La “crónica de un salto anunciado” de Alejandra Gutiérrez, presidenta de León, de Acción Nacional a Movimiento Ciudadano no sorprendió a nadie, pero si traspasó las fronteras estatales, porque uno de los municipios más grandes del país -una de las joyas del panismo nacional- dejaba de serlo. Más allá del caso concreto de León, el problema de los funcionarios electos que llegan al poder acompañados de un partido y una vez ahí cambian de playera es fenómeno que está bien identificado y preocupa en casi todas las democracias en el mundo.
En inglés le llaman party switching o floor crossing, en español “transfuguismo”. Aunque nada como el colorido chapulinismo que usamos en México. En todas partes suscita la discusión sobre la libertad que puede tener la persona concreta para que, de acuerdo con su conciencia e intereses personales, renuncie al instituto político que la llevó al poder.
El tema es complejo. Por un lado, pone en cuestión si el depositario de nuestra confianza al emitir el voto es el partido o la persona Los impactos de estos movimientos de piezas también son diferentes: si hablamos de cargos ejecutivos (especialmente a escala municipal). o legislativos, en los que se supondría que el voto tiene una carga ideológica más fuerte, vinculada a los colores partidarios.
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Se afirma frecuentemente que en la elección municipal el papel del candidato es mucho más fuerte que el del partido, aunque, por otro lado, no todos los ciudadanos hacen voto diferenciado y se sigue votando por un solo color, no importa el cargo del que se trate.
Los representantes electos por mecanismos de mayoría relativa son claramente deudores de su partido, y no sólo en caso de legisladores. En mi experiencia impartiendo talleres sobre participación democrática, en las elecciones municipales las personas difícilmente pueden nombrar a los síndicos y primeros regidores que serán electos según el porcentaje que obtenga el partido.
En la Ciudad de México hubo transfuguismo de legisladores del PRD a Morena. Esos legisladores, seguramente fueron electos por personas que querían una opción de izquierda, pero querían contrapesos a Morena. Esa defección claramente traiciona la intención de los votantes y su efecto puede ser muy grande en cambios legislativos. En el municipio de León las líneas generales de administración seguramente no se modificarán, más allá de los colores predominantes en las mantas de la inauguración. Si bien se espera una ambiente de lucha interna que se trasladará las organizaciones vecinales, porque la disputa se dará por quien cobra los réditos políticos de los tres años de gobierno de Alejandra.
¿Se debiera legislar para regular estos cambios? Algunos países lo han intentado. En el caso de las elecciones de mayoría relativa muy claramente se debería establecer la obligación de la renuncia del representante tránsfuga para que su lugar fuera ocupado por su suplente o el siguiente en la lista, puesto que el voto es claramente del partido.
En los casos de representantes unipersonales del legislativo, en algunos países se somete a una consulta de sus electores, y se considera la plataforma política que divulgó como parte de su campaña. Un diputado puede separarse de su bancada, pero comprometerse a seguir impulsando las reformas esenciales con las que se vendió como candidato y, además, sus electores deberían poder decidir si le refrendan su confianza. Esto puede ser burocrático, pero podría hacerse de formas ágiles, quizás como un procedimiento simbólico que tenga un costo político para el que deserta. También se han intentado pactos políticos entre partidos, de forma que no se beneficien de esas defecciones, pero eso es mucho pedir en las condiciones actuales de la partidocracia mexicana.
Al final lo verdaderamente importante sería que el representante popular, esté en el partido que esté, se comprometa con una propuesta política, con una agenda de trabajo y sea fiel a ella. Puede que haya más casos en México en los que los candidatos electos traicionen las banderas, los principios y las razones que nos hicieron votar por ellos sin necesidad de cambiarse de partido.
