ADELANTOS EDITORIALES

Salud mental y violencia colectiva • Juan Ramón de la Fuente y Dení Álvarez Icaza

Una herida abierta en la sociedad.

Escrito en OPINIÓN el

No puede haber salud mental donde existe tanto dolor.

La violencia deja heridas por donde quiera que pasa: en el cuerpo de las personas, por supuesto, pero también en su psique, en su modo de relacionarse con el mundo y, por lo tanto, en sus comunidades.

Este libro, revolucionario en su enfoque, explica con el mayor de los rigores las huellas que las violencias colectivas de los últimos años han dejado en México y en los mexicanos.

Los 15 investigadores reunidos en esta obra analizan -desde la psicología, la sociología, la psiquiatría y la antropología- el trauma colectivo que se ha generado, el fenómeno de la normalización y el discurso que la alimenta, la violencia desatada contra las mujeres, los efectos del reclutamiento forzado, la trata y la impunidad; el papel que desempeña la migración o la pobreza, las consecuencias reflejadas en el consumo de alcohol y drogas, la debilidad institucional y la fractura de las familias...

Sin embargo, tras el diagnóstico viene el tratamiento. La obra concluye, así, proponiendo algunas de las vías que podemos transitar para erguirnos ante la deshumanización que enfrentamos y recuperar nuestro equilibro, como individuos y como nación.

Fragmento del libro Salud mental y violencia colectiva” Coordinadores Juan Ramón de la Fuentes y Dení Álvarez Icaza, editado por Debate. Cortesía de publicación Penguin Random House.

Salud mental y violencia colectiva • Juan Ramón de la Fuente y Dení Álvarez Icaza

#AdelantosEditoriales

 

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Una lectura social de la violencia colectiva: apuntes desde México

Luis A. Astorga Almanza, César Alarcón Gil

1. Introducción: el ejercicio de repensar la violencia

A pesar de que a lo largo de la historia de México la noción de violencia ha sido utilizada de manera recurrente, es en las dos primeras décadas del siglo XXI cuando este término gana nuevos significados.

Una contradicción notable es que, al mismo tiempo, se ha expandido y acotado lo que entendemos por violencia. Previamente se empleaba para referirse a excesos derivados de la actuación autoritaria del Estado mexi­ cano; ahora, en otro momento sociohistórico, es asociada especialmente con los efectos de las acciones armadas de las organizaciones delictivas y/o las operaciones violentas de agentes insertados en las instituciones estatales que, idealmente, buscan contener, confrontar, o disuadirlas en los diferentes territorios de la geografía nacional.

Bajo esta luz, el uso de esta palabra se ha instalado en el habla común. Su empleo se ha popularizado, consagrándose en las pláticas cotidianas de las personas, e incluso en los discursos pronunciados por funcionarios pú­blicos que forman parte de diversos órdenes de gobierno.

Lo paradójico es que en el seno de la sociedad mexicana no hemos reflexionado sobre lo que con la palabra “violencia” se designa y se ha de­ signado. Los significados presentes y pasados se han fundido, de una manera poco seria y poco crítica, a pesar de que se trata de un término que inexo­rablemente requiere de diversos matices, niveles de comprensión y elabora­ción respecto a los distintos referentes que la constituyen.

Sus modalidades son múltiples. Sintetizar algunas de las coordenadas básicas con las que nos orientaremos a lo largo de esta obra es un reto debi­do a la condición heterogénea de esta noción.

Aquí, entonces, está perfilado el objetivo del presente capítulo: exa­minar la noción de violencia y enlazarla con lo que a lo largo de las diver­sas secciones de este libro se comprenderá como violencia colectiva. Por su importancia, en este segmento recibirá especial atención la relación entre la violencia colectiva, los derechos humanos, la delincuencia organizada y la inseguridad en México. Para esto, es necesario hacer algunas acotacio­nes introductorias.

En las líneas previas se dibuja una primera crítica. Pareciera ser que lo que hemos entendido, o querido transmitir, a través del uso de la palabra violencia no ha cambiado con el tiempo y que todos hablamos de lo mismo cuando la traemos al frente, cuando, en realidad, lo que hoy se denota con ella no necesariamente es lo que se hacía en el pasado.

La palabra “violencia”, con toda su potencia simbólica, ha servido para hablar de la desigualdad en las relaciones de género, de la conflictividad en las constelaciones de autoridad familiar, de las irregularidades o desbor­damientos en el ejercicio del poder gubernamental, del comportamiento desviado de los individuos frente a ciertas leyes, de lo que se cataloga ju­rídicamente como crimen o delito, de las relaciones internacionales y de un larguísimo etcétera. De ahí que surja la necesidad de acudir a referentes más dinámicos que nos permitan abordar, de una manera más adecuada, fenómenos sociales que requieren de una comprensión más flexible y pro­positiva.

