“El periodista que se dice perseguido… suele ser el que más disfruta perseguir a todos los demás”..
Barcelona, España. En el periodismo mexicano ha surgido un personaje peculiar, casi digno de epopeya: el comunicador que vive convencido de que cada mañana podría amanecer con una orden de aprehensión bajo el brazo. No importa que no haya un solo indicio, una sola filtración, un solo documento. No. Él sabe que lo persiguen. Lo intuye. Lo siente en el aire, como quien predice la lluvia por el dolor en la rodilla. Y claro, si él lo dice, debe ser verdad. Para eso está su micrófono: para convertir sospechas en certezas y percepciones en dogmas. Aclaremos algo desde el principio: nadie está proponiendo limitar la libertad de expresión. Faltaba más. Pero libertad no es sinónimo de licencia absoluta, ni de impunidad narrativa. Y en México, donde la opinión se ha vuelto un deporte extremo, algunos comunicadores han decidido que su función no es informar, sino interpretar la realidad desde la comodidad de su propia mitomanía personal. Porque ahora resulta que cualquier crítica hacia ellos es “censura”, cualquier cuestionamiento es “persecución”, y cualquier desacuerdo es “un intento por silenciarlos”. Así, sin matices. Sin pruebas. Sin contexto. La crítica se convierte en un escudo, y el escudo en un arma. Y mientras tanto, la sociedad queda atrapada en un juego donde el periodista ya no es un mediador, sino el protagonista de un drama que él mismo escribe, dirige y actúa.
Lo irónico es que estos mismos comunicadores, que exigen rigor al poder, suelen ser los primeros en renunciar a él cuando se trata de sus propias afirmaciones. Lanzan acusaciones como quien reparte volantes en un crucero: sin mirar a quién, sin medir consecuencias, sin molestarse en verificar. Y cuando alguien les pide sustento, entonces sí: “me quieren callar”. La credibilidad, sin embargo, no se construye con lamentos ni con gestos teatrales. Se construye con hechos. Con datos. Con responsabilidad. Y cuando un periodista decide que su palabra basta, que su intuición es evidencia y que su narrativa es más importante que la realidad, deja de ser periodista para convertirse en un personaje más del espectáculo político. En un país donde la polarización ya es suficiente combustible, esta mitomanía del comunicador-víctima no solo confunde: distorsiona. Y lo hace a tal grado que el público termina sin saber si está escuchando información, opinión, propaganda o simplemente un monólogo de autoensalzamiento. Quizá ha llegado el momento de que algunos comunicadores se miren al espejo —no al monitor donde se ven en pantalla, sino al espejo real— y se pregunten si su papel es informar o protagonizar. Si su misión es esclarecer o incendiar. Si su responsabilidad es con la verdad o con su propia leyenda personal. Porque México no necesita periodistas que se inventen persecuciones para inflar su marca personal. Necesita periodistas que hagan su trabajo sin convertirlo en un acto de vanidad épica.
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Y para muestra, un botón reciente: el caso de Pedro Ferriz, quien asegura estar siendo perseguido, como en su momento lo han dicho otros comunicadores. Es curioso: cada cierto tiempo aparece un periodista que se declara objetivo de una conspiración monumental. No importa si hay pruebas o no. Lo importante es la narrativa. La épica. El drama. El “me quieren callar”. Y si a alguien le incomoda esta reflexión, que no se preocupe: siempre podrá decir que lo quieren censurar. Al fin y al cabo, en la mitomanía del comunicador moderno, la victimización es el recurso narrativo más fácil… y el más rentable.
