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El fin de la deliberación: Habermas, Irán y la realidad sintética

Habermas advirtió que la mercantilización de la cultura degradaría el debate; hoy vemos que la automatización del engaño lo vuelve imposible; la guerra en Irán se libra en el desierto, pero la democracia se pierde en nuestros algoritmos. | Mireya Márquez

Escrito en OPINIÓN el

Las ideas de Jürgen Habermas, quien recién falleció a los 96 años, fueron el cimiento de nuestra concepción moderna de la democracia. El filósofo alemán imaginó la esfera pública como el corazón del sistema: un espacio de “acción comunicativa” en el que ciudadanos libres se reúnen para deliberar sobre los asuntos de interés público. En ese ideal ilustrado, el mejor argumento es el que vence, no el más ruidoso.

Este espacio, nacido en los cafés de Londres y en los salones de París del siglo XVIII, permitió separar al Estado de la vida privada y someter el poder al escrutinio ciudadano. De ahí nació no solo la idea de lo público en la democracia contemporánea, sino también el deber normativo de la prensa como foro plural de debate. Sin embargo, el propio Habermas advirtió sobre su transformación estructural: desde mediados del siglo XX, el debate fue manipulado por una "refeudalización" de la sociedad, en la que las relaciones públicas y el marketing político sustituyeron el argumento por una puesta en escena del poder, transformando al ciudadano en un espectador que solo aclama pasivamente.

Recientemente, en el ocaso de su vida, Habermas actualizó su diagnóstico para advertir de una fractura aún más profunda: la digitalización ha fragmentado esa plaza común en mil pedazos. Al eliminar el papel del periodista como portero o verificador (gatekeeper) de la calidad informativa, las plataformas han permitido que la comunicación privada se inflame hasta convertirse en una esfera pública íntima y tóxica. Ya no habitamos un espacio compartido, sino una red de espacios semipúblicos fragmentados donde el objetivo no es el consenso, sino la autoafirmación de la identidad a cualquier costo.

La trampa de los semipúblicos 

Para Habermas, la tragedia de las redes sociales radica en su ambigüedad: son espacios "semiprivados y semipúblicos" que confunden al ciudadano sobre qué normas de comunicación aplicar. Al trasladar la informalidad de la charla privada al escaparate público, se incentiva un repliegue defensivo: el individuo deja de buscar la verdad para proteger su identidad. Esto fomenta el rechazo sistemático de las voces disonantes y la creación de un horizonte de conocimiento supuestamente válido, pero carente de filtros profesionales.

Así, la deliberación desaparece para dar paso a una cámara de eco y al odio por clic (click-rage), síntomas de lo que el filósofo describe como una regresión democrática. Con la proliferación de contenido sintético generado por IA, este escenario ha recibido su golpe de gracia. La democracia sólo es funcional si los ciudadanos confían en que sus decisiones se basan en una competencia de “mejores argumentos”. ¿Pero qué sucede cuando la infraestructura digital sustituye el argumento por algoritmos que premian el contenido inflamatorio y la mentira rentable?

El conflicto actual en Irán es el ejemplo más crudo de esta degradación. Ya no somos espectadores de propaganda tradicional, sino rehenes de una alucinación algorítmica donde la IA fabrica la evidencia para alimentar el prejuicio de cada tribu digital. En esta economía de la atención, la duda metódica –tan necesaria para la deliberación racional de la esfera pública habermasiana— es un estorbo para el negocio de las plataformas.

La fragmentación de la esfera pública permite que las mentiras se propaguen sin resistencia. Por ejemplo, una publicación con más de 4 millones de vistas pretendía mostrar misiles balísticos sobrevolando Dubái, cuando en realidad eran imágenes de un ataque iraní a Tel Aviv de 2024. Otro caso es la imagen —con más de 375 mil impresiones— que muestra un ficticio “antes y después” del bombardeo al complejo del líder iraní Alí Hoseiní Jamenei, una escena inexistente, pero consumida como verdad absoluta por comunidades encerradas en sus propios prejuicios.

En la contaminación masiva del espacio digital, la verdad ya no se disputa, se fabrica. Según datos de NewsGuard, el contenido sintético sobre supuestos ataques a instalaciones nucleares ha acumulado más de 21.9 millones de vistas en la plataforma X. No son noticias; es AI slop (basura generada por IA) diseñada para saltarse cualquier filtro crítico del cerebro humano. Medios tradicionales como CNN y BBC ven con preocupación que los sistemas de moderación de las plataformas –de por sí disminuidos por decisiones anteriores—son hoy incapaces de contener este flujo, dejando a los periodistas reales en una situación de vulnerabilidad extrema: su ardua labor de verificación es, sencillamente, ignorada por el algoritmo. 

Figuras como Donald Trump capitalizan este caos al perfeccionar la apoteosis de la "no-deliberación". Su estrategia evita sistemáticamente los canales tradicionales de rendición de cuentas, prefiriendo declaraciones pregrabadas en Truth Social y fragmentos virales y rompiendo de facto el contrato habermasiano. No busca convencer con razones, sino movilizar con afectos y desinformación. Al apoyarse en la retórica del "nosotros contra ellos", los líderes populistas de hoy validan la estructura de los algoritmos, prefiriendo el eco de la cámara de resonancia y el atrincheamiento ideológico a la fricción necesaria del debate parlamentario o de la diplomacia internacional.

El matiz de la IA: de la burbuja a la invención

Es fundamental entender que el peligro aquí no es simplemente la cámara de eco —un fenómeno que el algoritmo ya había perfeccionado—, sino la naturaleza del material con el que se construye. Sí, las redes sociales nos encerraron en burbujas de aislamiento, pero la inteligencia artificial nos amuebló ese encierro con una realidad fabricada a la medida. 

El matiz diferencial que aporta el contenido sintético es la aniquilación de la evidencia compartida: ya no discutimos sobre interpretaciones distintas de un mismo hecho, sino sobre hechos que nunca ocurrieron pero que tienen la textura visual de la verdad. Y con eso parece bastar. La IA le ha dado al algoritmo la capacidad de pasar de la selección de información a la invención de la realidad. Esto elimina el último vestigio de mediación humana y deja al ciudadano sin un suelo común sobre el que deliberar. 

Por ello, la destrucción de la esfera pública no es un fallo técnico; es una transformación estructural definitiva que amenaza el orden constitucional. Si el consenso racional era el pegamento de las sociedades liberales, la desinformación sintética es su peor disolvente. Habermas advirtió que la mercantilización de la cultura degradaría el debate; hoy vemos que la automatización del engaño lo vuelve imposible. La guerra en Irán se libra en el desierto, pero la democracia se pierde en nuestros algoritmos.

Mireya Márquez

@Miremara