En este texto ofrecemos un avance, incompleto por definición, pero importante­ en términos de lo que se puede contrastar frente a esfuerzos previos. El concepto de violencia colectiva, a desarrollar en el punto 5 de este capítulo, será nuestro común denominador.

Provisionalmente podemos proponer una premisa: en cuanto a la vio­lencia y sus múltiples formas y expresiones prácticas, tenemos una compleja posibilidad de desdoblamiento, enlace y análisis, que parten del entrecru­zamiento de, cuando menos, cuatro esquemas básicos de construcción del conocimiento: 1) la violencia vivenciada, 2) la violencia narrada, 3) la violen­cia teorizada, y 4) la violencia que alcanza a medirse a través de indicadores derivados de las definiciones gubernamentales. Entre ellas no hay una perfec­ta concordancia.

Aquello percibido como violencia desde la órbita vivencial conecta con las experiencias individuales, la dinámica de inserción social del individuo, los perfiles socioculturales en contextos sociales y económicos específicos, así como con las herramientas sociocognitivas con las que se cuente para apreciar o no ciertas acciones o formas de relación como violentos (Das, 2000, en Das et al., 2000, pp. 205-225; Kleinman, 2000, en Das et al., pp. 226-241; Berger y Luckmann, 2001; O’Reagan y Noë, 2006, en González, 2006, pp. 164-223; Smith, 2006, en González, 2006, pp. 53-68; Van Dijk, 2009). (1)

Con lo anterior es evidente que no toda violencia ni todos quienes viven episodios violentos (observables en distintas escalas) cuentan con las mismas herramientas cognitivas y/o comunitarias para generar discursos accesibles al respecto. Más allá de lo experimentado, el reto de expresar esas vivencias surge de dichas distinciones.

Es en este horizonte donde podemos postular el análisis de la violencia a partir de la órbita de su narrativa. No es una obviedad señalar que entre lo que se percibe vivencialmente y de lo que se puede hablar comunitaria­mente, hay toda una serie de instancias de mediación cultural.

Puede sostenerse que hay multiplicidad en las narrativas sobre la vio­lencia: tan heterogéneas como los factores que las configuran y los grupos sociales que las padecen o protagonizan. (2) Resulta que, a pesar de la cons­trucción de múltiples narrativas sobre la violencia, es evidente que no todas tienen la misma consistencia ni el mismo grado de formalización socio institucional. Generalmente se confunde la experiencia con la explicación de la experiencia, y es en este lugar desde donde adquiere lógica la violencia teorizada.

Con esto no estamos pensando en que sólo haya una teoría sobre la violencia, difícilmente algún estudioso serio del tema admitiría tal despro­pósito. El referente aquí propuesto busca valorar el método de construcción del conocimiento sobre la violencia, método condicionado por el campo disciplinario y el enfoque elegido para dar cuenta del fenómeno o el aspecto del fenómeno seleccionado.

Quizá esta forma de aproximación teórico-metodológica frente la vio­lencia puede parecer demasiado rígida, sobre todo habiendo hablado en líneas previas de la necesidad de recursos interpretativos más flexibles desde la órbita de la vivencia y de la narrativa.

Este obstáculo es superado cuando se considera que es a partir de estos formatos teórico-metodológicos, nutridos con nuevos enfoques, que surgen nuevas y más completas herramientas de medición. (3)

Éste es uno de los puntos principales del texto: reconocer la pluralidad de formas y elementos que constituyen la modalidad de la violencia que se busca explicar (en este caso, la violencia colectiva). Desde ahí se examina una serie de supuestos sobre lo que simboliza la violencia colectiva y las modalidades que la constituyen. Lo inter, multi y transdisciplinario actúan como elementos de articulación interna. En último lugar, se extraerá una serie de supuestos derivados de las hipótesis planteadas.

Finalizando estas consideraciones, resulta fundamental remarcar algo que puede juzgarse como una obviedad. Es básico reconocer que no to­das las formas de representación de la violencia —incluso aceptando la multiplicidad de vivencias, de narrativas o de formas de teorización sobre ésta— se traducen en indicadores cuantitativos compatibles con la lógi­ca administrativa del Estado. Dicho de otra manera: las modalidades de violencia medibles desde indicadores gubernamentales no son las únicas formas de violencia posibles (Das y Kleinman, 2000, pp. 1-18). En sen­tido inverso, reconocer que no todas las formas posibles de representa­ción y medición de violencia puedan estar presentes en los indicadores de gestión gubernamental no implica la descalificación de las que sí son cuantificadas.

