León-. “Amarse los unos a los otros” encomendó Jesús, el dulce carpintero de Nazaret, aquel noble hombre que por su Santa Cruz murió crucificado a las 3 de la tarde y fue representado en el antiguo Barrio de San Miguel.
A burlas y gritos Jesús fue aprehendido y llevado ante Poncio Pilatos, prefecto romano de Judea, quien no veía crimen alguno, los fariseos insistían, debía morir, por la pena capital, en ese entonces en la Roma antigua: clavado en la cruz y humillado públicamente hasta el Gólgota. El Gólgota (del arameo gulgolta) significa "lugar de la calavera" o "cráneo".
Los legionarios romanos lo ataron de manos y lo cubrieron con una túnica roja. Le pusieron una corona trenzada de espinas, de espinos repletos de púas, arbustos que crecen naturalmente en Jerusalén, así se puso uno de sus instrumentos de la Pasión, aunque la corona del Barrio de San Miguel está hecha de huizaches de los cerros de Los Castillos.
Te podría interesar
“¡Nosotros no podemos juzgar a Jesús, este hombre cura endemoniados!”. Jesús ya con la corona de espinas puesta empieza a ser juzgado, sí empezaba la Vía Dolorosa.
“¿Eres Rey?”, le cuestionaron y él respondió: “Vengo a reinar en los corazones de los justos”, dijo Jesús con voz tranquila, sabía que pronto cumpliría su promesa.
La multitud partió del Jardín principal de San Miguel, el sol no daba tregua, era inclemente, Jesús sufría el suplicio de la flagelación y empezó a caminar desde la calle Río Bravo.
“¡La cruz! ¡El Gólgota! ¡Crucificarle! ¡Crucificarle!”, exclamaron los fariseos.
Las horas se volvían cada vez más pesadas, el Jesús de San Miguel trastabillaba con la cruz de pino sólido recargada en su hombro, sufría, sabía que la hora se acercaba, así fue su camino doloroso ante la mirada de todos, quizá algunos entraban en reflexión.
Suenan lúgubres los tambores mientras los legionarios hacían pedazos la espalda de Jesús que sangraba a cada corte y emanaban filamentos rojos que empezaban a recorrer su cuerpo dejando huella en la calle. Aquel santo hombre boqueaba de sed y detrás de él, iban los ladrones: Dimas y Gestas, que fueron crucificados, uno de cada lado, junto a Jesús.
Jesús cae bajo el peso de la cruz, cae irremediablemente, ante el cansancio y la debilidad mostrando su frágil condición humana. así se entregó para redimirlos a todos, aquel hombre se entregaba por los pecados de todos. La noche anterior Jesús oraba en el huerto: “No se haga mi voluntad sino la tuya”. Jesús en tierra se encuentra con María su madre: “¡Oh hijo mío mira cómo estas!”. Según la tradición el Apóstol San Juan trataba de cubrir con su túnica la vista de María para que no viera lo que estaban haciéndole a su hijo. Los legionarios intentaron separarla, el apóstol San Juan y María Magdalena le acompañaron en aquel día profundamente triste en Jesús se entregó.
Una mujer desafía el poderío y a la autoridad de los soldados rasos de Roma, La Verónica, y en un acto de compasión limpia el rostro empapado de sangre de las heridas profundas que le propinó la cruenta corona de espinas a Jesús, aquella mujer compasiva mostró la sábana y, milagrosamente, allí, estaba el rostro de Jesús enmarcado.
El redentor vuelve a caer, por vez tercera, ya no soporta aquella insufrible tortura, y volvió al suelo ante el peso de su cruz latina, ya cerca del calvario, allí, un hombre, Simón de Cirene fue obligado a ayudar a Jesús.
Crucifixión
Allí en la cima de una colina situada a extramuros de Jerusalén (y ya de vuelta en el Jardín principal de San Miguel) Jesús era sacrificado para el perdón de los pecados. Murió por amor.
