OPINIÓN

Quién cuida mientras trabajamos

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Escrito en GUANAJUATO el

Un dato duro: si le asignamos un valor al tiempo que las personas en México dedican a labores de cuidado (atender al abuelo, cuidar a la persona enferma, ver por los hijos) lo que tendríamos que pagar en sueldos es equivalente al 24.4% del PIB. El dato nos lo ofreció Mónica Orozco, investigadora del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY), en la presentación del informe “Movilidad Social y Cuidados” un vínculo inseparable”.

Hay una historia —atribuida a la antropóloga Margaret Mead, aunque no del todo comprobada— que dice que el primer signo de civilización no fue una herramienta, ni el fuego, ni la escritura, sino un fémur humano roto y luego sanado. En condiciones naturales, una fractura así inmoviliza. Y alguien solo no sobrevive. Ese hueso sanado implicaría que alguien se quedó, que alguien sostuvo, que alguien cuidó. No sabemos si Mead realmente dijo esto (“si no lo dijo, lo pensó” diría el clásico). Pero, en cualquier caso, la antropología sí ha documentado que, desde tiempos muy antiguos, los seres humanos hemos sobrevivido no sólo por competir, sino por cooperar y cuidar. Si eso es así, entonces el cuidado no es un añadido moral ni un gesto opcional, es un componente básico de lo humano.

Y, sin embargo, cuando miramos nuestras sociedades —y particularmente contextos como Guanajuato—, vemos que el cuidado existe, pero es desigual, está invisibilizado y sobrecargado sobre todo en mujeres. Se vive además de forma muy diferente según los estratos sociales. Los cuidados se privatizan cuando no hay instituciones y mecanismos sociales que respondan ante esta necesidad.

En sociedades más amplias ya no hay una tribu que se reparta los cuidados de sus miembros dependientes de forma natural. Ante contextos complejos se requieren respuestas más estructuradas, sistemas que puedan garantizar que las personas que requieran cuidados estén atendidas. Si esto falta, la necesidad es cubierta por las personas que culturalmente están “obligadas” a desempeñar esa labor, lo que hace que este trabajo recaiga inequitativamente en las mujeres.

Las mujeres destinan, en promedio, tres veces más tiempo que los hombres a tareas de cuidado. Esta "pobreza de tiempo" les impide participar plenamente en el mercado laboral formal, limitando sus ingresos y su acceso a la seguridad social. En el mismo Foro, la diputada Patricia Mercado comentó que México es uno de los países con más alta participación política de las mujeres, pero con pocos avances en la independencia económica: son las mujeres las que más entran al trabajo informal sin prestaciones, porque sólo así pueden combinar el trabajo con las obligaciones de cuidado. Esto coincide con los datos del CEEY: La brecha salarial entre hombres y mujeres aumenta en un 20% cuando la mujer tiene que realizar labores de cuidado. "Sin un Sistema Nacional de Cuidados, la movilidad social en México seguirá estancada: el 74% de quienes nacen en la base de la pirámide social no logran superar la línea de pobreza, en gran medida por las cargas de cuidado no compensadas." (CEEY).

Hablar de los cuidados es hablar de algo que es esencial para el sostenimiento de la vida, y que tiene repercusiones en muchísimos ámbitos, incluyendo el de la seguridad. Y sin embargo es un tema que está ausente de la agenda común, fuera de los medios y de las discusiones gremiales. Y el tema, que ya es grave, tiende a empeorar por el progresivo envejecimiento en nuestra pirámide poblacional y por las condiciones de inseguridad que vuelven el entorno más amenazante para los niños y niñas sin protección social.

Es claro que el cuidado no puede dejarse a la deriva, esperando que las familias lo asuman. ¿Cómo organizamos socialmente algo que es esencial para sostener la vida? ¿Quién cuida, en qué condiciones, con qué apoyos, y con qué reconocimiento? Esas son las preguntas fundamentales. Como bien concluye el informe del CEEY, el Sistema de Cuidados debe ser una política pública transversal que involucre al gobierno, las empresas y la sociedad civil (corresponsabilidad), para garantizar que el origen socioeconómico y el género no determine el destino de las personas.

Porque si una fractura sanada pudo ser señal de humanidad, hoy quizá el indicador más claro de nuestra civilización sea otro: qué tan bien —o qué tan mal— estamos cuidando y qué tan equitativa y socializada está esa tarea. Ojalá que el tema no vuelva a quedar en el fondo del cajón de las prioridades.