Nuestro estado es especial. Tiene misticismo, tiene recursos generosos, tiene gente honesta y trabajadora, y una profunda vinculación con su tierra. Veracruz no es solamente un territorio: es una manera de pertenecer, de resistir y de mirar la vida desde la raíz.
No es casualidad que el primer municipio de la América continental se haya fundado aquí, en nuestro estado. Quizá por eso la política en Veracruz siempre ha tenido una fuerza profundamente municipalista. Aquí, antes que en los discursos lejanos, la vida pública se entiende en la colonia, en la comunidad, en el mercado, en el camino, en la plaza y en el trato directo entre la gente y su gobierno.
Hace ya más de un año, Movimiento Ciudadano sacudió a Veracruz con un mensaje poderoso: 41 municipios decidieron abrirle la puerta a una opción diferente. Hablar de los municipios arrebatados, como Poza Rica y Papantla, es hablar del arrebato de Morena a la decisión popular; no a Movimiento Ciudadano, sino a miles de ciudadanas y ciudadanos que expresaron con claridad lo que querían para su tierra.
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Pero más allá de esos agravios, el mensaje sigue siendo claro: las y los veracruzanos quieren gobiernos cercanos. Quieren que los gobierne alguien que conozca sus calles, que entienda sus problemas, que sepa dónde falta una obra, dónde duele una ausencia, dónde se rompió la confianza y dónde todavía queda esperanza.
No me gusta hablar de mí. Pese a ello, debo decirlo: desde la última vez que escribí en estas páginas, he vuelto a recorrer el norte, el centro y el sur del estado. Y cada municipio me ha confirmado algo que ya se siente en las calles: Veracruz está cambiando desde abajo.
No es una conclusión mía. Es el diagnóstico de la gente. Se escucha en los alcaldes naranjas que hablan de su municipio con amor; en las comunidades que piden obras con sentido; en las familias que ya no quieren gobiernos lejanos; y en los ciudadanos que han entendido que el futuro de Veracruz no se decide únicamente en los palacios, sino también en los cabildos, en las congregaciones, en las colonias y en cada espacio donde la gente exige ser escuchada.
Muchas veces, debo decirlo, cuesta trabajo seguir en un camino como este. Está lleno de obstáculos; unos enormes, otros todavía más grandes. Pero, ¿cómo detenerse cuando en Ixhuatlán la gente nos pide que no nos detengamos, porque Veracruz merece más? ¿Cómo bajar los brazos cuando en Isla se siente la emoción de devolverle al municipio una cara digna, actividades dignas y una vida pública a la altura de su gente? ¿Cómo rendirse cuando en Poza Rica nos gritan que no bajemos la cara, porque no se puede vencer a quien no se rinde? Viven en mi mente estas interacciones, pero lo mismo podría ser en Poza Rica que en Tierra Blanca; lo mismo puede ser en Papantla que en Cosamaloapan.
Cada municipio tiene una historia distinta, pero todos repiten una misma exigencia: cercanía, dignidad y futuro.
Estas palabras no son de mí para ustedes. Son de ustedes para ustedes. Porque donde hay un funcionario corrupto que obstaculiza un trámite, hay cien veracruzanos que ya no quieren eso. Donde hay un alcalde que hace obras sin proyecto a futuro, hay miles de veracruzanos preguntando con razón dónde debe ponerse el gasto público. Donde hay abandono, hay comunidad. Donde hay cansancio, hay dignidad. Donde algunos ven resignación, miles de veracruzanos ya están imaginando algo diferente.
Podría hablar de muchas anécdotas, de muchos caminos recorridos, de muchas caras pidiendo un cambio verdadero. Pero ni este es el lugar para contarlas todas, ni este es el momento para detenernos. Lo importante es entender lo que viene: si Veracruz quiere reconstruirse, tiene que hacerlo desde sus municipios.
Porque el municipio es el primer contacto con la esperanza o con la decepción. Es ahí donde una familia sabe si el gobierno sirve o no sirve. Es ahí donde la política deja de ser discurso y se vuelve calle limpia, lámpara encendida, camino transitable, trámite justo, obra bien hecha, seguridad, cultura, deporte, agua, atención y respeto.
Por eso, la responsabilidad de los gobiernos municipales de Movimiento Ciudadano es enorme. No se trata solamente de administrar ayuntamientos. Se trata de demostrar que se puede gobernar distinto. Que se puede escuchar antes de decidir. Que se puede servir sin soberbia. Que se puede construir futuro sin olvidar la raíz. Que se puede hacer política sin perder la cercanía con la gente.
Esta lucha no es solamente contra un partido oficial ni contra aquellos que se creen dueños de Veracruz. Es también contra la resignación, contra el cansancio y contra esa idea peligrosa de que nada puede cambiar. Es una lucha diaria contra nosotros mismos: contra la tentación de detenernos, contra el peso de los obstáculos, contra el desgaste del camino.
Pero cuando uno vuelve a mirar a los municipios, encuentra la respuesta. Ahí está Veracruz. En su gente. En sus comunidades. En sus alcaldes que aman su tierra. En sus regidores, que deben dar la cara. En sus ciudadanos que ya no se conforman. En cada persona que, aun con todo en contra, sigue creyendo que este estado merece más.
Veracruz empieza en sus municipios porque ahí empieza todo lo que importa: la confianza, la dignidad, la esperanza y el futuro.
Y mientras existan veracruzanas y veracruzanos listos —y somos miles— que quieran un Veracruz diferente, aquí vamos a seguir.
Luis Carbonell de la Hoz
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