#ANÁLISISDELANOTICIA

Cuando la soberanía deja de ejercerse

México debe asumir la soberanía como lo que realmente implica: un Estado fuerte capaz de ejercer control pleno sobre su territorio y someter a cualquier poder fáctico que lo desafíe. | Alberto Capella

Escrito en OPINIÓN el

Estados Unidos no improvisa cuando se trata de terrorismo. Su marco legal moderno nace del trauma del 11 de septiembre de 2001. A partir de ese momento, con la aprobación de la Patriot Act, el gobierno norteamericano se dotó de herramientas extraordinarias para prevenir, perseguir y neutralizar amenazas más allá de sus fronteras.

Dentro de ese andamiaje jurídico se consolidó la figura de las organizaciones terroristas extranjeras, conocidas como FTO. Esta no es una etiqueta simbólica, es una declaración con implicaciones profundas que permite congelar activos, perseguir redes financieras, sancionar a quienes colaboren con estos grupos y, en ciertos casos, justificar acciones extraterritoriales bajo el argumento de la seguridad nacional.

Ahí es donde México ha trazado históricamente una línea que no ha querido cruzar.

El viernes pasado, Luis Carlos Nájera, ex fiscal de Jalisco, me compartió un dato que vuelve particularmente relevante este debate. Desde al menos 2011, en Estados Unidos ya se analizaba seriamente la posibilidad de clasificar a los cárteles mexicanos como organizaciones terroristas, lo que confirma que no se trata de una ocurrencia reciente sino de una ruta que lleva años construyéndose.

La respuesta del Estado mexicano ha sido consistente desde entonces. No. Y la razón de fondo no es técnica ni jurídica. Es política, histórica y profundamente emocional, vinculada directamente con la defensa de la soberanía nacional.

México carga una herida que no termina de cerrar. La pérdida de más de la mitad del territorio nacional en el siglo XIX marcó generaciones completas y durante décadas el sistema educativo sembró una narrativa de cautela, incluso de recelo, frente a Estados Unidos, convirtiendo esa memoria histórica en identidad colectiva.

Sin embargo, las nuevas generaciones crecieron en un entorno distinto, más globalizado y menos condicionado por ese pasado. Mientras tanto, la realidad interna del país ha cambiado de manera brutal y la violencia dejó de ser un fenómeno marginal para convertirse en una marca internacional.

Hoy la percepción global ya no se construye alrededor de tequila, mariachi o destinos turísticos. Se construye con nombres de capos, con imágenes de violencia extrema y con historias que recorren el mundo erosionando la reputación del país.

Ese deterioro es el que ha reactivado el debate y ha colocado nuevamente a México en el centro de una discusión internacional incómoda pero inevitable.

La reciente declaración en Mar a Lago el pasado 7 de marzo, en la que se plantea catalogar como terroristas a los cárteles del hemisferio, vuelve a poner el tema sobre la mesa. Para Estados Unidos el argumento es claro, la capacidad operativa, el nivel de violencia y el impacto transnacional de estas organizaciones justifican ese tratamiento.

Para México la ecuación es distinta. Aceptar esa clasificación implicaría abrir la puerta a una lógica que históricamente ha rechazado, la posibilidad de acciones unilaterales en territorio nacional justificadas bajo la lucha contra el terrorismo.

No es solo una discusión de seguridad, es una discusión de soberanía. Y ahí está el dilema de fondo que el país ha evitado enfrentar con claridad en los últimos años.

México sigue defendiendo una visión tradicional de no intervención, mientras enfrenta un fenómeno criminal que ya no es tradicional. Organizaciones que controlan territorios, desafían al Estado y ejercen violencia sistemática contra la población con una lógica casi insurgente.

La pregunta ya no es si el mundo está exagerando, la pregunta es si México puede seguir interpretando la soberanía como una barrera pasiva o si debe asumirla como lo que realmente implica, un Estado fuerte capaz de ejercer control pleno sobre su territorio y someter a cualquier poder fáctico que lo desafíe.

Porque cuando el Estado no ejerce soberanía alguien más lo hace, y en México ese alguien no es una potencia extranjera sino el crimen organizado en regiones perfectamente identificadas del país donde el Estado ha cedido, por miedo, complicidad, omisión o incapacidad, el control territorial.

Alberto Capella

@kpya