El pasado 17 de febrero se conmemoró el Día del Inventor Mexicano, en honor a Guillermo González Camarena. Y aunque las efemérides suelen pasar casi desapercibidas, esta tiene algo especial.
Traigo el tema a colación porque recientemente he tenido la oportunidad de volver sobre la historia de la radiodifusión en México mientras converso con estudiantes de Derecho de las Telecomunicaciones. Revisar cómo nació nuestra televisión, cómo se diseñaron sus primeros modelos y cómo se tomaron decisiones técnicas que marcaron generaciones enteras obliga a hacer una pausa. No es solo historia tecnológica: es historia institucional, económica y cultural.
Guillermo González Camarena no fue únicamente el inventor del sistema tricromático secuencial de campos para la televisión a color. Fue un innovador que pensó en infraestructura, en industria y en país. En los años cuarenta, cuando la televisión apenas se consolidaba en el mundo, desarrolló su propio sistema, lo patentó dentro y fuera de México y promovió estudios, como el modelo Novo Camarena, para analizar qué esquema era más adecuado para nuestra realidad.
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Ese detalle suele olvidarse. No se trataba solo de experimentar con tecnología; se trataba de preguntarse qué modelo funcionaba mejor para México. Había visión técnica, pero también visión estratégica.
Hoy hablamos de inteligencia artificial, plataformas digitales y nuevos entornos de comunicación. Y a veces pareciera que todo llega ya diseñado desde fuera. Pero la historia demuestra que México ha tenido talento para crear tecnología propia, para innovar y para competir. Lo que necesitamos es continuidad en el impulso a la investigación, mejores puentes entre academia e industria y políticas que acompañen el desarrollo científico.
Invertir en investigación no es un gesto simbólico. Es una apuesta por la autonomía, por la competitividad y por el futuro. Si queremos un ecosistema digital robusto, no basta con regularlo: también hay que nutrirlo desde la ciencia, desde los laboratorios, desde las aulas.
Y eso implica algo más profundo: asumir que la innovación no ocurre en el vacío. Requiere financiamiento sostenido, certeza jurídica, protección de la propiedad intelectual, colaboración internacional y, sobre todo, confianza en el talento nacional. Países que hoy lideran la tecnología no lo hacen por casualidad; lo hacen porque durante décadas apostaron por investigación aplicada y por formar generaciones que pudieran convertir conocimiento en desarrollo.
Hablar con futuros abogados sobre estos temas confirma algo importante: la innovación no es solo tarea de ingenieros. Es también una conversación jurídica, institucional y social. Las reglas importan, pero también importa la imaginación de quienes se atreven a diseñar lo que todavía no existe. Si desde las aulas logramos sembrar esa idea —que el derecho puede acompañar la innovación y no solo reaccionar a ella— estaremos construyendo algo más que profesionales: estaremos formando parte de una visión de país.
Recordar a González Camarena además de ser este un ejercicio nostálgico, es también una invitación a preguntarnos qué estamos haciendo hoy para que las próximas generaciones no solo consuman tecnología, sino que la inventen.
Porque inventar, al final, también es imaginar el país que queremos construir.
