Para Estados Unidos, América Latina, incluido México, definirán el nuevo orden mundial, y le permitirá recuperar su capacidad imperial.
Desde su visión, se trata de la posibilidad de preservar ampliar sus intereses y tomar el control de socio o aliado único, especialmente en el caso de insumos críticos como minerales, energéticos y naturales; así como la posibilidad de inversión en territorios seguros, que les ofrezcan beneficios y sean aliados, y en donde no exista presencia de sus enemigos que coloquen en riesgo esos intereses, como China o Rusia, por ejemplo.
Desde esa lógica es que debemos visualizar, cada presión, cada discurso, cada negociación, cada intervención en territorio y cada acción que lleve a cabo el presidente estadounidense. Ya intervino en las elecciones chilenas, ecuatorianas, peruanas, argentinas y costarricenses, y en ninguna encontraron resistencia, por el mal trabajo desarrollado por muchos líderes políticos de izquierda y los casos de corrupción en los que han sido descubiertos, que les permiten chantajearlo. Sin duda intervendrán las agencias en las próximas elecciones de Colombia y Brasil.
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Estados Unidos realiza un trabajo bien planificado, estructurado y con fines específicos en cada país del continente. La semana pasada comenzó una nueva fase, una de las más importantes dentro de sus planes: construyó el ejército más grande y poderoso del mundo.
Le llamó la “Coalición Anticárteles de las Américas” (Americas Counter Cartel Coalition). Y lo integran, además de EU, 12 países de nuestro continente.
Aunque podría parecer un acto simbólico, no lo es. Estamos ante el surgimiento de un ejército desde la cumbre denominada “Escudo de las Américas" (Shield of the Americas), que no habíamos visto ni siquiera con la vieja Escuela de las Américas.
En este 2026 esta Coalición, se asegura, es para promover “la libertad, la seguridad y la prosperidad" en la región. El Departamento de Estados Unidos apuntaló la idea cuando señaló: "Esta histórica coalición de naciones trabajará conjuntamente para impulsar estrategias que pongan fin a la injerencia extranjera en nuestro hemisferio, a las pandillas y carteles criminales y narcoterroristas, y a la inmigración ilegal y masiva".
De esta forma, en esta nueva modalidad, Estados Unidos superará la vieja Escuela de las Américas, creada por ellos en 1946, en una de sus bases militares en Panamá. Y a donde eran llevados militares que ocuparían los altos cargos en los ejércitos de todos los países del continente. Allí fueron entrenados en tácticas militares y específicamente de contrainsurgencia; y evidentemente les permitió adoctrinarlos, a más de 80 mil militares, de acuerdo a la visión e intereses estadounidenses. Y así conservaron el control de los ejércitos, o al menos lo conservaron por décadas a su servicio, y también aplastar cualquier movimiento de izquierda.
El presidente panameño describió en su momento a la Escuela de las Américas como “la base más grande para la desestabilización en América Latina”. Ahora, el impacto de este nuevo ejército latinoamericano está por verse, tanto en lo social y político de cada país.
Mientras tanto, la planificación que Estados Unidos tiene para alcanzar sus objetivos es sorprendente. Bajo el manto de combatir a los grupos criminales -que lo harán- se desplegará la presencia estadounidense por los países para entrenar a las Fuerzas Armadas de cada país y realizar operaciones; una vez que sean confiables les venderán armas y equipo, lo que le permitirá recuperar el control continental a los estadounidenses.
¿Hasta dónde podrá llegar? Quizá la respuesta está en hasta dónde permitirá cada país.
Es claro que el tema no sólo es contra los cárteles, los análisis más básicos allí se quedan, pero no. Los cárteles de drogas y de tráfico de personas deberían estar sumamente preocupados, porque a partir de esta alianza, la semana pasada se convirtieron en terroristas en esos 12 países, y podrán aplicarse las técnicas estadounidenses en contra de esos grupos.
Pero va mucho más allá que el narcotráfico y los polleros. Es frenar la presencia en el continente de China, Rusia e Irán, y a cualquier otro país que no sea parte de los intereses estadounidenses.
Para muchos politiqueros en México, el hecho de que la presidenta Claudia Sheinbaum fuera excluida de la invitación a este “Escudo de las Américas” fue muestra del maltrato a ella y nuestro país; además dijeron que esa coalición colocaba a México como el enemigo o, al menos, en el centro del problema al ser los cárteles el enfoque.
Lo cierto es que están muy lejos de la realidad. Para Estados Unidos, Sheinbaum, aunque sea auténticamente de izquierda, ha resultado ser una presidenta seria y confiable. La respetan y el no invitarla respondió a cuidarla, porque el papel de México es otro, muy distinto al resto del continente.
De hecho, las investigaciones de Estados Unidos sobre la clase política y económica mexicana apuntan a otros personajes de Morena, del PT, de Movimiento Ciudadano y del PRI. No están sobre, ni contra Claudia; de hecho, les preocupa las traiciones internas y por eso observan muy de cerca a varios personajes de interés.
Estamos en un momento histórico de cambio; en un proceso que aún no sabemos exactamente en qué condición dejará a México y al continente. Por lo pronto, el reconocimiento público del presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, de la semana pasada, respecto a las negociaciones con Estados Unidos, además de ser un hecho histórico, que prácticamente fue anunciado en mi columna de la semana pasada “Las últimas semanas para Cuba, ¿por qué asfixiarla?” nos confirma que es momento para las y los estadistas en cada país, porque sólo desde esa estatura política se podrá negociar con un Estados Unidos que quiere recuperar, a toda costa, su poder como verdadero imperio. Ahora sigue en su lista Nicaragua.
