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¿Ni fisuras ni problemas?

Las fisuras, enfrentamientos, problemas y desacuerdos dentro de los partidos políticos forman parte de la normalidad democrática. | José Antonio Sosa Plata

Escrito en OPINIÓN el

Es cierto: no debería haber motivo de gran preocupación —al menos en este momento— por los conflictos actuales que se están dando dentro del movimiento conocido como la 4T. Pero también lo es que los enfrentamientos se han convertido en señales significativas de advertencia y riesgo para sus liderazgos.

El conjunto de escándalos que estamos viendo todavía no configuran una situación de crisis para el gobierno ni Morena. Tampoco las divisiones que hay entre varios de sus liderazgos de mayor peso. Lo que sí se está viviendo es una situación delicada que tiene el potencial de derivar en una. Y podría presentarse más o menos pronto si no se toman algunas medidas correctivas.

No hay crisis porque los indicadores esenciales de gobernabilidad, estabilidad económica, popularidad de la presidenta Claudia Sheinbaum y respaldo ciudadano al movimiento se mantienen en niveles positivos. Las críticas, cuestionamientos y dudas de los opositores al régimen no han mermado profundamente la confianza de la mayoría de la gente, gracias también a los programas sociales.

No obstante, es preciso recordar que ocultar o negar un conflicto no lo resuelve. En el mismo sentido, hay que subrayar que el “desconocimiento” o la “minimización" de lo que está sucediendo no son los mejores argumentos que se pueden utilizar en las conversaciones y debates públicos. Todo lo contrario.

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Las fisuras, enfrentamientos, problemas y desacuerdos dentro de los partidos y entre los grupos de poder tienen explicaciones lógicas e incluso se pueden provocar. El conflicto ha sido siempre parte de la normalidad democrática. Sin embargo, el modelo también ha establecido métodos y procedimientos para encauzarlos de manera pacífica y civilizada.

En democracia, un partido crea líderes, los impulsa, los promueve y los convierte en candidatos; presenta proyectos y propuestas de gobierno que se diferencian de sus opositores. Cuando ganan, los personajes acceden al poder público y, desde ahí, buscan el apoyo de la mayoría ciudadana. Sus funciones son claras.

Si se revisa con cuidado, cada acción política o comunicacional tiene el potencial de generar controversia. Y frente a esta realidad, evadir o desconocer el conflicto genera altos costos. Por un lado, porque es muestra de debilidad. Por el otro, porque tarde o temprano tiene un impacto negativo en el liderazgo y en los indicadores de confianza y aprobación.

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Derivado de lo anterior, la unidad política es un deseo, nunca un objetivo realista. El buen líder lo sabe. En el proceso de elaboración de cualquier proyecto de nación o estrategia política es algo que no se puede olvidar. Los llamados a la cohesión son absolutamente necesarios, pero no dejan de ser argumentos retóricos.

En la historia de cualquier revolución, proceso de cambio o movimiento de transformación, la división, la lucha violenta y la traición también explican el resultado final. Algo similar sucede cuando se gobierna en tiempos de estabilidad aunque, ciertamente, en menor medida. Es lo natural en cualquier proceso de lucha por el poder, más cuando el poder acumulado es exorbitante.

En consecuencia, hay que decirlo con todas sus letras: en este momento sí hay fisuras y sí hay problemas en la llamada 4T. La equivocación táctica está en el diseño de mensajes, respuestas y narrativas. Claro que sí es conveniente decir que no se acepta la traición ni la división, pero negar que existen es otra situación. Confundir el choque de intereses y la denuncia pública de delitos con el debate tampoco parece ser lo más adecuado.  

Consulta: Alberto Espejel Espinoza. "El control político al interior de los partidos, los casos del PRI, PAN y Morena en México", en Revista Tlatelolco, UNAM, PUEDJS, Vol. 3, Núm. 2, enero-junio de 2025.

Aún más. Las fisuras y los problemas se acentúan por la errática gestión de algunos conflictos. ¿Desde cuándo no se puede remover libremente a un funcionario público, tal y como lo permite el marco jurídico? ¿Por qué algunos titulares de las dependencias no asumen cabalmente sus responsabilidades? ¿Acaso alguien se los impide o lo hacen en forma deliberada?

Por otra parte, ¿es justificable que se ignoren o no se investiguen algunos delitos por el hecho de que no se han denunciado ante una fiscalía? ¿Puede cualquier funcionario menor de la estructura del gobierno que encabeza desafiar, desobedecer o provocar a la primera mandataria sin que exista ninguna respuesta de su poder? Las respuestas y acciones posibles son diversas, y no todas implican autoritarismo o abuso de poder, como ciertamente sucedió en el pasado.

Los conflictos entre un presidente que se va y otro u otra que llega también forman parte de la normalidad democrática. En los tiempos del PRI hegemónico había reglas no escritas que casi siempre se acataban. Los expresidentes se exiliaban o quedaban callados, por ejemplo. Por fortuna, la transición y la alternancia acabaron con muchas de esas viejas reglas y hoy se puede proceder conforme a nuevos paradigmas.

Recomendación editorial: Juan Roch. ¿Polarizados o paralizados? Madrid, España: Editorial Tecnos, 2025.

 

José Antonio Sosa Plata

@sosaplata