeando camisetas como si el triunfo les perteneciera personalmente. Y, en cierta forma, sí les pertenecía.

Resultaba imposible no observar el fenómeno con interés. En un país atravesado por tensiones internas y preocupaciones cotidianas muy profundas, el futbol consiguió generar durante unas horas algo escaso y valioso: alegría colectiva compartida. Una sensación de comunidad espontánea difícil de construir desde otros espacios sociales.

Criticamos, con razón, la dimensión comercial y los intereses económicos desproporcionados que rodean al futbol moderno. Todo eso existe. Pero reducir el futbol únicamente a negocio sería ignorar su enorme capital humano y social.

Porque mientras el futbol mueve millones de dólares en algunos lugares del planeta, en otros sigue moviendo algo todavía más importante: esperanza.

Sería ingenuo pensar que el futbol puede resolver los grandes desafíos de nuestro tiempo. Pero precisamente por ello vale la pena reconocer el valor de aquellos espacios que, aunque sea por un momento, logran reunir a personas de distintos orígenes alrededor de una ilusión compartida. En tiempos de creciente polarización e incertidumbre, esa capacidad de encuentro no es un asunto menor.

En unos días comenzará una nueva edición de la Copa Mundial de Futbol que tendrá a México por tercera vez como sede (junto con Canadá y Estados Unidos). Para muchos países, el torneo será un espectáculo deportivo y económico. Pero para millones de personas alrededor del mundo, como aquel niño mexicano que vio el Mundial de 1990 desde la distancia, o como los adolescentes etíopes que hoy entrenan con zapatos prestados, el futbol seguirá representando algo mucho más profundo: la posibilidad de sentirse parte del mundo.

Quizá ahí radica su verdadera fuerza. En su capacidad para conectar realidades distintas, construir comunidad y recordarnos que, incluso en contextos adversos, todavía existen espacios capaces de reunir a las personas alrededor de una ilusión compartida.

 

Isaías G. Noguez

 @IsaiasNoguez