OPERATIVO MENCHO

El Mencho, el hombre más peligroso del mundo desayunaba pastel Paulette con leche de coco

Leche, fruta y medicamentos: así era la vida cotidiana de El Mencho en su casa de campo.

Casa de campo de 'El Mencho'
Casa de campo de "El Mencho".Casa de campo de "El Mencho"Créditos: MILENIO
Escrito en GUANAJUATO el

Guanajuato, México.- El hombre más buscado, uno de los más temidos del mundo, no estaba rodeado de muros blindados ni de un ejército privado. No había túneles, ni torretas, ni lujos obscenos. Había pastel. Había leche. Había fruta.

Casa de campo de "El Mencho" Foto: MILENIO

La escena muestra una vida campirana. "El Mencho", líder de uno de los cárteles más violentos del planeta, desayunaba como cualquiera. En la cocina, sobre una isla amplia de madera, se apilan cajas abiertas, recipientes de plástico, botellas a medio terminar. 2 pasteles completamente terminados, uno de la popular pastelería de Guadalajara "Pastelería Paulette", otro de Costco. Fresas. Uvas. Leche de coco. Leche de almendra. Leche deslactosada light. Nada clandestino. Nada que evoque al “narco”.

 

Según se ve en las fotos publicadas por MILENIO:

La casa es una casa de campo. Piedra aparente, madera, luz natural entrando por ventanales grandes. No hay sensación de encierro. No es un búnker: es un lugar pensado para vivir, no para resistir una guerra. El piso es de loseta oscura, limpia. El comedor es largo, de esos donde caben conversaciones largas. Sobre la mesa hay papeles, servilletas, una caja vacía de cartón, restos de lo cotidiano. 

Casa de campo de "El Mencho" Foto: MILENIO

En una habitación, una cama sin tender del todo. Almohadas amontonadas. Un edredón pesado, doblado a medias. Una playera de Terminator tirada sobre el colchón. Eso es lo más “amenazante” del cuarto. No hay armas a la vista. No hay símbolos de poder. Solo ropa, muebles de madera, una cómoda con cajones entreabiertos. Cortinas cerradas a medias, como si alguien pensara volver en la tarde.

Casa de campo de "El Mencho" Foto: MILENIO

En otro punto de la casa aparece el altar. Veladoras verdes encendidas o a medio consumir. Santos alineados con cuidado. Una hoja escrita a mano con una oración. Un encendedor azul colocado al frente, fe doméstica. La misma que se encuentra en miles de casas del país.

Casa de campo de "El Mencho" Foto: MILENIO

El congelador guarda otra contradicción: medicamentos. Tratamiento para la insuficiencia renal. Cajas rotuladas con fechas, dosis, anotaciones hechas a pluma. El cuerpo del hombre más temido también fallaba. Necesitaba inyecciones, cuidados, refrigeración. La enfermedad no distingue jerarquías.

Casa de campo de "El Mencho" Foto: MILENIO

En la sala, una bicicleta fija. No para exhibición, no como trofeo. Ahí estaba para sudar, para moverse, para mantenerse vivo un día más. Frente a ella, sillones grises, una televisión montada en la pared, muebles sobrios. Nada exagerado. Nada que combine con el mito.

Casa de campo de "El Mencho" Foto: MILENIO

El personaje que el mundo imagina como una figura monstruosa, omnipotente, inalcanzable, vivía rodeado de lo más banal que existe. Pastel. Leche. Fruta. Medicinas. Una cama desordenada. Una bici estática. Una oración escrita a mano.

 

Porque lo verdaderamente perturbador no es encontrar lujos, armas o tecnología militar. Lo verdaderamente inquietante es entender que la violencia más brutal puede convivir con una cocina común, con un postre a medio comer, con una vida campirana que, por momentos, parece idéntica a la de cualquier otro hombre.

Casa de campo de "El Mencho" Foto: MILENIO

Y lo que queda no es un monstruo de película, sino un recordatorio más peligroso: el mal no siempre vive en fortalezas. A veces duerme en una casa de piedra, toma leche con pastel y deja la cama sin tender.

 

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