Francisco duerme sobre una silla metálica en la sala de espera número 4 de la Central de Autobuses del Norte, en la Ciudad de México. Estira las piernas sobre un costal blanco marcado con su nombre y el número 204006029. Lleva más de 30 horas esperando un camión rumbo a Guadalajara, pero los bloqueos carreteros tras la muerte de “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), han prolongado —una vez más— su regreso a Colima, el estado que dejó hace 20 años para migrar a Estados Unidos.
Llegó a la capital el domingo 22 de febrero a las 10 de la mañana, tras ser deportad y después de un trayecto de 29 horas desde Matamoros, Tamaulipas. A las once compró su boleto a Guadalajara sin saber que, en ese mismo momento, se llevaba a cabo el operativo en el que sería abatido “El Mencho”.
Minutos después le informaron que su viaje había sido cancelado. Desde entonces duerme y descansa en la misma sala. La noche del domingo la pasó entre el piso y las bancas. Compró una manta negra en una tienda de regalos de la terminal por 250 pesos para protegerse del frío.
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En su costal blanco, con la leyenda “Not pulling up in system”, guarda una muda de ropa y unas botas de trabajo.
El documento que le entregaron autoridades mexicanas al cruzar por el puente en Matamoros acredita su recepción como mexicano repatriado. La constancia señala que llegó a las 20:36 horas del viernes 20 de febrero. Ese mismo día recibió la tarjeta Bienestar Paisano, un apoyo de 2 mil pesos del programa México te abraza, dinero con el que compró su cobija negra.
“Me detuvo la policía por mi color de piel y me deportaron”
Francisco tiene 40 años y es originario de Tecomán, Colima. Se fue a Estados Unidos a los 19 y vivió 21 años en el estado de Washington. Trabajó primero en el campo y después en la construcción.
“Pasé la mitad de mi vida allá”, dice en entrevista. Trabajaba en Spokane, cerca de Seattle.
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A finales de enero, hace poco más de un mes, una patrulla lo detuvo cuando se dirigía a su trabajo en Othello. No conducía: iba como pasajero en la camioneta de un compañero.
“Nos paró un policía normal. Yo tenía mi permiso de trabajo vigente, tenía todo bien”, afirma. Según su relato, el agente revisó las placas y le preguntó si era ciudadano estadounidense.
“Le dije que estaba en proceso desde hace mucho, que creía que no había problema. Y me dijo: ‘Si no eres ciudadano americano, ahorita los estamos llevando a todos al juez. Tenemos orden de detener a todos los que no sean ciudadanos’”.
Francisco asegura que no le levantaron infracción ni le señalaron un delito.
“A nosotros nos pararon solamente por el color de piel o por las placas”, sostiene.
Tras unos minutos, el agente llamó a oficiales del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas. “Ellos ya son como ICE porque te están deteniendo sin tener ni un motivo”, dice.
Fue trasladado a un centro de detención cerca de Seattle y después a instalaciones conocidas como “hieleras” en Arizona y Luisiana. Permaneció detenido alrededor de cinco semanas.
Durante ese tiempo, afirma, no vio “a un abogado ni a un juez”. “Es como un castigo por ser ilegal”, dice.
Cansado, en Luisiana decidió no continuar litigando su caso.
“Ya estaba cansado de tantos años. Le dije al juez que no quería quitarle su tiempo, que sabía que no me iban a dar nada y pedí mi deportación”. El 18 de febrero aceptó la deportación. Al día siguiente fue trasladado en avión a El Paso y luego en autobús a Matamoros.
“En esa garita sacan como trescientos diarios”, asegura sobre el cruce fronterizo.
“No es el país que dejé”
En Matamoros permaneció un día. Recibió alimentos, un apoyo económico y un boleto de autobús hacia la Ciudad de México: 29 horas de trayecto.
Su plan era viajar a Guadalajara y después tomar otro autobús a Colima. Pero cuando compró el boleto el domingo por la mañana no sabía que las carreteras comenzarían a cerrarse por los bloqueos.
“Llegué a la taquilla y me dijeron que salía un camión a las 11, pero al final no lo dejaron salir y es hora que no han decidido nada. Están esperando que les den permiso”, explica.
A su alrededor, otros pasajeros esperan noticias. Algunos solicitaron devoluciones. Francisco se limita a esperar.
“Ya estoy acostumbrado al maltrato. Nomás esperar para irnos”, dice cuando se le pregunta qué siente tras haber sido detenido en Estados Unidos y ahora quedar varado en su país.
En Washington dejó a sus hijos, Francisco y Génesis, de 19 y 14 años. También un automóvil y la vida que construyó durante dos décadas.
Cuando habla de ellos, la voz se le quiebra.
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“Casi todo era para darles mejor vida a mis hijos”, dice.
Ahora planea buscar trabajo en Puerto Vallarta, Colima o Manzanillo. Tenía una compañía de construcción en Estados Unidos y quiere seguir en el oficio. También habla de pescar y salir de cacería.
Al recordar el Colima de su juventud, dice que salía de los bailes o de las plazas de toros a las dos de la mañana y regresaba caminando sin que nadie lo molestara. “No es el México que dejé”, afirma.
Por ahora, Francisco sigue en la sala de espera. Se cubre con la manta negra. Espera que se reanuden las corridas para tomar el camino de regreso a su estado, luego de 21 años de haberse ido.
