Guanajuato, Guanajuato.- Mientras en algunos hogares la tradición de arrullar al Niño Dios se mantiene, en muchos barrios de Guanajuato, lo que más importa es que el equipo de sonido esté listo. ¡Y que retumbe la bocina! La Nochebuena no empieza con incienso, sino con el aroma del carbón prendiéndose para la fogata en el mejor de los casos, si no es que echen llantas para arder. El pisto bien asegurado, porque la cena con agua oxida. Aquí la tradición no se mide con rosarios, misas o cantos (bueno cantos sí, pero con las de Chalino Sánchez) sino por quién aguanta hasta el amanecer y la sigue al día siguiente, claro que sí.
La postal de cada año ya es clásica de nuestras colonias: la calle se vuelve la extensión de la sala. Entre el humo de las fogatas, el estruendo de los cuetes que ponen a temblar a los perros de la cuadra y el festival musical con bocinas en cada casa, convierten la Navidad en la madre de todas las parrandas. El "brindis" se prolonga hasta que el cuerpo aguante, y el espíritu navideño se traduce en ver quién tiene el sonido más potente. Es un festejo donde el intercambio no es de suéteres, o al menos lo es sólo al principio, tres doritos después ya desconectados, desconociendo, el intercambio es de verdades ásperas y sentimientos reprimidos durante un año.
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Ya en la cúspide de la fiesta, no falta el drama familiar que ya es casi un deporte nacional: el legendario enfrentamiento por los terrenos de la abuela. Entre el calor de las copas y el humo del cigarro, salen a relucir las discusiones sobre quién cuidó más a la jefa o quién se quedó con la escritura del rancho. Pero como buenos mexicanos, la magia (del tequila) hace su trabajo: ya todos borrachos terminan fundidos en un abrazo lagrimoso, pidiéndose disculpas, jurándose amor eterno y olvidando que hace un momento se traían de los pelos.
Amanece y sólo los "aferrafters" siguen activos, las charlas son más tranquilas, la música baja el volumen, las calles denotan un ambiente post-guerra, algunos se despiden, otros comienzan a "cazuelear" el recalentado y así, una edición más de la mejor parranda del año se repite.
Sin embargo, vale la pena preguntarse si entre la pirotecnia que nubla la vista y el alcohol que nubla el juicio, no se nos está perdiendo el verdadero sentido de la fecha. La convivencia a veces se vuelve más ruido que cercanía. La fiesta es parte de nuestro ADN, sí, pero a veces parece que celebramos más el exceso que la unión, dejando que la resaca del día siguiente sea el único recuerdo de una noche que, en teoría, debería ser de paz.
