En el último tercio del siglo XX, como parte de la herencia crítica de la Escuela de Frankfurt, Jürgen Habermas irrumpe en la discusión sobre el análisis de las sociedades posteriores a la Segunda Guerra Mundial en las cuales se asentaba el capitalismo en su máxima expresión para plantear una nueva forma de comprender las dinámicas sociales centrada en la acción comunicativa y los efectos simbólico derivados de esta, rompiendo con la típica estructura análisis de corte marxista que solía basarse en las relaciones de trabajo y en los modos de producción.
Desde su postura, el autor alemán considera necesario seguir tomando en cuenta la noción de praxis, comprendida como “la acción o práctica fundamental por la cual el ser humano accede o se realiza en el mundo”, pero no necesariamente asociada a la noción de fuerza laboral, sino que podría tomar en cuenta otros elementos como el lenguaje.
Por eso, asume que en el lenguaje se encuentran elementos simbólicos que a través de la interacción comunicativa pueden propiciar cambios sociales de alto impacto, tomando en cuenta que estas vinculaciones no sólo son de corte individual, sino que son parte de una estructura comunicativa.
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Para llevar a cabo este análisis construye su teoría de la acción comunicativa, la cual se subdivide en grandes bloques. El primero de ellos, la racionalidad de la acción, y el segundo, la racionalización social, en el cual plantea la existencia de un “mundo de vida”, el cual está compuesto por la cultura, la sociedad y la personalidad, y permite entender, que la cultura influye en la acción, en las formas en que se construyen interacciones sociales y estas estructuran el modo de ser de las personas.
Bajo esa premisa, argumenta que en la modernidad se han intentado separar esos elementos, pero él considera la imposibilidad de lo anterior debido a que en las interacciones se gestionan saberes que producen una racionalidad por medio de la cual, ciertos grupos sociales van definiendo su propio mundo. Por lo tanto, resalta la relevancia de encontrar esas estructuras lingüísticas universales, válidas en cualquier contexto y horizontes de las personas.
Como parte de dichas interacciones considera que existen varios tipos de acciones, de las cuales, las más importantes son las comunicativas, asumidas como la interacción entre dos sujetos capaces de comunicarse lingüísticamente y de efectuar acciones para establecer una relación interpersonal, y a partir de allí, alcanzar entendimiento.
Si bien su análisis es largo y complejo, una de sus principales deducciones es que parte de esas acciones comunicativas pueden ser utilizadas para colonizar.
El segundo gran bloque de su obra es la crítica de la razón funcionalista, la cual le sirve para cuestionar las formas en que se ha desarrollado la sociología y proponer la necesidad de explicar la relación entre los sistemas y el mundo de la vida, como una forma capaz de hacer avanzar a las ciencias sociales hacia un sentido comprehensivo de la acción social, pues de lo contrario, se asume la existencia de falsas autorregulaciones.
En contraparte, asume que un sistema social, compuesto por la economía, la política, los valores y las normas, se encuentra definido por un conjunto de acciones y prácticas sociales diferenciadas según racionalidades propias y asociadas acorde a los componentes de las orientaciones que poseen, las cuales, a su vez, están asociadas a funciones específicas que son captadas por los subsistemas, que son la cultura, la personalidad, la sociedad y el sistema comportamental.
Por lo tanto, y tomando en cuenta que en su análisis social el filósofo alemán resalta la existencia de una condición humana, compuesta por la conjunción de la sociedad, la cultura, la personalidad y el sistema comportamental con el organismo humano, existe una racionalidad sustantiva, enfocada en sí, en el mundo de la vida, o el interior del sujeto, y la racionalidad formal de un sistema, donde esa dimensión interna se expresa en la estructura del sistema.
Esta propuesta de Habermas, que si bien revisa muchos aspectos relacionados directamente con el lenguaje, al construir su acción comunicativa como parte de una acción social, permite el análisis de estructuras como los medios de comunicación, que, en las últimas décadas, han sido fundamentales para que las personas construyan sus imágenes del mundo y sean parte de esa fracción cultural que el propio autor considera relevante para la construcción de esos códigos que permitan un entendimiento común, o más bien, ese reconocimiento compartido que puede dar pie a otros asuntos como la deliberación y la acción política.
El domingo pasado, el prolífico filósofo alemán murió en Starnberg, en su natal Alemania a los casi 100 años de edad, con algunos libros casi recién publicados, en los últimos dos años, como los dos volúmenes de su propuesta titulada “Una historia de la filosofía”, caracterizada por mostrar cómo la filosofía occidental ha incorporado a lo largo de su historia, en la forma de procesos de aprendizaje, contenidos religiosos, transformándolos en un saber capaz de justificación racional.
Sus textos abarcan un sinfín de temáticas, desde la ciencia hasta la religión, pero el cuestionar a la labor filosófica también está presente de manera constante. En una de las últimas entrevistas ofrecidas a los medios de comunicación, en concreto The Nation de Estados Unidos, a propósito de la publicación de su última obra, ya mencionada, insiste en que “la tarea pública de la filosofía es elucidar y mejorar reflexivamente el tipo de comprensión cotidiana del mundo y de nosotros mismos a la que siempre nos enfrentamos en nuestro mundo vivido”.
