VERACRUZ, VER.- “No, ya se me olvidó”, responde tajante Brandon Gael apenas se le pregunta por el día del accidente que ocasionó la amputación de su pierna derecha, que lo obligó a permanecer en coma inducido por tres días y que lo tuvo otros tantos días hospitalizado.
Desde aquel 17 de enero de 2025, Brandon dejó de correr y de reír como lo hacía antes. Pero el accidente no solo le dejó cicatrices en la otra pierna, en el pecho, en la cabeza y en la cara, ni amnesia temporal, sino también un sentimiento de injusticia impregnado en su abuelo, el hombre que lo cría desde la muerte de su madre y el abandono de su padre, quien a un año del accidente no mira avances en la carpeta de investigación para castigar al responsable de la situación que vive su nieto.
Después del choque entre el camión de pasajeros en el que viajaba y un tráiler estacionado en el acotamiento de la autopista Veracruz–La Antigua, Brandon, de 14 años y 1.70 de estatura, se volvió un adolescente tímido, de pocas palabras.
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En las mañanas de recreo, Brandon se queda en el salón de clases adelantando la tarea que le dejan sus maestros de secundaria. En casa, pasa las tardes entre más tarea y su consola jugando FIFA, el único lugar donde puede jugar fútbol.
A veces da una vuelta en la motoneta que compró su abuelo para movilizarlo; otras, solo se queda en casa. Llevarlo a la secundaria, al hospital para sus consultas médicas, al Centro Leyes de Reforma para tomar sus clases de natación o a otro punto de la ciudad es complicado y caro. Por miedo, Ricardo no se atreve a llevar a Brandon en la moto si van a carretera.
Como habitantes de la periferia, en el fraccionamiento La Herradura, en la zona norte de la ciudad de Veracruz, el transporte privado es caro y el transporte público insuficiente para las necesidades de movilidad de Brandon. Arrancones, asientos rotos, escalones altos y fierros salidos son a lo que tendría que enfrentarse el adolescente.
“Los gastos a veces sí han sido excesivos. Para su escuela yo destinó mil pesos a la semana. Los taxis me cobran 100 pesos de ida, 100 pesos de venida, y son cinco días de a 200 pesos, y eso a veces cuando es barato, porque a veces le cobran más caro. Todavía no tenemos un taxi de base, no todos quieren entrar para acá”, señala Ricardo Tapia, el abuelo paterno de Brandon.
Dedicado a la pintura, albañilería, colocación de piso, electricidad, fontanería y todo en general hasta entregar tu casa ya para vivir, el adulto de 58 años se hace responsable de cada gasto de su familia y de Brandon, a falta de una reparación del daño.
“Hubo un tiempo en que los camiones de la ruta accidentada no nos querían subir, hacíamos la parada y pasaban de largo, nos costaba mucho trabajo”, explica. “A raíz de que yo hablé con la diputada Daniela Flores Pardi, fue que otra vez volvimos a tomar esa ruta”.
“Si yo tengo calentura o dolor, como quiera me voy a trabajar”
Hace poco Brandon dejó de acudir a natación; su abuelo ya no pudo cubrir los 750 pesos semanales solo de transporte. Sin embargo, el adulto de sonrisa amable y cabello canoso está esperanzado en que el nuevo gobierno municipal pueda ofrecerle un dormitorio en el Centro Leyes de Reforma a Brandon. Así, aunque ya no vivirían juntos, el adolescente podría retomar sus clases y vivir cerca del bachillerato al que lo quiere inscribir su abuelo.
“Dentro de la construcción a veces se gana bien, a veces no, porque necesitas hacer una casa grande para poder generar bastante dinero. Yo a veces gano 3,000 o 3,500 a la semana y solo son mil del transporte para su secundaria”.
“Yo siempre los he cobijado y siempre he dicho: no importa que yo trabaje de noche y de día, mientras ustedes estén bien, yo soy feliz. A mí no me interesa si yo tengo calentura o dolor, yo como quiera me voy a trabajar, yo lo soporto”, dice Ricardo, el pilar de su familia de siete integrantes.
“Quería jugar fut solo si me tenía ganas”
“Abuelo, hace un año que no juego fut”, dijo Brandon cuando notó que había pasado un año desde el accidente en la autopista Veracruz–La Antigua. “Yo ya no quería jugar porque me aburría, la verdad. Mi plan era: pues si tengo ganas de jugar, pues juego, pero no dejarlo”, explica sentado en el comedor de su casa, a un lado de la habitación donde duerme junto a su familia.
Hace dos meses, Brandon vende camisas y audífonos en grupos de Facebook; la idea se le ocurrió como una manera de pasar el tiempo ahora que no juega fútbol. Además, la semana pasada Brandon tomó su primera clase de barbería con el amigo de su cuñada.
Con media sonrisa y mientras se truena los dedos, Brandon dice que aprende a realizar difuminados y cortes de pelo en hombres. “Me llama la atención”, comenta.
“Para nosotros no ha sido nada fácil verlo así. Eso sí, es muy aplicado en su escuela y va con calificaciones de 10, pero le quedaron como traumas emocionales porque no terminaron de darle bien su psicología; se alejó la psicóloga que venía, se alejaron y ya no vinieron”, dice Ricardo, quien cuenta preocupado que a veces nota decaído a Brandon.
Para él, la mañana de ese viernes 17 de enero fue el peor día de su vida. Aún lo recuerda con dolor. “Él me decía: ‘ya me voy a morir’, y yo le decía: ‘no, hijo, por mi cuenta corre que tú vivas’”.
“Cuando iba al hospital él no se movía ni nada, yo le hablaba y nada. Yo estuve día y noche, yo no dormía, fue el evento más traumático de mi vida. Él era el más, más, más alegre, pero ya no”, cuenta Ricardo, quien lamenta que las autoridades hayan dejado ir al chofer del camión en el que iba su nieto.
lm
