Antes de que existieran títulos para los libros en el sentido moderno, las publicaciones se identificaban por sus primeras palabras en latín, llamadas incipit ("comienza"). Las encíclicas y otros documentos pontificios mantienen esta tradición. De tal manera que el autor de cada encíclica tiene que pensar muy bien en las primeras palabras del documento, para que éstas capturen, de alguna manera, el asunto que se quiere tratar. Magnífica Humanidad, son las palabras que escogió León XIV para su primera encíclica, lo cual dice mucho sobre el centro de su mensaje, porque más que hablar de la tecnología en sí, se trata de resaltar la grandeza de la humanidad frente a cualquier absolutización de la técnica.
El Papa eligió el nombre "León" y publica ahora su primera encíclica exactamente en el aniversario de Rerum Novarum, (De las Cosas Nuevas). Es una señal bastante explícita de que quiere situarse en la tradición de la doctrina social inaugurada por León XIII, aunque trasladando la preocupación desde la revolución industrial del siglo XIX hacia la revolución digital y la inteligencia artificial del siglo XXI.
Aunque el tema de la tecnología podría ser abordado desde una perspectiva de moral individual, el Papa elige claramente la dimensión social, abriendo el documento con un recorrido completo de la historia de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) y sus principios. Y estos serán el rasero con el que analizará los peligros de la Inteligencia Artificial, lo que no solo inscribe a su encíclica en el corpus de la DSI, sino que ofrece criterios que me parecen muy esclarecedores. El bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia social, son para el Papa, los caminos para “custodiar a la persona humana en el tiempo de la IA”, como lo fueron frente a los desafíos de la Rerum Novarum en las postrimerías del siglo XIX.
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El bien común no es la suma de los méritos y logros individuales, sino “el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros al logro más pleno y fácil de la propia perfección” (Vaticano II). Es una ilusión, dice el Papa, pensar que se puede buscar el progreso de todos buscando solo el progreso propio. En ese sentido, pensar que una desbocada carreta tecnológica entre particulares nos va a llevar naturalmente a la mejora de las condiciones de vida de todos es una ilusión. Si el desarrollo tecnológico no es compartido, puede construir brechas cada vez mayores. Y esto se vincula al concepto del destino universal de los bienes. Este es un principio más antiguo que las primeras encíclicas sociales: «Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno». En consecuencia, no es conforme con el designio de Dios, usar este don de modo tal que sus beneficios favorezcan sólo a unos pocos” nos dice el Papa citando a Juan Pablo II. En las primeras encíclicas sociales se utilizó este principio para dar pistas sobre el problema de la propiedad privada. Históricamente la Iglesia ha visto con buenos ojos la propiedad privada (individual y colectiva) pero no como un derecho absoluto, sino sujeto al principio del destino universal de los bienes. Respecto a la propiedad de la tecnología, los datos, la inteligencia artificial, los avances científicos, no pueden rehuir el principio del destino universal de los bienes. No pueden ser propiedad de unos cuantos sin tener responsabilidad sobre las inmensas mayorías que no tienen acceso a ellos.
La subsidiariedad es un principio que afirma que aquello que puedan hacer las personas, familias o grupos de la sociedad civil, cuerpos intermedios, no debe ser suplantado por instancias superiores (el estado o entes particulares grandes) La subsidiariedad exige que las decisiones que afectan a las personas y a la sociedad se tomen con la mayor participación de esta. En el contexto de la revolución digital el nivel superior no es el estado, dice León XIV, sino “todo gran actor económico y tecnológico que ejerce un poder fáctico sobre las condiciones de la vida común” esas empresas deciden todas las reglas del juego, concentran información que puede dar o quitar oportunidades económicas y que define incluso aspectos vinculados a la idea de verdad o mentira. La subsidiariedad implica que esas decisiones no se tomen de forma opaca, sino transparente y que se generan condiciones reales de participación (auditorías independientes) y transparencia en los algoritmos que las manejan.
La solidaridad es la conciencia de interdependencia, nadie se salva solo, y al mismo tiempo es la responsabilidad que emana de esa conciencia. La justicia social, como principio, es la idea de que estamos llamados a construir un orden social, político y económico en el que todos puedan acceder a una vida digna. En el ambiente creado por las tecnologías digitales se ha ido cambiando el modo de informarnos, de comunicarnos, de aprender, de acceder a servicios. La justicia exige “que se impida el surgimiento de nuevas formas de exclusión y privación de la libertad: personas y pueblos a los que se les niega o dificulta el acceso a las tecnologías básicas, comunidades expuestas a vigilancia invasiva y grupos sociales perjudicados por algoritmos opacos que reproducen prejuicios y discriminaciones”
Las nuevas tecnologías y las IA en particular no son enemigos por sí mismos, pero tampoco son neutrales. Son producidos y controlados por grupos y personas y uno de los mayores riesgos es que estos no están sujetos a ningún control y no podemos garantizar que su desarrollo nos lleve a sociedades más justas y humanas. En línea con el papa Francisco, León XIV expresa la preocupación de que las nuevas tecnologías, sacralizadas, aumenten las brechas entre países pobres y ricos y fortalezcan un sistema hipercapitalista global que considera a cada vez más segmentos de la población como descartables, o utilizables para ser “mejorados” a través de su hibridación tecnológica. Frente a esto, el punto de partida es reconocer la grandeza de nuestra naturaleza humana.
