EL MENCHO

Normalidad oficial, país sitiado

Gobernar no consiste en declarar normalidad, sino en construirla, y esa tarea no se logra con frases tranquilizadoras ni con agendas protocolarias, sino con conducción efectiva, información veraz y responsabilidad política | María Emilia Molina de la Puente

Escrito en OPINIÓN el

En México existe una constante que se repite con una precisión alarmante: cada vez que la realidad se desborda, el discurso oficial se vuelve más pequeño. No porque falten micrófonos, vocerías o conferencias, sino porque el relato gubernamental parece diseñado no para explicar lo que ocurre, sino para negarlo. Y cuando la negación se convierte en política pública, el costo no es retórico: es humano.

Los acontecimientos violentos recientes detonados tras el operativo federal contra el líder del Cártel Jalisco Nueva Generación han exhibido, una vez más, esa fractura entre país real y país narrado. Mientras en diversas entidades se registraban bloqueos, incendios de vehículos, suspensión de actividades, cierres comerciales, cancelaciones de vuelos y alertas de seguridad, la comunicación oficial insistía en que eran “hechos aislados” y que prácticamente todo “funciona con normalidad”. La frase, repetida con tono tranquilizador, no solo resultó inexacta para miles de personas que vivían el caos en tiempo real: resultó ofensiva.

No hay nada más peligroso para la seguridad pública que un gobierno que decide describir en vez de gobernar.

La responsabilidad primaria del Estado frente a episodios de violencia de alto impacto no es preservar su imagen, sino proteger a la población. Eso implica informar con veracidad, reconocer riesgos, coordinar instituciones y actuar con liderazgo visible. Lo contrario -minimizar, relativizar o maquillar- no es estrategia, es una burda evasión. Y la evasión, en materia de seguridad, es una forma de negligencia política.

Desde la perspectiva jurídica, lo ocurrido no es solo un problema político o comunicacional: es una cuestión de derechos humanos. El acceso a la información veraz es un derecho fundamental reconocido en el artículo 6º de la Constitución mexicana, que establece que toda persona tiene derecho a buscar, recibir y difundir información. Este mandato no es retórico; impone a las autoridades una obligación positiva de transparencia y veracidad. En el ámbito internacional, el artículo 13 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos protege el derecho a recibir información, y la Corte Interamericana ha sostenido -en precedentes como Claude Reyes vs. Chile- que el Estado debe garantizar que la información pública sea accesible y confiable, especialmente cuando se trata de asuntos de interés público o situaciones de riesgo social.

Bajo ese estándar, los mensajes oficiales que minimizan o distorsionan situaciones de emergencia no son meros errores de comunicación: pueden constituir una vulneración al derecho a la información. Cuando la ciudadanía recibe datos incompletos o falsos en contextos de seguridad, se ve privada de la posibilidad de tomar decisiones informadas para proteger su integridad. En otras palabras, la desinformación institucional no solo erosiona la confianza pública; puede poner vidas en riesgo. El derecho a la información, en contextos de crisis, se convierte en un derecho de protección.

En contextos críticos, el lenguaje importa. Decir que “todo está en calma” cuando hay carreteras cerradas y personas resguardadas en sus casas no es optimismo institucional; es desconexión. Afirmar que aeropuertos y centros comerciales operan con normalidad cuando existen cancelaciones y cierres documentados no es prudencia comunicativa; es desinformación. La ciudadanía no necesita consuelo discursivo, necesita certeza. Y la certeza solo puede construirse sobre la verdad.

La reacción gubernamental también dejó al descubierto otra dimensión preocupante: la ausencia de liderazgo visible en el momento preciso. En cualquier democracia constitucional, la jefatura del Ejecutivo no es solo un cargo administrativo; es la cabeza del sistema de seguridad nacional. Quien ocupa la Presidencia dirige el gabinete de seguridad, coordina la respuesta interinstitucional y, constitucionalmente, funge como comandante supremo de las Fuerzas Armadas. Ese rol no admite pausas protocolarias ni agendas paralelas cuando el país enfrenta episodios de violencia coordinada.

Hay además una dimensión simbólica que no debe pasarse por alto. Tras el triunfo electoral se subrayó reiteradamente, desde el discurso político, que quien asumiría la Presidencia sería también la comandantA de las Fuerzas Armadas, enfatizando el uso deliberado del femenino como signo de ruptura histórica y avance igualitario. Ese gesto lingüístico tuvo un valor simbólico indiscutible. Pero el lenguaje incluyente, por sí solo, no transforma la realidad. No basta con feminizar el sustantivo si no se ejerce plenamente la función que ese sustantivo nombra. Que una mujer encabece el Poder Ejecutivo nacional debería traducirse en un liderazgo visible, firme y responsable frente a crisis de seguridad. El feminismo institucional no se satisface con la forma; exige fondo. No reivindica símbolos vacíos, sino ejercicio efectivo del poder con responsabilidad democrática. La igualdad no se demuestra pronunciando el cargo en femenino, sino ejerciéndolo con la autoridad, la presencia y la conducción que la Constitución impone a quien lo ocupa.

