JEAN CLAUDE COURCHAY

A la memoria de Jean Claude Courchay

Jean Claude Courchay, el papá de mi hijo Diego murió el miércoles pasado en sus amados Bajos-Alpes en el sur de Francia; lo más bello de Claudio habita en Diego. | María Teresa Priego:

Créditos: Cortesía Michel Setboun
Escrito en OPINIÓN el

Jean Claude Courchay Godard 1933-2024

Claudio murió el miércoles pasado.

"Todo encuentro es un producto del azar y la necesidad".

El papá de mi hijo Diego. Mi Dieguito. Mi niño que creció en tres generaciones y dos lenguas. Escribiendo y devorando libros como su papá. Con ese mismo humor maravilloso y oscurito y esas inteligencias pasmosas. Lo más bello de Claudio habita en Diego. Murió en sus amados Bajos-Alpes en el sur de Francia. Mi niño grande va en camino. Yo iré entendiendo con el tiempo. 

Ahora solo puedo pensarnos en sus cincuentas, en mis veintes, viviendo nuestra historia tan apasionada e improbable y esperando a nuestro hijo.

París era la ciudad más bella del mundo: Claudio, mi vientre gigantesco y yo. 

Jean Claude fue profesor, escritor de una gran cantidad de libros autobiográficos y novelas. Los autobiográficos son los mejores. Crítico literario en Le Monde. Corresponsal de guerra

Foto cortesía: Michel Setboun

Toda su vida escribió en su máquina Remington destartalada. Las computadoras, los celulares, la televisión, eran su idea del espanto. La irrupción del ruido en una vida hecha de escritura, de lectura y de silencio. Fue comunista y salió corriendo. Fue correo clandestino del Frente de Liberación Nacional de Argelia. Venía de una familia obrera y a golpe de talento y disciplina comenzó a publicar ni más ni menos que en Gallimard. Le había dado no sé cuántas vueltas al mundo. Amaba México.

Lo conocí en el Cementerio de Montparnasse. Yo buscaba la tumba del poeta Vallejo y él leía. Lo vi y me fulminó. Me acerqué a preguntarle por la tumba de Vallejo. Conversamos. Estaba nerviosísima. En mi morral traía unas hojitas de papel amarillo, saqué una y comencé a hacer un barquito de papel. "Ah, es usted la que deja barquitos de papel en la tumba del escritor Cortazár" (así pronunciaba, con ese acento mal colocado). Yo le dije que claro que no. "Sí es usted, porque los barquitos siempre son amarillos".

Me dio su teléfono. Fui a una exposición de un pintor (entonces) yugoslavo y mi pintura favorita se llamaba: "El azar no existe". Era un mensaje de la vida. Clarísimo. Yo me la pasaba descifrando signos. Corrí por su libro y después le llamé. Ya no nos despegamos. Hasta que nos despegamos. Claudio hacía un juego de palabras con la frase original: "todo encuentro es un producto de Cort-azár y la necesidad". Pronunciado con el acento en esa a.

En los libros de bolsillo sus novelas aparecían justo después de las de Cortázar, contaba por todos lados que yo había llegado a París buscando a Julito, pero como ya había muerto, me dije bien práctica: "me caso con el que sigue en el catálogo de la editorial". Záz. "Courchay". Era él. Nuestro hijo fue el regalo más luminoso de nuestras vidas.

Nunca he aprendido tanto. Las personas nos enamoramos de maneras extrañas: hay amores que te acercan a ti misma, que terminan de revelarte quién quieres ser. Hay amores que te llevan a negarte a ti misma, a olvidarte de quién quieres ser. Jean Claude fue una revelación: de la vida, de la vastedad del mundo, de la inteligencia, de las militancias, de la fascinación por aprender. De la inmensidad de las bibliotecas. Del sentido profundo de la izquierda. De una escritura rotunda y de frases breves con montones de puntos y seguido. Yo huía de un mundo conservador y donde todo era privado. Todo. Incluido privado –para mí– de sentido. Me deslumbró, lo admiraba muchísimo. Él buscaba esperanzas.

¿Qué podían tener que ver Rosita-fresita de Villahermosa (que había estudiado en el finishing school para señoritas en Suiza), ascendida a estudiante en el revolucionario París 8 y a la búsqueda desesperada de alqo parecido a la "libertad" y al feminismo y ese volcán en continua erupción que había crecido en un barrio proletario de Marsella durante la segunda guerra mundial y la ocupación nazi, huérfano de padre a los cinco años, un izquierdoso furibundo y cultísimo que se construyó solito y había atravesado ya decenas de "ismos"?

Pues tantísimo. Tantísimo. Yo quería un hombre que me despeinara. Vaya que me lo encontré. Jean Claude fue la gran pasión de todas mis vidas hasta ahora vividas. Traía dentro un dolor muy antiguo y profundo. Ningún amor podía sanarlo. Solo su hijo. Pero yo lo amé como loca. Con una pasión desenfrenada. Lo amé como si tuviera una varita mágica que pudiera arrancarlo de donde fuera necesario. Él dudaba de todo en el futuro y yo no dudaba de nada. He allí el choque de trenes.

Foto cortesía: Michel Setboun

Pero Jean Claude nunca se va a morir. Nunca. Ese es el punto. Au revoir (temporalmente) mon cheri. Alakamanda será nuestra y vamos a escuchar juntos de nuevo a Moustaki y a Jacques Brel. Regresaremos a nuestra casita en el barrio XIV con su jardincito y su árbol de cerezo y a la biblotequita de nuestro barrio. Iremos juntos al cine-club para que yo aprenda de los grandes del cine, de los más chipocludos.

Me va a contar de Vietnam y de El Salvador y de Timbuctú y de Camboya.

Me va a regalar los colguijes étnicos y los trapitos más espectaculares. Y nos vamos a perdonar que a los dos nos faltaran tantas vidas por vivir y que no haya sido posible que yo estuviera en el último segundo junto a él para tomarle la mano. Jean Claudito, gracias por nuestro niño.

Acá te lo cuido.

María Teresa Priego

@Marteresapriego