El mes pasado aumenté un grupo más en WhatsApp a mi larga lista de espacios de conversación digital. Un grupo especial para dar cobijo a los hermanos, hermanas y sobrinos que quisieran hablar del mundial, sin importunar a los futbolfóbicos o simplemente agnósticos del fútbol en nuestro chat familiar. Un fenómeno que se manifestó muy pronto en este club de aficionados, y que después comprobé que abarcaba a miles de personas en el país, fue que muchos empezaron a expresar una abierta y marcada animadversión contra la selección argentina. No se hablaba de las habilidades de los jugadores, de la belleza de las jugadas o de la emoción deportiva, sino que se empezó a consolidar, sobre todo en las redes sociales, la narrativa de que Argentina estaba siendo sistemáticamente favorecida por la FIFA, por los árbitros o por intereses económicos. Cada decisión polémica parecía confirmarlo. Cada penalti, cada expulsión, cada jugada discutible se convertía en una prueba más de una conspiración que muchos daban por evidente. Incluso escenas fuera de cancha (muchas veces editadas o fabricadas) lo confirmaban: “Messi que pasa sin saludar”, “Infantino que no aplaude el gol de España”. Lo que discuto aquí no es la veracidad o falsedad de cada uno de los hechos, sino el abrumador coro que afirmaba todo como verdadero sin la menor comprobación. Lo más interesante es que, probablemente, millones de personas en otros países estaban viendo exactamente el mismo torneo y llegando a conclusiones distintas.
¿Cómo puede ocurrir algo así? Una respuesta rápida y ya muy estudiada, apunta a los algoritmos de las redes sociales. Plataformas como Facebook, X, TikTok o Instagram aprenden qué contenidos captan nuestra atención y nos muestran más de lo mismo. México tiene, en fútbol, algunas cuentas pendientes con Argentina (casi siempre nos ganan, qué se le va a hacer). Es el punto de partida, para interactuar con el primer contenido que habla en contra de los albicelestes (“¡Albicelestes dijiste! mira nada más, desde el apodo les aflora lo pretensiosos”) Si interactuamos con ese contenido pronto aparecerán otros diez similares. Si damos "me gusta" a publicaciones que denuncian supuestos favoritismos, el algoritmo concluirá que ese es el contenido que queremos consumir. Poco a poco dejamos de ver perspectivas distintas y comenzamos a habitar una realidad hecha a nuestra medida.
Pero los algoritmos no inventaron este problema, aunque lo amplifican. Los seres humanos no somos observadores imparciales de la realidad. Tendemos a buscar la información que confirma lo que ya creemos y a ignorar aquella que lo contradice. Los psicólogos llaman a este fenómeno sesgo de confirmación. Una vez que adoptamos una hipótesis —"Argentina está siendo favorecida"— nuestra mente empieza a trabajar, casi sin que nos demos cuenta, como un abogado que reúne pruebas para defender su caso, no como un juez que busca comprender los hechos.
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A este sesgo se suman muchos otros: damos más peso a los acontecimientos que recordamos con facilidad, interpretamos las acciones de quienes consideramos "los nuestros" con indulgencia y las de "los otros" con severidad, confundimos coincidencias con patrones y convertimos casos aislados en reglas generales. Desde luego que eso aumenta si nos reunimos con aquellos que comparten esta visión de la realidad, permanecemos en sus grupos de WhatsApp, reproducimos sus memes.
El problema es que casi nunca recibimos una educación para reconocer estos mecanismos. Aprendemos matemáticas, historia o lengua, pero rara vez aprendemos a desconfiar de nuestras propias intuiciones. Mal aprendemos a argumentar, pero mucho menos se nos enseña a identificar cuándo un argumento nos convence simplemente porque confirma nuestras preferencias. Defendemos el derecho de todos a tener opiniones propias y se nos hace creer que todas las opiniones son válidas, cuando tendríamos que saber reconocer a las razones que las sostienen y desmontar las opiniones que se derrumban por falta de cimientos.
Estamos viviendo en un mundo muy polarizado. Cada vez más, vemos a los países divididos entre dos ideas políticas totalmente divergentes, como lo confirman las últimas elecciones en Colombia y Perú. Puede ser que la polarización que caracteriza a nuestro tiempo no nazca únicamente de las diferencias ideológicas (ni futbolísticas), sino de nuestra dificultad para compartir una misma realidad, diferente a la que cada quien se ha construido.
Las redes sociales utilizan el algoritmo que polariza porque quieren vender permanentemente. No les interesa educar a ciudadanos críticos, sino a consumidores compulsivos; adictos a las mismas redes y a lo que venden quienes las utilizan como herramienta. Nunca una red social nos va a sugerir, por ejemplo: “yo sé que estás buscando videos de Bad Bunny, pero te sugiero esta serie de videos de Jazz alternativo para que amplíes tus gustos musicales”. Los políticos utilizan las redes sociales para presentar sus opciones precisamente como caminos irreconciliables donde el adversario político es siempre la vía más directa al apocalipsis.
Julia Galef habla de la mentalidad de soldado -cuando nuestro objetivo es defender nuestras creencias a toda costa- o la mentalidad de explorador -cuando lo que queremos es comprender la realidad, aunque contradiga nuestras ideas previas-. El soldado busca argumentos que respalden lo que ya cree y rechaza las evidencias contrarias y ve las opiniones distintas como amenazas que hay que combatir. El explorador busca la verdad, antes que tener razón, dispuesto a cambiar de opinión, cuando la evidencia lo demuestra, aunque esté por encima de las preferencias.
Uno de los mayores desafíos de nuestra época puede ser aprender a utilizar mejor la inteligencia artificial y las redes sociales, pero más allá de eso, es desarrollar habilidades de pensamiento intelectualmente abiertas y críticas que nos lleve a preguntarnos sistemáticamente: ¿qué podría hacernos cambiar de opinión, qué información estamos dejando fuera y hasta qué punto nuestras convicciones descansan en los hechos o en nuestros propios sesgos? Es aprender a encontrar la verdad en un mundo que no es bipolar (como aparece en las redes) sino que se nos aparece, irremediablemente, como un hermosa gama de matices, sin bordes definidos.