No se trata de presencia escénica ni de protagonismo mediático. Se trata de conducción política. En momentos de crisis, la ciudadanía necesita saber que quien tiene el mando está ejerciéndolo. La imagen de una jefa de Estado en actos públicos o giras mientras distintas regiones enfrentan situaciones de riesgo genera un mensaje simbólico devastador: que la emergencia no es tan urgente, que la crisis puede esperar, que la prioridad está en otra parte.

El liderazgo se revela, sobre todo, en los momentos difíciles. Y esos momentos no reclaman gestos ni presencia simbólica, sino decisiones claras y conducción firme.

La seriedad y profesionalismo gubernamental no se evalúa cuando todo funciona, sino cuando algo falla. Ahí se revelan las capacidades reales: coordinación, anticipación, comunicación estratégica, empatía social. La empatía, en particular, no es un adorno moral; es un instrumento político esencial. Un gobierno empático reconoce el miedo colectivo, valida la preocupación social y habla con honestidad. Un gobierno distante, en cambio, recurre a fórmulas tranquilizadoras que suenan bien en el papel pero se desmoronan frente a la experiencia cotidiana.

Cuando la población escucha que “no pasa nada” mientras ve humo en las carreteras, patrullas desplegadas y negocios cerrados, el resultado no es calma: es desconfianza. Y la desconfianza erosiona el elemento más importante para cualquier estrategia de seguridad: la cooperación social.

Ninguna política pública de seguridad puede funcionar sin credibilidad institucional.

Minimizar crisis tiene además un efecto estructural: normaliza la violencia. Si los hechos graves se describen como incidentes aislados, si los episodios coordinados se presentan como eventos menores, si las alteraciones a la vida cotidiana se narran como situaciones bajo control absoluto, el mensaje implícito es que nada extraordinario ocurrió. Y cuando nada es extraordinario, nada exige corrección. La narrativa se vuelve así una barrera contra la rendición de cuentas.

No es casual que los regímenes con tendencias autoritarias compartan un rasgo comunicacional: la construcción sistemática de realidades paralelas. En ellas, los indicadores negativos se relativizan, las crisis se reinterpretan y las responsabilidades se diluyen. El problema es que los hechos no desaparecen por decreto. Los bloqueos siguen ahí. Los vuelos cancelados también. Las familias resguardadas, igual. La única diferencia es que, sin reconocimiento oficial, quedan además invisibilizadas.

La función del poder público no es competir con la realidad, sino responder a ella.

Por eso resulta indispensable recordar un principio elemental del constitucionalismo democrático: el ejercicio del poder está condicionado por la verdad. No por la verdad filosófica ni por la verdad absoluta, sino por la verdad verificable. Los gobiernos pueden interpretar, contextualizar, explicar; lo que no pueden -sin degradar la institucionalidad- es negar lo evidente. Cuando lo hacen, el problema deja de ser comunicacional y se vuelve político. Porque mentir desde el poder no es solo faltar a la verdad: es abusar de la confianza pública.

México no enfrenta únicamente desafíos de seguridad; enfrenta desafíos de credibilidad estatal. Y estos últimos son más difíciles de reconstruir. La violencia puede contenerse con estrategias adecuadas, recursos suficientes y coordinación efectiva. La confianza, en cambio, solo se recupera con consistencia, transparencia y responsabilidad. Se pierde rápido y se reconstruye lento.

La ciudadanía mexicana ha demostrado, una y otra vez, una capacidad admirable de resiliencia frente a las crisis. Lo que no debería tener que demostrar es tolerancia frente a la negación oficial de éstas. Pedir verdad no es alarmismo. Exigir liderazgo no es oposición. Señalar inconsistencias no es deslealtad. Es, simplemente, ejercer ciudadanía.

La pregunta que queda no es si el país puede superar episodios de violencia -lo ha hecho antes y puede hacerlo de nuevo-, sino si el gobierno está dispuesto a asumirlos con la seriedad que merecen. Porque gobernar no consiste en declarar normalidad, sino en construirla. Y esa tarea no se logra con frases tranquilizadoras ni con agendas protocolarias, sino con conducción efectiva, información veraz y responsabilidad política.

Cuando la realidad arde, la normalidad no se anuncia: se garantiza.

María Emilia Molina de la Puente

@EMILIAMDLAP