Por lo contrario, es imprescindible poner atención a los criterios bá­sicos de clasificación estatal, mismos que se establecen en sus leyes y re­glamentos. A pesar de que puedan detectarse algunas lagunas, es en estas definiciones donde podemos localizar el lenguaje formal que guía la rela­ción del Estado con los individuos, ciudadanos o no.

Lo anterior tiene algunas consecuencias. Como se mencionó, una cosa es la violencia que se vive y otra de la que se habla de forma comunitaria. También es distinta la violencia sobre la que se teoriza y la que se define jurídicamente en términos cualitativos y se mide desde lo cuantitativo.

El repensar la violencia de esta manera esquemática y secuencial per­mite visibilizar cuatro elementos:

I. Al referirnos a la noción de violencia, los fenómenos sociales que se denotan son diversos. Uno de los problemas persistentes, en el caso mexicano, es la visión reduccionista que homologa fenómenos presentes y pasados con la utilización del mismo rótulo. Pero no se trata sólo de eso, aquí se ha utilizado como criterio preferente el fenómeno violento en el tiempo, sin embargo, resulta necesaria la introducción de otro tipo de variables para hacer lecturas más precisas sobre las diferentes formas de violencia.

II. No toda violencia vivida es una violencia sancionada por el Es­tado.

III. No todas las narrativas sobre la violencia se componen de los mis­ mos elementos o tienen la misma coherencia, riqueza y visibilidad para ser sintetizadas por una sola disciplina o corriente teórica: la mirada psicológica, moral, educativa, familiar, de género y socio­lógica, así como los ámbitos organizacional, jurídico, estratégico y gubernamental, pueden entrar en consideración —en diferentes grados.

IV. A pesar de que no todas las formas de teorizar o entender la violen­cia se traducen en tipificaciones jurídicas, todas las tipificaciones jurídicas se asientan —así sea mínimamente— en alguna forma de teorización. Las categorías jurídicas que se establecen y utilizan desde la estructura administrativa del Estado son fundamentales para entender de alcances y límites en cuanto a derechos, obliga­ciones y procedimientos de los que éste se vale en su relación con los individuos. La detección de vacíos en este nivel puede contribuir a desencadenar exigencias colectivas que se traduzcan en avances en la cobertura de derechos humanos básicos.

En los puntos 2 y 3 del capítulo se retoma la inquietud sobre la necesidad de hacer un mejor trabajo epistemológico, conceptual, teórico y metodológi­co para dar cuenta de fenómenos sociales como el que anima la presente reflexión, apuntando a solidificar en lo posterior la conceptualización de violencia colectiva. Conectar y comunicar los saberes en la mayor cantidad de niveles posibles es un acto de responsabilidad como investigadores so­ciales y académicos, esto es, como agentes sociales especializados en la cons­trucción del conocimiento.

Posteriormente, en el apartado 4, se discutirán algunos lineamientos básicos para comprender la relación entre derechos humanos y violencia colectiva. Ambas formas de conceptualización tienen, para apoyarse y re­forzarse, una relación que va desde las definiciones establecidas en los tra­tados o las organizaciones internacionales hasta su correlato plasmado en la legislación mexicana. En esta sección, el objetivo es recuperar el debate sobre las definiciones institucionales de violencia (en este caso, aquella que fue negociada en el seno de la Organización Mundial de la Salud) y sus formas básicas o modalidades.

En los puntos 5.1 y 5.2 del apartado cinco se analizan el concepto de violencia colectiva y dos de sus principales modalidades para entender el contexto mexicano: la violencia de las instituciones de gobierno y la vio­lencia criminal-delincuencial.

Finalmente, de lo teórico a lo práctico, en el punto 6 haremos una evaluación específica de la relación entre violencia colectiva, delincuen­cia organizada e inseguridad en México, llamando la atención sobre al­gunas entidades federativas con altos niveles de distintas modalidades de violencia.

(1) Aunque no todos hablan específicamente del concepto violencia y su relación con los niveles analíticos previamente enunciados, parte de los referentes para sostener la anterior hipótesis pueden encontrarse en Berger y Luckmann, O’Regan y Noë, Smith y Van Dijk. Textos con mayor cercanía a los elementos anteriores frente a la noción de violencia pueden encontrarse en Kleinman y Das.

(2) Respecto a la relación sociedad, contexto y discurso, véase van Dijk, T. A., 2011, pp.133-227; sobre la relación percepción, discurso y narrativa, véase Caravedo, R., 2014, pp. 47-113; sobre la relación violencia, un discurso aplicado a contextos específicos, véase Rojas Blanco, 2011, pp.19-61.

(3)  En la teoría y la metodología la sumatoria de variables permite ver “bloques de construc­ción, no respuestas fijas” recuperando la reflexión del trabajo de Morgan, G., 1998, p. 320.