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Por una caída, Don Efra abandona carro de helados en la Normal, tras 40 años de tradición en Xalapa

Durante más de cuatro décadas, don Efraín vendió helados frente a la Normal Veracruzana y se convirtió en un rostro inseparable de la vida estudiantil, una caída que le fracturó la cadera puso fin a su rutina, dejando vacía la esquina donde recibió y despidió a miles de futuros docentes

Por una caída, Don Efra abandona carro de helados en la Normal, tras 40 años de tradición en Xalapa
Por una caída, Don Efra abandona carro de helados en la Normal, tras 40 años de tradición en XalapaCréditos: Isabel Ortega
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XALAPA, VER.- Con el cierre de cada ciclo escolar, decenas de estudiantes reciben su título en la Benemérita y Centenaria Escuela Normal VeracruzanaEnrique C. Rébsamen”. En esas ceremonias hay rostros que cambian año con año, pero durante más de cuatro décadas hubo uno que permaneció como una constante para miles de alumnos: don Efraín, el heladero que recibió y despidió a generaciones de estudiantes.

Mientras los grupos se gradúan y cambian de institución educativa, don Efraín seguía junto a la estatua de Enrique C. Rébsamen, con su carrito de helados. Vio llegar a niños que años después regresaron convertidos en maestros; saludó a quienes primero fueron estudiantes y más tarde volvieron acompañados de sus hijos o de los alumnos a quienes ahora enseñan.

Sin proponérselo, también terminó formando parte de las graduaciones. Era común que los recién egresados se acercaran para tomarse una fotografía con él o le regalaran una imagen como recuerdo de su paso por la Normal. Aunque nunca impartió una clase, para muchos su carrito de helados fue parte de la experiencia de estudiar en una de las instituciones educativas más emblemáticas de Veracruz.

Antes de convertirse en un personaje entrañable para la comunidad normalista, don Efraín encontró, casi por casualidad, el oficio que marcaría su vida.

El oficio que encontró por casualidad

A los 16 años viajó de Coacoatzintla a Xalapa en busca de trabajo. Tomó un camión hacia la capital y, por coincidencia, encontró a un heladero que vendía cerca del Parque Juárez.

El vendedor iba caminando sobre la calle Úrsulo Galván, pero, ya por su edad, le costaba trabajo caminar, por lo que lo invitó a trabajar y le enseñó a preparar la nieve, un oficio que, dice, aunque parecía sencillo, implicaba un gran esfuerzo para lograr la consistencia adecuada.

Yo andaba sin trabajo, sin nada. Andaba por Los Sauces. Ahí se ponía; llegaba con una cubeta de nieve de limón que cargaba en los hombros, junto a su morral donde llevaba los barquillos. Ya estaba ancianito y me dijo: ‘Ayúdame, voy a subir los escalones’. Y subí la cubeta”.

En su relato, don Efraín reconoce que no era muy fuerte, pero aun así logró subir las escaleras del parque en su primer día de trabajo. “Me la eché al hombro y me dejó todo mojado de agua con sal”, recuerda.

Al segundo día, cuenta, su empleador le preguntó si quería aprender el oficio y lo citó a un costado de la Catedral para llevarlo a su casa, donde le enseñó a preparar la nieve. No solo le compartió la receta, sino que también le mostró los lugares donde compraba los insumos.

Lo apoyó durante una semana y, a la siguiente, acudió a la hielera ubicada en la calle Pípila para comprar media barra de hielo y hacer su propia preparación. Sin embargo, reconoce que el resultado no fue tan sabroso como esperaba.

Después buscó aprender con una señora que vendía helados por la zona de Los Lagos. No obstante, ella utilizaba menos ingredientes, por lo que el sabor tampoco fue el que él buscaba. “Nada más trabajé una semana ahí”, recuerda.

Tras dos semanas de aprendizaje entendió que el secreto estaba en la receta. Descubrió que, al agregar más ingredientes, el sabor mejoraba y también aumentaban las posibilidades de vender más.

Asegura que un buen helado empieza con una buena cantidad de azúcar, vainilla, colorante y leche condensada, que se deben mezclar en un bote de hielo con sal.

Cuando perfeccionó su fórmula, decidió instalarse a las afueras de la Normal Veracruzana. Recuerda que llegó con un carretón cuyas llantas tenían unas tiras de hule y comenzó a vender. En ese entonces, cada helado costaba apenas tres pesos. En su primer día como emprendedor terminó todo su bote de nieve en apenas una hora y media, lo que lo convenció de que había encontrado el oficio al que dedicaría su vida.

