LA RIVIERA MAYA

Cancún: “Turismo de terror”

Cancún como escenario de un “noir” a plena luz: turismo de lujo, narco y corrupción conviven tras el paraíso caribeño; la expansión hotelera global oculta exclusión social, violencia y una red de poder que conecta la Riviera Maya con capitales del primer mundo

Cancún: “Turismo de terror”
Cancún: “Turismo de terror”Créditos: Cuartoscuro | Ilustrativa
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Sunshine noir en la Riviera Maya. El nirvana caribeño de sol, playa, palmeras esbeltas e interminables bucles de “despacito, despacito suavesuavecito” de Luis Fonsi en la piscina del hotel siempre ha escondido una siniestra cara oscura. De modo que para vuelos a paraí­sos perdidos como la Riviera Maya recomendamos alguna novela del género sunshine noir, tal vez de la escuela de Florida. Tourist Season (Temporada turística) de Carl Hiaasen, por ejemplo, donde un esquiador acuático tropieza con una maleta flotando en el canal de Key Biscayne, en la que se encuentra el cadáver sin piernas de BD Sparky Harper, el presidente de la cámara de comercio de Miami. Hiaasen es el maestro de la ironía cómic, pero lo cierto es que el noir de Miami es mucho más oscuro que la vieja variedad de novela negra californiana de escritores como Raymond Chandler o Dashiell Hammett. En el relato policiaco de Florida “los asesinatos se cometen a plena luz del día”, la “cocaína fluye sin parar” y “la corrupción tiene una cualidad tercermundista", según Adam Gopnik en su artículo "In the Back Cabana", en The New Yorker.

Esto, seguramente, tiene que ver con la pretensión de Miami de ser la capital de América Latina. Pero, como pronto comprobare­mos, si lo que se busca es la oscuridad total y absoluta del género negro, ni Florida ni Los Ángeles pueden competir con el verdadero “tercer mundo” que nos espera en la otra orilla del golfo de México. Allí las historias son mil veces más retorcidas y macabras que cualquier imitación estadounidense.

Esto se comprueba en el mismo aeropuerto internacional de Cancún, en obras para añadir 73 000 metros cuadrados más a la terminal. Al desembarcar, el turista puede pedir información al policía que sujeta una enorme ametralladora FX­05 Xiuhcóatl en la salida del aeropuerto, pero, si lo hace, tiene que considerar una posibilidad en absoluto reconfortante: este representante de la fuerza de la ley y el orden es posible que trabaje en sus horas extra con el cártel de Sinaloa o el de Jalisco Nueva Generación, las organiza­ciones delictivas que siembran el terror a lo largo de la Riviera maya.

La infiltración de los narcos en todos los niveles de la administración pública y las fuerzas armadas es un hecho consumado, como iremos comprobando en nuestro recorrido por la península de Yucatán. Nadie se salva, ni los militares que gestionan la construcción del Tren Maya al otro lado de la Riviera, el proyecto predilecto del expresidente López Obrador. Por eso, en nuestro emergente género de “Cancún noir”, la sombra llega mucho más lejos. Sumerge en tinieblas el skyline de flamantes rascacielos que se extienden hacia el norte de la ciudad. Para contar lo que ocurre aquí no valdrá el estilo desenfadado de Hiaasen. Habrá que adoptar un tono más sombrío. Es más, publicarlo no será fácil. Porque aquellas fuerzas oscuras que nunca se perfilan con claridad hasta el desenlace de la novela negra no se encuentran en los escondites de narcomafias en Cancún o la Ciudad de México, sino en Toronto, Orlando, Barcelona, Palma de Mallorca y Madrid, las sedes corporativas del “primer mundo”. Costa Mujeres, la nueva frontera hotelera al norte de la metrópolis turística en la Riviera Maya, cuenta con un nuevo Planet Hollywood de capital canadiense y botones vestidos de Darth Vader. Se ha levantado al lado de los dos resorts de la multinacional mallorquina RIU, el Dunamar y el Palace. Son los palacios del nuevo modelo turístico de lujo “todo incluido” —donde el turista vive como una celebridad durante cinco noches de su vida— y también de “todo excluido”: espacio prohibido —al menos fuera de la jornada laboral— para los habitantes del traspatio de infraviviendas, que se encuentra más adentro, al otro lado de la carretera que conduce al sur, por los parques temáticos de Xcaret hacia Tulum y la frontera con Belice. Hacinados en departamentos diminutos de calor asfixiante residen los trabajadores auxiliares del turismo de la Riviera: camareros de sonrisa obligatoria, técnicos que arreglan con llave inglesa el jacuzzi o el Mayan spa, empleadas de limpieza enjutas, de tan escasa estatura que parecen niñas cuando levantan a duras penas las pesadas almohadas kingsize super confort. Son casi todos migrantes del interior, muchos de ellos mayas, atraídos por el imán turístico sin darse cuenta del peligro que este esconde.

En el hotel RIU, jóvenes estadounidenses ya enfundados en bermudas con tenis Johnnie­O y calcetines Calvin Klein toman margaritas azucaradas al lado de la piscina en forma de riñón. Luego bajarán al mar atravesando una playa de dunas pisoteadas, que sería dispuesta en el folleto del RIU para el disfrute exclusivo del huésped de no ser porque la Constitución mexicana prohíbe las playas privadas. Medio kilómetro más abajo, en el hotel Catalonia, se encuentra la playa más codiciada de la costa, “una joya secreta para el disfrute de nuestros huéspedes”, según el folleto.

