Las esquelas han sido, durante siglos, una de las formas más sobrias y significativas de comunicar la muerte de una persona. Su propósito no se limita únicamente a anunciar un fallecimiento: también cumple una función social, emocional y simbólica, al permitir que una comunidad exprese condolencias, acompañe a los familiares y participe, directa o indirectamente, en los ritos funerarios.
Aunque en la actualidad suelen asociarse con periódicos o plataformas digitales, la práctica de informar públicamente sobre una muerte tiene raíces mucho más antiguas. En épocas medievales, cuando los medios escritos eran limitados y la comunicación dependía del entorno inmediato, la Iglesia Católica desempeñó un papel central en la difusión de este tipo de avisos.
La noticia del fallecimiento de un miembro de la comunidad se transmitía de manera esencialmente oral: mediante el repique de campanas, convocatorias verbales y anuncios realizados por autoridades religiosas, principalmente el párroco local. En ese contexto, la muerte no era un acontecimiento privado, sino un hecho comunitario que movilizaba a los habitantes y reforzaba los lazos sociales.
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El nacimiento de la esquela moderna
Contexto: con la llegada de la imprenta en Europa durante el siglo XV, se abrió paso una nueva posibilidad: la publicación escrita de avisos funerarios. Estos primeros textos impresos no solo comunicaban datos esenciales sobre el fallecimiento y las ceremonias, sino que comenzaban a incluir elementos que hoy consideramos característicos: referencias a la vida del difunto, cualidades personales, logros o aportes relevantes. De este modo, la esquela dejó de ser únicamente un anuncio y empezó a adquirir un valor conmemorativo, convirtiéndose en un breve homenaje público.
El gran punto de consolidación de las esquelas ocurrió con el auge de la prensa escrita, especialmente durante el siglo XIX. Los periódicos se transformaron en el canal principal para informar sobre fallecimientos, y el lenguaje utilizado adoptó un tono cada vez más respetuoso, formal y estandarizado.
Durante este periodo, publicar una esquela también se convirtió, en ciertos sectores sociales, en una expresión de reconocimiento y prestigio. Las familias con mayor posición económica solían elegir diarios de gran circulación para comunicar la pérdida, no solo como forma de informar, sino también como un gesto público de respeto hacia el difunto. Con el paso del tiempo, el estilo se hizo más uniforme: textos breves, claros, solemnes y, con frecuencia, atravesados por referencias religiosas o espirituales acordes a las creencias dominantes.
La transformación digital: nuevas formas de despedida
En años recientes, internet y las plataformas digitales han cambiado profundamente la manera de compartir este tipo de noticias. Si bien las esquelas impresas continúan existiendo, cada vez más personas recurren a espacios en línea para publicar anuncios, fotografías, recuerdos y mensajes de despedida.
Este cambio no es menor: el formato digital ha vuelto la experiencia más participativa. La posibilidad de dejar condolencias, escribir mensajes o compartir memorias ha convertido a las esquelas en un espacio más dinámico, accesible y extendido, especialmente entre generaciones más jóvenes o comunidades dispersas geográficamente.
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La esquela, en cualquiera de sus versiones, sigue cumpliendo un papel esencial: ofrecer un marco social para el duelo y preservar la memoria de quienes han fallecido. Su permanencia a lo largo del tiempo demuestra que, aunque las tecnologías cambien, la necesidad humana de despedirse, honrar y acompañar permanece intacta.
Incluso en el ámbito de figuras públicas, la relevancia de este género es tal que algunos obituarios se preparan con años de anticipación. En ocasiones, llegan a publicarse textos redactados por autores que ya han fallecido, como ocurrió en el caso del actor Robert Duvall, quien murió el pasado 16 de febrero, a los 95 años, y cuyo obituario incluyó el crédito correspondiente a un escritor que había muerto 14 años antes.
Este detalle, lejos de ser anecdótico, confirma que las esquelas y obituarios no son simples avisos: son documentos culturales que registran, con solemnidad, la huella de una vida.
LCM
