CRIMEN ORGANIZADO

Médicos Sin Fronteras identifica a 4,500 personas víctimas de violencia extrema en México

La organización Médicos Sin Fronteras ha identificado alrededor de 4,500 personas víctimas de violencia moderada a extrema en el país y ha atendido a cientos de ellas en uno de sus Centros de Atención Integral

Créditos: Foto: Raúl Estrella
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La violencia es implacable. La mente y el cuerpo de quienes han sobrevivido a agresiones extremas de grupos criminales permanecen en alerta y enfrentan ansiedad persistente, sobresaltos ante cualquier ruido, noches quebradas por ataques de pánico, crisis emocionales, brotes psicóticos, convulsiones, desmayos, episodios de agitación y, en algunos casos, hasta impulsos suicidas.

El mundo sigue su curso, pero para ellos continuar, día tras día, es un desgaste del que solo es posible salir con ayuda. Así lo cuentan Marcos y Moisés, dos hombres que sobrevivieron a actos de tortura, abuso sexual y otro tipo de violencias a manos del crimen.

No se conocen, pero los une un destino que en México se ha vuelto constante: el de un país atravesado por el poder criminal, cuya crudeza rebasa incluso las metáforas del infierno. Hoy ambos lograron rehacer sus vidas, alejados de lo que duele.

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Foto: Raúl Estrella

“Pensé que nunca iba a volver a ver a mis hijos”

Moisés fue privado de la libertad, sometido a amenazas constantes y a un control basado en el miedo. Como otros jóvenes, fue forzado a obedecer, a callar, a sobrevivir en un entorno donde un mínimo acto se pagaba con golpes o con la muerte.

Cuando se llevaron a Moisés y a otras dos personas. Los encerraron. Les vendaron los ojos. Durante días o semanas, no lo sabe con exactitud, porque el tiempo se volvió confuso, los obligaron a hacer algunos trabajos, cargar y descargar mercancía, excavar zanjas o cortar maleza en caminos, algunas veces de noche. Recuerda que hicieron una construcción improvisada, luego los llevaron a una casa en Jalapa.

“A las mujeres las separaban, como nos vendaban los ojos, nos amarraban de lo pies y manos no podíamos ver dónde las llevaban, a veces nos cambiaban, a veces nos dejaban días en una casa, se oían los gritos, casi siempre”, recuerda.  No levanta la mirada, se aprieta las manos se las lleva a la cara, se le quiebra la voz, suspira, se agarra la cara, sus ojos se vuelven acuosos. Llora.

A él lo llevaron al cerro a una especie de campamento, eligieron a algunos que nunca volvieron a ver, luego, de nuevo, a una casa donde había más personas, la mayoría migrantes. Les preguntaban una y otra vez si tenían dinero, si tenían familia que pagara por ellos. Les decían que les iban a matar a sus hijos, hijas, esposas, hermanas. De pronto se llevaban a algunos y decían que los trasladaban a otros estados. Nadie sabía si regresaban.

Un día después de golpearlo con una pala a la que le habían hecho varias perforaciones lo tiraron en una carretera. Moisés pensó que lo iban a matar. “Ver a mis hijos una última vez, yo recé mucho lo que me enseñó mi mamá, le dije a Dios eso porque pensé que no los iba volver a ver”.

Cuando lo dejaron ir iba sin zapatos, con un pantalón deportivo que no era suyo. Se lo habían dado; estaba manchado de sangre, orinado, sucio. Su cuerpo seguía hinchado. Caminó durante unas dos horas. Nadie se detenía. Nadie lo levantaba.

Hasta que alguien lo hizo. Ese hombre lo dejó en Puebla. Desde ahí pidió dinero para volver a su casa.

“Yo creí que me iban a matar”, dice. Años después, todavía tiene pesadillas. Todavía mira hacia todos lados cuando va solo por la calle, tiene insomio, hipertensión, estrés postraumático, pero con terapia puede disfrutar de la vida. Hoy trabaja como ayudante de cocinero y tiene 4 nietos a quienes cuida. Él tuvo que tomar terapia privada porque no sabía que algunas organizaciones trabajan con estos temas. Actualmente no acude a ningún centro de ayuda. 

Foto: Raúl Estrella

Más allá de sobrevivir, brindar apoyo médico, psicológico y social

La organización Médicos Sin Fronteras cuenta con un Centro de Atención Integral (CAI) que recibe a personas en tránsito, personas atrapadas en México y a quienes han sobrevivido a violencia extrema, tratos crueles, inhumanos y tortura. La atención es multidisciplinaria: médica, psicológica y social. El objetivo no es solo sobrevivir, sino recuperar la funcionalidad básica para seguir viviendo.

En el primer trimestre de 2025, el CAI proporcionó 485 consultas individuales de salud mental, un aumento del 36 por ciento respecto al trimestre anterior. En 2024, el centro brindó entre 300 y 350 consultas por trimestre. Durante 2025, casi la mitad de los diagnósticos correspondieron a trastorno de estrés postraumático (48%), seguido de depresión (39%), estrés agudo (7%), además de ansiedad y duelos vinculados a violencia severa.

Médicos Sin Fronteras ha identificado alrededor de 4,500 personas víctimas de violencia moderada a extrema en el país. De ellas, 186 fueron admitidas al CAI para tratamiento integral, algunas han logrado recuperarse. El centro atiende hoy a alrededor de  50 pacientes, la atención es especializada y prolongada: suele durar entre tres y seis meses.