Yo llegué ahí, tenía como 16 o 17 años. Los maestros me decían: ‘Pase usted’. Estaba yo en la esquina del monumento. Luego el maestro David, Panchito, Gustavo, todos los que me conocían, me decían: ‘Ahí acomódate, tú puedes seguir vendiendo’”.

Hice de limón y los maestros me decían que estaba muy buena. Me preguntaron si iba a ir al otro día y les dije que sí, solo si no llovía”, cuenta el heladero.

Más de 40 años frente a la Normal

Recuerda que al principio únicamente llevaba un bote de helado. Comenzó preparando nieve de vainilla y limón; después amplió la variedad con sabores como fresa, mamey y frutas de temporada. Con el apoyo de su hermana preparó también nieve de coco, cuyo sabor, dice, los maestros comparaban con el de algunas heladerías reconocidas.

Le eché coco molido y dos latitas de leche. Me quedó bien buena y les gustó”, menciona al comentar que ya después llevaba dos botes cada día.

Efraín menciona que conoció a muchos maestros desde que eran alumnos de primaria y que ahora algunos regresan acompañados de sus hijos; incluso, varios ya se jubilaron después de más de 30 años de servicio en la Normal.

Cuenta que todos los días viajaba de Coacoatzintla a Xalapa. Salía desde las siete de la mañana hacia Xalapa; en aquel entonces, el pasaje costaba tres pesos. Hoy, el servicio vale 19. Consolidar su negocio tomó tiempo, pero asegura que durante esos años siempre recibió el respaldo de las maestras y maestros de la Normal.

En varias ocasiones le propusieron incorporarse como trabajador de la Escuela Normal; sin embargo, como nunca asistió a la escuela, sabía que difícilmente podría integrarse a la plantilla laboral de la institución.

Por ello, decidió continuar como vendedor de helados y, durante la temporada de lluvias o en vacaciones, complementaba sus ingresos realizando trabajos de jardinería en la propia escuela o como ayudante de albañil para sostener a su familia.

Dice que, aunque no sabía contar, el negocio le enseñó a identificar las monedas y el cambio que debía entregar. “A veces no tenía para invertir y me iba por un carrito de paletas a Los Sauces. En la tarde ya iba a hacer cuentas y me daban el 10 por ciento. A veces me iba hasta la 21 de Marzo, al campo (deportivo)”.

Comenta que recorría la zona de El Estadio vendiendo paletas y, cuando lograba reunir nuevamente dinero, compraba los insumos para seguir preparando helados. Con esas ganancias también cubría los gastos de alimentación y compraba ropa.

Con el paso de los años, el carrito de helados se convirtió en el sustento de su familia. Tuvo cinco hijos; sin embargo, ninguno aprendió el oficio porque, dice, nunca les gustó preparar nieve. Hoy, todos cuentan con un trabajo.

La esquina quedó vacía

Hace poco más de un año, la rutina de don Efraín cambió por completo. Mientras podaba el árbol que se encuentra frente a su casa, ubicada en la calle Lázaro Cárdenas, sufrió una caída que le provocó una fractura de cadera.

El accidente lo obligó a permanecer hospitalizado y a ser sometido a una cirugía. Aunque logró recuperarse, perdió gran parte de la movilidad que durante más de cuatro décadas le permitió empujar su carrito hasta la entrada de la Normal Veracruzana.

Los muchachos hicieron una colecta. El maestro Ricardo, al que conozco desde que tenía como cuatro años, me habló y me dijo que, si quería, venía por mí para ir a Xalapa”.

Con nostalgia cuenta que hace unos días decidió llevar su carrito de helados a Coacoatzintla para dejar de pagar la renta del cuarto que ocupaba en la colonia Progreso, donde preparaba la nieve y resguardaba sus materiales e insumos. Cada mes destinaba 500 pesos para mantener ese espacio.

Ahora el carrito, en el que todavía conserva decenas de conos, vasos y servilletas, permanece en una esquina del patio de su casa. “Ahí hacía la nieve y ya nada más me atravesaba a la avenida Xalapa y ahí me compraban los niños del kínder y luego los maestros”.

No descarta repararlo para volver a vender cerca de donde vive. A pesar de la poca movilidad, aún prepara nieve por pedido para no olvidar la receta que perfeccionó a lo largo de más de cuatro décadas.

lm