CRUZ AZUL

Felices 40 años de ser seguidor del Cruz Azul campeón

Hoy, el título que ganó mi máquina a los Pumas de la UNAM lo celebré, lo disfruté, lo grité. Al igual que en el 2021 contra Santos, el título azul es un regalo al niño que fui, al niño que se emocionó desde hace 40 años | Arturo Jiménez

Créditos: Cuartoscuro
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Tenía escasos ocho años de edad. Un gol de Armando Romero de media distancia para vencer a Héctor Miguel Zelada, portero argentino del América, fue el primer gol que celebré de Cruz Azul. Fue el 12 de octubre de 1986 y el azul ganó 2 a 1 con otro gol de Mariano Puyol. Eso fue hace 40 años. Hoy, como hace 40 años grité los goles contra Pumas y celebro mis 40 años de cementero, como campeón.

Yo era necaxista por herencia paterna, pero por aquellos años los entonces “electricistas” andaban de capa caída y en la máquina jugaba Pablo Larios, que había participado con la selección en el Mundial México 86.

Ese día, aniversario de las águilas aunque en ese entonces también lo ignoraba, decidí ser cementero y Larios se convirtió en mi ídolo de la infancia.

Pero no sabía los sinsabores que me vendrían en mi joven afición cementera. En la final de 1987, las Chivas vapulearon en la final al Cruz Azul, en el Jalisco. Dos años después (en el 89) el América, con gol de Carlos Hermosillo le ganó una nueva final y mi agüite de un niño de 10 años no comprendía por qué la máquina no se coronaba.

Hasta el 95 volvió a la final y la ganó el Necaxa. Yo en plena adolescencia y problemas personales entre mi papá necaxista y yo generaron un distanciamiento aún mayor. Él celebraba y yo callaba.

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Luego vino el título del 97 con gol de oro del mismo Carlos Hermosillo y luego una larga, larguísima sequía de títulos que se combinaron con derrotas de todos los gustos y sabores en finales: contra Pachuca, contra Santos, contra Toluca, contra Monterrey, contra América y otra vez contra América. Todos los cementeros tendrán algún recuerdo, alguna anécdota de todos esos sinsabores.

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El club de mis amores ganó, durante esa sequía liguera, Copa, Concachampions, etcétera, pero nada nos valía, nos obsesionó la liga, solo eso valía.

El gusto por el futbol y ser seguidor de la máquina me enseñó la resiliencia, de saber que solo es un juego y que no se pierde ni gana nada, que al día siguiente todo sigue siendo igual y que la vida no está en el resultado de un partido. Antes de eso, harto de las derrotas, quise renunciar y hasta rompí una playera cementera y una chamarra.

El título de la final contra Santos en el 2021, en plena pandemia, fue una alegría discreta, no celebré como años atrás, yo de niño, lo hubiera hecho, aunque me hubiera gustado sentir el desborde de la euforia.

Hoy, el título que ganó mi máquina a los Pumas de la UNAM lo celebré, lo disfruté, lo grité. Al igual que en el 2021 contra Santos, el título azul es un regalo al niño que fui, al niño que se emocionó desde hace 40 años y gritó un sinnúmero de goles a mediados de los años ochenta y en los noventa, en los 2000… y que también sufrió la derrota de su equipo, pero que hoy, a 40 años de distancia, el futbol le sonríe y él le devuelve la sonrisa.

djh