Secuestro, amenazas, tortura, abuso sexual, trata, reclutamiento forzado, desplazamiento interno. Son los casos que llegan.

“El tiempo aquí se detiene”, describe una integrante del equipo. Es un oasis, un lugar seguro, una cueva donde esconderse del monstruo.

Una mujer teje con paciencia, sus dedos ordenando los hilos como los fragmentos de su historia, mientras otra la observa y conversa en voz baja. Cerca, un par de niños corren y juegan, su energía llena el espacio que contrastan con los ecos del pasillo. Por el tipo de pacientes que aquí se atienden y para evitar que alguno se sienta inseguro, quienes están de visita hombres y mujeres deben portar chalecos identificables.

Foto: Raúl Estrella

En una de las paredes, un mural recién pintado refleja la voz de quienes habitan el centro; los propios pacientes decidieron qué querían ver, transformando la pared en un mural de memoria y esperanza.

Pero no siempre hay calma. Una de las sicólogoas confiesa que también hay crisis de llanto, colapsos ante una mala noticia, llamadas nocturnas que no admiten espera. Hay convulsiones. Gritos. Personas que llegan directamente de una situación de tortura y obligan a activar protocolos médicos y de seguridad para evitar una revictimización.

De la pesadilla a la esperanza: una nueva vida en Canadá

Marco Antonio intentó quitarse la vida dos veces. Después del periplo brutal que vivió en México, no encontraba salida. No encontraba a las personas adecuadas. No encontraba escucha. “No encontraba una solución”, dice. El miedo era constante. La violencia no se iba. Miraba a todos lados. Dormía poco. Vivía atrapado en lo que el llama una pesadilla.

Marco es ecuatoriano. En su país es odontólogo. En México, además de la violencia y el abuso sexual que lo llevó a huir, vivió extorsión en Chiapas. Llegó al Centro de Atención Integral de Médicos Sin Fronteras cuando ya no podía más.

“Con ellos pude expresarme libremente”, dice. “Ser honesto. Sentí respeto por mi historia”. La voz se le quiebra, se detiene unos segundos y sigue.

La recuperación no fue rápida. Fue constante. Larga. Paso a paso. Dormir volvió a ser posible. El miedo empezó a ceder. “Al llegar aquí sentía tranquilidad”, dice. “Me sentía seguro. Ahora puedo decir que me siento muy tranquilo”.

Foto: Raúl Estrella

Gracias al acompañamiento, Marcos accedió a un proceso de reasentamiento en Canadá. Ahí, dice, la vida fue distinta. “Nos dieron respeto. Se nos abrieron muchas puertas”. Hoy estudia y trabaja en dos empleos: construcción y limpieza en hotelería. Aprovecha lo que llama una oportunidad única.

“No están solos”, repite. “No tienen que callar. No quedarse con el temor, con el miedo, con la represalia. Se puede salir adelante”

Sobrevivir, insiste, es posible. Pero no en soledad.

Son violencias tan inhumanas que exceden la imaginación: MSF

Karina Castañeda es psicóloga en el CAI lleva varioso años dando consultas aquí. Confiesa que escucha historias que —dice— exceden la imaginación. Historias que obligan a cuestionarse de qué es capaz la humanidad.

“Ha sido muy retador”, reconoce. “Son violencias tan crueles, tan inhumanas, que a veces yo también necesito acompañamiento para poder lidiar con todo lo que escucho”.

El trabajo se articula en equipo. Ninguna atención es aislada. La violencia deja heridas físicas, psicológicas y sociales. La persona es vista como un todo. Cuando los síntomas son severos, cuando alguien no duerme más de dos horas durante meses, la terapia no basta. Entran la medicina y, si es necesario, la psiquiatría. El trabajo social conecta con redes legales, migratorias y de protección.

El CAI atiende sobrevivientes de tortura, trata, reclutamiento forzado, violencia sexual, desplazamiento interno y, recientemente, a familiares de personas desaparecidas y mujeres víctimas de feminicidio. Muchos casos ocurren en países de origen. Otros, durante la ruta migratoria.

“La revictimización puede hacer tanto daño como la violencia misma”, advierte Karina. Condicionar la atención a una denuncia, exigir documentos, juzgar o presionar para hablar antes de estar listo, levanta barreras que expulsan a las personas del sistema. “Pedir ayuda no es debilidad”, dice. “Es valentía”.

Karina sabe que el miedo también alcanza a quienes acompañan. Algunos casos ocurren en el mismo país donde trabajan. El riesgo existe. La contención del equipo es clave. La colectividad sostiene.

Lo más impactante, añade, no es solo la violencia. Es la resiliencia. Ver cómo, con el tiempo, las historias dejan de girar únicamente en torno al horror y comienzan a incluir sueños, metas, planes.

“Que no están solos”, repite Karina. “Que lo que vivieron importa. Que lo que sienten importa. Y que no tienen que cargarlo solos”.

El acompañamiento, la atención, pueden marcar una diferencia. No borran lo ocurrido ni cierran las heridas, pero restituyen lo más esencial para seguir: la esperanza de una vida posible, sin miedo y sin violencia.

 

lrc