El 25 de febrero de 2026 murió Antonio Tejero Molina en la ciudad de Alzira, en el este de España. Tenía 93 años y llevaba décadas alejado de la vida pública. Su fallecimiento coincidió con la publicación de archivos oficiales que permanecieron bajo reserva durante años. Ambos hechos impulsan una nueva mirada sobre el intento de golpe de Estado que encabezó en 1981 contra el Parlamento español.
Para entender lo que ocurrió aquel día conviene situarse en el contexto. España salía de una dictadura que duró casi cuarenta años bajo el mando del general Francisco Franco. Desde 1975, el país inició una transición hacia un sistema democrático con elecciones libres y una nueva Constitución. El 23 de febrero de 1981, el Congreso de los Diputados votaba la investidura de un nuevo presidente del Gobierno.
A las 18:23 horas, el teniente coronel Antonio Tejero irrumpió en el hemiciclo con una pistola en la mano. Cerca de doscientos miembros de la Guardia Civil, un cuerpo policial de naturaleza militar, lo acompañaron. Los agentes dispararon al techo para imponer silencio y ordenaron a los legisladores que se tiraran al suelo. La escena quedó registrada en audio y marcó a toda una generación.
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Los diputados y el Gobierno permanecieron retenidos dentro del edificio durante casi dieciocho horas. La radio transmitió en directo el sonido de los disparos y los gritos. Millones de personas siguieron los acontecimientos desde sus casas sin saber si el país regresaba a un régimen militar. El asalto paralizó la vida política y sembró incertidumbre en las calles.
Tanques en las calles y tensión nacional
Mientras el Congreso permanecía ocupado en Madrid, en la ciudad de Valencia otro general activó tropas. Jaime Milans del Bosch, capitán general de la región militar, sacó tanques y soldados a las avenidas principales. Declaró el estado de excepción en su jurisdicción e intentó sumar apoyos en otras zonas del país. La imagen de vehículos blindados circulando por una ciudad europea impactó a la opinión pública internacional.
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El plan contempló la formación de un gobierno alternativo bajo control militar. En paralelo, el general Alfonso Armada intentó presentarse como figura de consenso ante los sublevados. Sin embargo, las diferencias entre los propios implicados debilitaron la operación. Tejero rechazó una propuesta de gobierno que incluía a representantes de distintos partidos políticos.
Dentro del Congreso, algunos dirigentes permanecieron en sus escaños a pesar de los disparos. El presidente saliente, Adolfo Suárez, y el general Manuel Gutiérrez Mellado no buscaron refugio en el suelo. Gutiérrez Mellado encaró a los guardias civiles y exigió disciplina. Esa imagen se convirtió con el tiempo en uno de los símbolos de la defensa institucional.
El mensaje que cambió el rumbo
Durante la noche, el rey Juan Carlos I mantuvo contactos con mandos militares para confirmar su posición. Poco después de la una de la madrugada del 24 de febrero, apareció en televisión con uniforme de capitán general. En su mensaje ordenó respetar la Constitución y rechazó cualquier intento de alterar el orden democrático. Esa intervención influyó en la decisión de varias unidades militares.
Tras el pronunciamiento del jefe del Estado, Milans del Bosch ordenó el repliegue de los tanques en Valencia. En Madrid, las negociaciones avanzaron durante la mañana. A las 11:25 horas del 24 de febrero se pactó la rendición sobre el capó de un vehículo militar, en un acuerdo que fijó condiciones para los agentes de menor rango. Los diputados recuperaron la libertad poco después del mediodía.
La justicia militar procesó a los principales responsables por el delito de rebelión. Antonio Tejero recibió una condena de treinta años de prisión. Otros mandos también enfrentaron penas de cárcel. Con el paso del tiempo, algunos obtuvieron beneficios penitenciarios conforme a la legislación vigente.
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Documentos y memoria histórica
Más de cuatro décadas después, los documentos desclasificados aportan detalles sobre comunicaciones internas, seguimientos y valoraciones de inteligencia. Los papeles muestran dudas y tensiones en distintos niveles de mando. También reflejan el impacto internacional que generó la crisis en un país que consolidaba su sistema democrático.
La muerte de Tejero no cambia los hechos, pero coincide con una etapa de revisión histórica. Para muchos ciudadanos, el intento de golpe de Estado de 1981 representa una prueba superada. Para otros, funciona como recordatorio de la fragilidad institucional en momentos de transición.
Hoy, los impactos de bala todavía se observan en el techo del Congreso de los Diputados en Madrid. Esas marcas físicas conviven con una memoria colectiva que cada cierto tiempo vuelve al debate público. Entre archivos abiertos y protagonistas que desaparecen, el episodio conserva su lugar en la historia contemporánea de España.
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VGB
