OPINIÓN

El estado desertor

Créditos: Especial
Escrito en GUANAJUATO el

El Estado es todo. Hay múltiples definiciones del Estado. En la teoría general del Estado, cómo en la ciencia política, encontramos un amplio abanico de definiciones de grandes pensadores, filósofos, juristas y sociólogos que nos enseñan que es “eso” llamado Estado. Prácticamente todos coinciden, en señalar y destacar, que es la organización humana que abarca la totalidad de la población de un país o nación.


 
Estructurado social, política y económicamente mediante un conjunto de instituciones independientes y soberanas, que regulan la vida en sociedad. De manera simple y sencilla, un Estado equivale al conjunto de atribuciones y órganos públicos que conforman el gobierno libre y soberano de nación o país. Muchas veces lo usamos también, para referirse a la nación como un todo: el Estado mexicano, el Estado español, el Estado argentino, etc.
 
En términos militares, la deserción es el abandono de un deber en su puesto asignado en el momento que se da la orden de retirada, asedio, invasión, incursión por parte del enemigo. En pocas palabras, el desertor es el que abandona. Aquel que deja de lado los ideales, se aleja de una causa y abandona su país, su patria, su nación.
 
En el ámbito militar, la deserción es un delito. Por eso el desertor puede ser juzgado por el derecho militar y sufrir distintas clases de sanciones, incluso, según el caso, la pena de muerte. Quién deserta es considerado un traidor, alguien que no es confiable y por consiguiente, no puede gozar de la confianza de aquellos y aquellas personas que lo nombraron para determinado fin.
 
Es el caso concreto del estado mexicano hoy en día. Un Estado que, por medio de su gobierno, ha renunciado a cumplir con su deber más grande y sublime que es proveer de una serie de satisfactores a su población, al pueblo a quien se debe y por quien hoy es lo que es, gobierno. Esos aspectos provechosos y convenientes que el estado mexicano tiene que cumplir de acuerdo con su naturaleza constitucional, hoy ya no existen.
 
Ya no hay paz, vivimos en un narcoestado entregado a los distintos cárteles de la droga, quienes gobiernan los estados de la república mexicana, de norte a sur del país. Ya no hay estado de derecho, el poco, muy poco que había y quedaba del tiempo del PRI y del PAN, ha dejado de existir, socavando cómo nunca la independencia del poder judicial de la federación, arrodillado y sometido a la voluntad presidencial.
 
Ya no hay democracia o aún tris, de no existir, al ser doblegado el máximo ente público autónomo, responsable de la organización y validación de los procesos electorales y marcar las directrices a las que se sujetarán los participantes de dichos procesos. Hoy esos participantes, me refiero a candidatas y candidatos a cualquier puesto de elección popular, hacen y deshacen a placer, sin que el INE haga algo.
 
Ya no hay instituciones confiables, han sido debilitadas y muchas destruidas y otras tantas en proceso de desaparición, quebrantando la vida social y la organización de los individuos en determinadas funciones sociales, económicas, políticas, culturales, científicas y de salud pública. Resultando imposible sostener un ritmo alto de crecimiento económico, condenando al país al deterioro social.
 
Ya no hay oposición política confiable y respetable. La corrupción ha llegado a niveles inimaginables y descarados, donde todo tiene un precio, donde todo se compra y todos se venden. Una clase política podrida, carcomida por dentro y por fuera de sus institutos políticos, donde la moneda de cambio es camuflaje con el irónico discurso del cambio, para que todo siga igual y sigan gobernando los de siempre, con cosmetología barata y corriente.
 
López Obrador y su gobierno han sido desertores de sus compromisos y funciones para los que se les confió. Han demolido al Estado, al país, a las instituciones y al pueblo. Pero no solo ha sido AMLO y su envenenada 4T, han sido desertores todos los partidos políticos, sus cuadros y dirigencias, creando una oposición obtusa, torpe e indolente. Preocupada solo, en el beneficio de ellos, en los de siempre, en los mismos.
 
Y el pueblo, la sociedad, también ha sido desertora de sus principios e ideales, creyendo que el silencio y la apatia los van a sacar del precipicio donde hoy nos encontramos, pidiendo ayuda y votando por los mismos que nos han llevado hasta aquí.
Necesitamos nuevos políticos, una nueva clase política que construya los cimientos de un nuevo estado mexicano.
 
¿No cree usted?
Dr. Carlos Dìaz Abrego