Aquí no se puede entrar sin uno de esos brazaletes coloridos, antes motivo de vergüenza para el turista de pedigrí y ahora un accesorio de estatus para complementar el bolso Hermès. Para los turistas que buscan aún más mimos, Costa Mujeres ofrece los servicios de wellness del Palladium, inmueble de la dinastía multimillonaria mallorquina del exalcalde franquista de Ibiza, Abel Matutes, o del Excellence, con su oferta de “experiencias de lujo inolvidables en un oasis deslumbrante”.

Esta costa virgen de la llamada Isla Blanca es la última conquista de las grandes marcas hoteleras españolas en Cancún, pioneras de la transformación de la pantanosa península de Yucatán —con unos cientos de habitantes— en un destino para 12 millones de turistas al año y en auge. Antes de la pandemia registraba subidas anuales de 50% el número de visitantes que recorren la Riviera Maya tal vez para hundir sus chancletas Havaianas en dunas jamás pisadas, tal vez para casarse en una ceremonia maya en el hotel Moon Palace o participar en un místico rave con servicios de asesoramiento espiritual chamánico o budista y acceso fácil a drogas alucinógenas en Tulum. Ya en la postpandemia, tras recuperar la normalidad suicida de los años anteriores, el crecimiento era aún mayor. Todo eso es la herencia, en algún sentido, de Manuel Fraga, aquel malhumorado ministro del Generalísimo español, amigo del citado Abel Matutes, que ideó en los años sesenta del siglo pasado el proyecto de desarrollo que apostaría por el turismo de sol y sangría como el único motor económico para las costas y las islas españolas. Los tecnócratas del Partido de la Revolución Institucional (PRI), una dictadura más sutil que la de Franco, en busca de fuentes de crecimiento para una economía emergente, pero privada de divisas, decidieron traer la idea al Caribe mexicano y concretamente a los manglares de Quintana Roo. “El modelo era Torremolinos y funcionó”, me resumió telegráficamente Francisco Madrid, gurú de turismo y gastronomía en la Universidad Anáhuac, sin añadir una definición precisa del verbo funcionar. Los rascacielos del sun, sand and sex se levantaron vertiginosamente, y los sospechosos habituales del turismo inmobiliario en el viejo mundo, muchos de ellos curtidos en la destrucción vandálica de la costa española, buscaron el apoyo o la vista gorda de los políticos locales en Quintana Roo, al igual que habían hecho con los hombres de Fraga.

Andy Robinson, autor de Turismo de terror, publicado por Grijalbo

“Al principio tuvimos un máximo de 20 000 habitaciones y una restricción de altura de siete plantas. Pero eso duró muy poco debido a la corrupción. Así que fuimos a 10 plantas; luego dimos un brinco grande cuando la cadena española RIU puso 14 en sus hoteles, sin obstáculos, gracias a unas dudosas intervenciones políticas”, dijo Francisco.

Eran sobornos pequeñitos que no hacían daño a nadie, según se disculpaban los empresarios hoteleros españoles, muchos de ellos feligreses asiduos del Opus Dei. Pero pronto aquellos tipos con cara de pocos amigos empezaron a verse en la zona hotelera, merodeando por las obras debajo de las grúas y en las sombras de los nuevos palacios de ocio aún en construcción.

Más al norte del RIU y el Planet Hollywood, en medio de enormes dunas todavía intactas, donde las tortugas de mar aún tienen preferencia a los racers todo terreno, una cuadrilla de jóvenes trabajadores —albañiles, electricistas, fontaneros—, jóvenes de tez morena y miradas desconfiadas, trabaja a contrarreloj para terminar la última promoción turística. Migrantes de Chiapas, Tabasco, Guerrero o Yucatán se desplazan todos los días a Costa Mujeres desde las ciudades­dormitorio, apartamentos minúsculos que se esconden detrás de la hilera de rascacielos que tapan las vistas al mar.

Andy Robinson, autor de Turismo de terror, publicado por Grijalbo

La jornada será larga. Hay prisa por terminar después del parón de la pandemia, aunque Cancún jamás se cerró del todo gracias a la vista gorda del presidente mexicano consciente de que el turismo es una monocultura en estas partes y el hambre es peor que el contagio. Cuanto más trabajo, mejor para los trabajadores que deben mandar dinero a sus familias campesinas en el interior. No tienen muchas ganas de hablar. Algunos esconden la cara tras los visores de las descosidas gorras de beisbol. Otros se alejan. En otros lugares de México, la desconfianza antes habitual ante los periodistas ha dado paso a una voluntad de colaborar. Pero estos trabajadores, obviamente, no se fían.

Esto tiene una explicación fácil. Pese a ser los más excluidos de todos, conocedores íntimos de la pobreza más absoluta, estos migrantes son los nuevos blancos de la extorsión narcotraficante. La delincuencia organizada en el estado de Quintana Roo no desaprovecha ninguna oportunidad de negocio para complementar la venta de drogas y el blanqueo de dinero en el sector inmobiliario de la Riviera Maya. Ni los condenados de la tierra se libran. Estos jóvenes trabajadores, desamparados y lejos de casa, son presa fácil de los matones y sicarios. Pueden ser amedrentados y chantajeados con el fin de cobrarles el derecho de piso de 25 dólares al mes. O, como fuente alternativa de ingresos para los narcos, forzarles a comprar marihuana a precio inflado para luego venderla en los bares nocturnos de la zona hotelera. En cualquiera de los dos casos, negarse a cooperar supone una paliza con una tabla. Negarse dos veces es jugarse la vida.

VGB